Estantes de papel

Blog de escritura creativa

3. C3A, A5C Domingo, 18 de diciembre

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San Sebastián, 23:00

Es de noche. Marie no ha salido de casa. Lleva todo el día pensando en Yanire, en cómo la conoció hace dieciocho meses.

Revive ese primer encuentro.

Estaba en el taller revisando la recepción de un nuevo polímero sintético para la fabricación de una nueva mezcla de plástico. Al no encontrarlo, regresa a la oficina en busca de José. Es un crack de la informática y Marie cree que podrá ayudarle.

—José, estoy buscando en el almacén el componente PQ85 y no aparece por ningún lado. Los ensayos son mañana y lo necesitamos.

—A ver, déjame mirar en este registro…

José abre una base de datos en el ordenador. Sabe que el producto se recepcionó en el muelle 5, pero no hay constancia en el fichero del almacenaje. Le aconseja ir al departamento de Logística porque son ellos los encargados de la gestión de los pedidos.

Antes de entrar en esa sección, Marie se demora unos segundos. Saca del bolsillo del pantalón una caja, extrae lo que lleva dentro y se lo coloca en la mano. Al cruzar la puerta la extiende antes de acercarse a la persona más próxima que, distraída, sigue el vuelo de la mosca que acaba de entrar.

Marie pide ayuda al primer empleado; no le presta atención. Continúa hasta la siguiente mesa; nada. Todos están muy atareados y no pueden atenderla. Yanire, responsable del departamento, sale de su oficina al verla.

—Marie… ¿Pasa algo?

—Buenos días, Yanire. Siento molestar, pero es que no consigo encontrar el nuevo componente PQ85 que llegó ayer de Alemania. Lo necesitamos para el ensayo del componente plástico que se utilizará en los nuevos contenedores.

Yanire, con serenidad, explica a todo el equipo que su responsabilidad es que los productos estén ubicados correctamente. Les ordena ayudar a Marie. Sin embargo, alegan una excesiva carga de trabajo. Comprendiendo la situación, ella se ofrece acompañar a Marie al almacén que le corresponde al muelle 5.

Caminan sin hablar. Yanire intenta no parecer sosa e inicia una conversación que les permite intercambiar información personal.

Llegadas al almacén buscan entre las estanterías, el producto no está ahí. Preguntan al operario responsable del muelle, les indica que cuando hay mucha mercancía para descargar la suelen dejar provisionalmente en un almacén próximo.

—Posiblemente algún descargador lo habrá dejado ahí y no se habrá acordado de almacenarlo en su sitio —explica el joven operario.

Una vez encontrado el producto y apilado correctamente, cada una regresa a su departamento. En el suyo, Marie prepara el documento que deberá entregar al día siguiente a los operarios de producción para la ejecución del ensayo de plástico. Absorta en el trabajo, es ajena a la entrada de su compañero que se acerca a ella con sigilo.

—Dime cómo es su rostro —le susurra José al oído.

—Rostro ovalado. Labios finos y mentón de líneas suaves. Ojos ascendentes, de color verde. Cejas ligeramente arqueadas. Nariz recta y estrecha. Pelo corto.

—¿Cómo me dijiste que se llama esa técnica? ––pregunta José.

—Estudio visajístico —responde ella.

—Si me enseñas eso…, te digo…

—¿Ya lo sabes?

José retrasa la respuesta.

—En el Gross. En frente de la playa Zurriola. Y el perfume que lleva… Eternity, de Calvin Klein, de la familia olfativa floral para mujeres. Se lanzó en 1988. Tiene notas fuertes persistentes y quizá la nota que más se perciba es el clavel. Una fragancia urbana que queda bien en todo momento, con mucho carácter. Es inconfundible.

—Me dejas impresionada, José. Potencia ese don que tienes para los olores porque en un futuro te será de gran ayuda.

José, enarcando una ceja, vuelve a sus quehaceres sin comprender por qué le ha dicho Marie eso.

Ella, con una sonrisa en el rostro, le ve salir de la oficina. Está contenta porque los objetivos que se había puesto para ese día se han cumplido: ha introducido un nanotransmisor teledirigido en el despacho de Yanire, ha tenido el primer contacto con ella y ha despertado un nuevo interés en José.

CETA, 00:10

Las puertas de cristal se abren, Esther entra. A Ismael le sorprende su presencia, cree que quiere controlarle.

«Tú lo has dictado así».

Mientras él sigue con sus cosas, ella se acomoda en una silla.

—Buenas noches, Ismael.

—¿Vienes a vigilarme?

—No. Creo que sabes que no hace falta.

Ismael recapacita. Se da cuenta de que Esther no está ahí por eso, pues él ya está controlado.

—Lo que pasa es que Xoán no quiere que pases solo toda la noche. ¿Por qué te gusta trabajar de noche? —pregunta Esther.

—¿Vas a estar toda la noche conmigo?

—Sí.

—Entonces te cuento mi historia.

A Ismael le cuesta empezar, se nota que lo suyo no es hablar. Esther, paciente, espera a que salga del rodeo con el que ha comenzado. El joven le explica que un accidente de coche en el que murieron sus padres le incapacitó en una silla de ruedas cuando tenía catorce años. A partir de entonces su abuela Ana tomó las riendas de su vida. Gracias a ella, él siguió estudiando y afianzó una pasión heredada de su padre. Autodidacta y sin amigos reales, se consagró a la informática.

El 27 de septiembre del 2010 se confirmó el ataque cibernético más grande de la historia. Varias industrias en Irán, así como el control de la central nuclear de Bushehr, se vieron afectadas por el ataque de Stuxnet. Un virus que hibernaba y se podía accionar a distancia en el momento en el que su creador lo deseara. Los expertos coincidieron en que el virus fue introducido por una persona que accedió a la red con una memoria USB infectada.

Muchos pusieron sus miradas en Geliot, al norte de Tel Aviv, donde se situaba la Unidad de Inteligencia Militar AMAN que desde hacía años formaba a sus soldados para la guerra cibernética. Quizá uno de sus hombres se encargó de meterlo. Pero fue un joven que contaba por entonces dieciocho años quien lo creó. Y se convirtió en uno de los hackers más buscados.

Terminada la carrera de Ingeniería Informática, consiguió un trabajó que podía desempeñar sin salir de casa, lo que le sirvió de tapadera para sus negocios ocultos. Se sentía valioso y lleno de vida. Corría el año 2020.

Sin embargo, a su incapacidad se le unió un trastorno hereditario. Al principio creyó que era por una medicación que tomaba. Pero cuando se lo contó a Ana tras tres semanas con dificultades para conciliar el sueño, supo lo que le pasaba: insomnio familiar fatal; una enfermedad progresiva y neurodegenerativa en la que el número de neuronas en el tálamo comienza a disminuir. Lo tuvo su abuelo a partir de los cincuenta y murió con sesenta y tres. Sin embargo, en su padre no se desarrolló. Por el contrario, en él, se desencadenó a los veintiocho. Algo anormal y extraño.

Cuando acudieron a la consulta, los médicos les dijeron que en el mejor de los casos a Ismael le quedarían dieciocho años de vida. La abuela se echó a llorar, iba a ver fenecer a toda su estirpe. Aun así, no tiró la toalla.

A Ismael el insomnio no le impidió seguir estudiando. Pasó muchas más horas frente al ordenador aprendiendo a encriptar y desencriptar códigos y reutilizarlos a su gusto. A programar en todas las formas posibles con un fin: hackear. De cuentas de grandes bancos desvió calderilla que se transformó en ethereum. Minó bitcoin utilizando los ordenadores de miles de personas que dormían por la noche y los dejaban encendidos. Desvió datos confidenciales. Eliminó números de cuenta. Creó personas ficticias. Transformó vivos en muertos. Todo lo que estuviese en la red estaba a su alcance. Podía espiar, entrar en cualquier estamento público o privado. Lo hacia por Ana, para que no le faltara de nada cuando él ya no estuviese, el pago por tanta dedicación. Porque él no tenía nada que perder cuando ya estaba todo perdido.

Puesto que en el mundo en el que se movía todo movimiento libera un pequeño rastro, aprendió a volver sobre sus pasos dejando a sus perseguidores sin huellas.

Tal vez ese fue su error. O su salvación.

La IA de Xoán fue quien lo encontró cuando actuaba de noche al mantener el ordenador encendido mientras trabajaba. Le dejaron en un foro que frecuentaba de la darknet, doxing de un informático del CNI. La información llamó su atención. Le colocaron un honeypot y cayó en la trampa. Creyó que nunca sería localizado, qué ingenuo. Como comadrejas, invadieron la guarida del conejo. Uno que no se atrevía a salir, entonces fácil de cazar.

Ana se asustó mucho cuando un operativo especial entró en su casa. Más cuando Xoán le contó todo sobre las intrusiones informáticas nocturnas de Ismael. Ella pensaba que lo que hacía por las noches formaba parte de sus prácticas universitarias.

La abuela le relató a Xoán los pormenores de la enfermedad, arrojó todo un botiquín de buenos argumentos para que no se lo llevaran preso. Tal vez eso sirvió para que ese hombre entrara a la habitación de Ismael y recapacitara en silencio. Al cabo de tres minutos, Xoán regresó al salón donde Ana plañía para hablarle sobre el futuro de su nieto. Llegado a un acuerdo, un miembro del equipo entró en el cuarto de Ismael y le inyectó un anestésico.

En la habitación de un hospital, temeroso, Ismael despertó junto a la silla de ruedas. El primer pensamiento que tuvo es salir huyendo. Sin embargo, al levantarse de la cama descubrió que podía mover las piernas e intentó ponerse de pie. Gritó de alegría al conseguirlo. Abrió la puerta y caminó por el pasillo consciente del milagro. El coctel hormonal creó en él una química de felicidad olvidada. Volvía a estar de pie, podía andar, tener una vida normal ajena a la silla de ruedas. Recorrió los pasillos buscando la salida, quería salir al exterior para ser libre otra vez. Sin embargo, a punto de cruzar el umbral para salir corriendo, giró la cabeza. Ana y Xoán le observaban sentados a pocos metros.

Tenía al alcance la libertad. Y no huyó.

Se acercó a Ana, la besó.

A Xoán le tendió la mano. Y aceptó su acuerdo.

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