Estantes de papel

Blog de escritura creativa

CAPÍTULO 9 – DOS SEGUNDOS

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Quizá sea en la época juvenil cuando las personas poseen mayor imaginación. Hay personas que con la madurez la pierden. En el caso de Saioa Díaz de Durana, al contrario. La regia dama que induce a divagar y a viajar a lugares insospechados aún le acompaña permitiéndole crear escenarios, personajes e historias reales e irreales. Desde pequeña ejercitó el arte de armar frases con palabras sedosas, que al igual que la fina tela de un vestido da forma a un cuerpo resaltando sus formas, ella, con su caligrafía, seducía a los lectores con sus composiciones. Ese afán por la creación de relatos, por la composición bien dirigida, le llevó a Saioa a estudiar periodismo. Comenzó a trabajar a tiempo parcial como freelance en el Diario Vasco, dándole tiempo para crear su primera novela fantástica: La Sociedad Maldita.

Ella siempre se ha caracterizado por ser una persona feliz que nunca ha dejado de escribir, nunca de soñar. Menos de investigar. Pero cuando la indagación es tan profunda que consigue que te manches al caminar por el lodazal… el estado de ánimo cambia y la felicidad puede convertirse en turbación.

La cronista tiene una historia muy buena, verosímil, cercana a la realidad. Pero siente el temor de verse atrapada por ella. De que la memoria de los personajes que ha investigado, unos que vivieron en el pasado y que sus apellidos perduran en el presente, le remuevan por dentro. Temor a que los fantasmas de los antepasados puedan oscurecer sus sueños.

En la mesa en la que trabaja situada frente a la ventana para que la luz natural ilumine los folios que aún rellena a mano, Saioa escribe el último párrafo de su nueva novela: «Lamento, y que Dios me perdone, haber removido la mierda de una hedionda letrina para que su olor remueva el alma de algunos olvidadizos vecinos de este municipio».

La escritora deposita sobre la madera de caoba la estilográfica Montblanc que le regaló su familia por navidad y busca el encuentro de los cálidos rayos para que incidan en su cara.

¿Una señal? ¿Puede que esa fuerza natural que siente calentarle el rostro sea enviada para darle fuerza y ánimos?

Cree que sí. Le llega a la memoria un párrafo que leyó por internet del editor Pablo Cid en su web PoliticArte: «El periodista busca, sintetiza, interpreta y difunde en los canales adecuados los acontecimientos en una sociedad. Crea opinión y pensamiento crítico, es altavoz del pueblo y vigilante del poder».

Por eso mismo se hizo periodista de investigación, para buscar y difundir la verdad. Sin embargo, cuando la evidencia puede influir en las personas de tu entorno, la idea de la realización correcta cambia.

La cincuagenaria mujer deja sus quehaceres al oír abrirse la puerta de la entrada de su vivienda. Mira el reloj: las 20:30. Podría ser su hijo que llega de entrenar, pero por el pesado caminar sabe que es Josetxu Vicuña, su marido, le avisó de que llegaría tarde. Como delegado sindical en el matadero en el que trabaja debía de estar presente en la votación para secundar o no la huelga por el despido improcedente de un compañero.

—Josetxu… ¿eres tú?

—Sí, maitea.

El corpulento hombre entra en el estudio en el que se encuentra su mujer y le da un beso. Ella nota la fatiga en su rostro.

—Vete al sofá mientras te preparo la cena —le indica Saioa con su voz dulce.

Él obedece, necesita descanso y las preocupaciones le inquietan. Mientras su mujer le prepara un bistec de dos centímetros, el carnicero, apodo con el que le conocen sus compañeros, se acomoda en el sofá y enciende la tele. Al poco de iniciarse el informativo de las nueve, Saioa entra en el salón portando la fuente con el sustento. La deposita en la mesita central, se sienta y degusta un yogur con cereales desnatado mientras ve a su hombre devorar el trozo de carne a medio hacer que le ha preparado. El varón deja de masticar cuando las noticias que aparecen en el Teleberri hacen mención a lo ocurrido en su bloque y presta atención a lo que la locutora narra sobre el suceso: «Nuevos datos sobre el escalofriante asesinato del ya bautizado caso del trece izquierda. Según datos facilitados a este medio, en breve se realizará la detención del principal sospechoso al encontrar sus huellas en el piso donde se cometió el homicidio».

Josetxu se descompone al escuchar la noticia.

—Va todo bien, cariño.

—No es nada, maitea. Me he atragantado.

—¿Estás nervioso por lo de las huelgas? —pregunta la mujer con tono lastimero.

El marido afirma con la cabeza y continua dando partido a lo que le queda en el plato. Cuando finaliza el noticiario, ambos recogen la mesa y llevan a la cocina los platos. El esposo, intentando disimular la congoja, le pregunta a su compañera cómo ha pasado el día para que sea ella la que hable mientras meten al lavavajillas los cacharros. Él escucha paciente relatar a Saioa los nuevos sucesos que ha ido descubriendo en su investigación esperando el momento del fin de la narración para excusarse y salir a fumar al balcón.

En la terraza, se lía un pitillo de la risa, un bareto bien cargado, un carrujo, un petardo. Josetxu necesita analizar la noticia que ha escuchado y el cannabis le ayuda a despejar la mente. Piensa que la periodista se equivocó al usar el termino «principal sospechoso» dando a entender que la policía busca a un hombre, cuando a quien deben de encontrar es a Jaione. Absorbe con poderío el porro, mantiene la esencia en el pecho unos segundos y exhala. Siente menos angustia. Otra calada y se repite otra vez las mismas palabras: no va a pasar nada. Vuelve a chupar el canuto, por fin ha alejado las dudas de su mente. Entonces escucha el tono que anuncia la entrada de un mensaje en su móvil. Sacándolo del bolsillo de su camisa y lo desbloquea. Un wasap, del mismo número desconocido que le dictó las anteriores ordenes. Zangolotea por el balcón, no sabe si leer o no el mensaje. Se atreve.

Duda, no sabe que responder. Escribe rápido lo primero que se le pasa por la mente.

El personaje desconocido contesta de inmediato.

Raudo, recorre de un lado a otro los cuatro metros del balcón con el móvil en la mano. El pánico se ha apoderado de un cuerpo descontrolado.                                                                                  

Apoyado en la barandilla, Josetxu intenta localizar en la oscuridad a la persona que le está enviando los mensajes. Cuando, nervioso, saca más la cabeza hacia el exterior para tener más ángulo de visión hacia la calle, Saioa se asoma a la terraza y le pregunta qué hace. Es en ese preciso momento cuando el teléfono que el carnicero mantiene aferrado en la derecha se incendia quemándole la mano.

Dos segundos, el tiempo suficiente para el intercambio de una mirada.

Saioa se echa las manos a la cabeza al recibir la despedida de Juantxo.

No sabe cómo ha podido ocurrir, tampoco cómo asimilarlo.

Es su grito atronador el que alerta a los vecinos.

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