Estantes de papel

Blog de escritura creativa

CAPÍTULO 10- LA VERDAD EN LA PENUMBRA

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31 de octubre, es la noche de Halloween. Desde el incidente que trastocó la vida de Saioa han pasado dos meses y algunos días. Tiempo suficiente que ha servido para que Jaione y Juantxo salgan de los túneles y se encuentren ahora escondidos en un caserío. Para que la suboficial Goizalde escuche una y otra vez a su jefe decir que se olvide del caso de trece izquierda. Para que en una noche tan especial como esta no se olvide nadie de sus muertos.

Como pasa siempre que trascurre el tiempo, los sucesos se olvidan. En cambio, hay dos mujeres que no pueden arrinconar lo sucedido en una trágica noche de verano.

El cambio de hora y la lluvia que está cayendo en Bergara no impide que varios grupos de jóvenes se reúnan en las calles con sus calabazas en la mano, con la intención de recaudar las chuches que los vecinos de los apartamentos colindantes tienen preparadas para regalar en el caso en el que se las soliciten a grito de Trato o Truco. Un grupo de mozuelos se acerca a un bloque de viviendas de la calle Zabalotegui. Varios de ellos van a pulsar el timbre del portero para que algún generoso vecino les abra la puerta. Sin embargo, pasan de largo cuando ven a Saioa salir del portal bien abrigada con el paraguas en la mano. Avanza decidida por su calle. Al llegar al final de esta, gira a la izquierda y continua hasta la plaza donde se encuentra el juzgado. A la izquierda ve la Torre Olaso. Observa por unos instantes, entre la penumbra, el magnolio que domina el pequeño jardín del palacio. Sigue andando hasta entrar en la parroquia de San Pedro de Ariznoa, lugar de culto muy visitado por los sevillanos. No se santigua al entrar. Una vez creyó; ahora piensa que de ella se han olvidado. Camina hasta los primeros bancos. Se sienta en silencio sin intercambiar ni una sola palabra con el anciano que tiene al lado. El hombre eleva la vista buscando el busto del crucificado, extrae un papel doblado en cuatro de su chaqueta de punto y se lo entrega a la que en otro tiempo fue una asistente a su culto. Saioa toma la cuartilla y sabedora de lo que va a ocurrir, espera a que el sacerdote deposite la mano encima de las suyas, cierre los ojos y recite su oración de alafia. Respeta al clérigo y aguarda a que el longevo se retire a la sacristía antes de abandonar el templo.

Pero no se levanta del banco.

Y no es por impaciencia, sino que es culpa del silencio, del clímax del recinto, del crepitar de las velas que crean un ambiente de misterio propicio para desvelar un secreto. Con los pies bien apoyados en el suelo, desdobla el papel que le han entregado: escritas con una pluma temblorosa lee las letras que corroboran la información que le han dado.

Con sumo cuidado pliega la hoja que contiene la pista fidedigna y la guarda en el bolso. Antes de levantarse mira al frente, al altar plateresco, a la imagen de un cristo con el rostro girado que cree que no le mira a la cara porque está avergonzado. A ella le da igual, ya no cree en su doctrina, menos en sus milagros. Los únicos seres que pueden ayudarle son de carne y hueso con un rostro similar al que se han valido los dioses para parecer humanos.

Saioa se ha quitado la mascara que le ha impedido ver más allá durante los años que ha compartido la vida con su difunto marido.

Ahora no tiene duda sobre la historia que un día le contó un amigo. Una que desestimó por amor y que ahora necesita conocer más a fondo con el fin de que la lluvia cese y deje que el sol sea el protagonista de su próximo episodio.

Es sabedora de que mañana otro caprichoso escritor, uno que meceré ser escuchado, le contará la historia de un suceso ocurrido en tiempo pasado.

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