Estantes de papel

Blog de escritura creativa

Capítulo XVII. Morcilla de arroz. Calle Correría

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El padre Luca observa el monumento a la Batalla de Vitoria mientras se guarece de la lluvia bajo un gran paraguas negro. La mole de piedra y bronce se interpone entre la curiosa mirada del sacerdote italiano y la hierática estatua de la Virgen Blanca, que mira hacia la céntrica plaza a la que da nombre desde el mainel de la portada de la iglesia de San Miguel. Después de dar una vuelta completa alrededor de la construcción conmemorativa, para observar con detenimiento las escenas en las que se desglosa aquella famosa batalla, el hombre de Dios llega a la conclusión de que la guerra, por mucho que sea ensalzada, “tiene más de episodio cruel que de acto heroico”.

Ni la victoria de los ganadores, simbolizada por una mujer alada, ni el descrédito de los vencidos, retratados en su huida, justifican en su opinión el sufrimiento de los más débiles, que aparecen representados en la mujer y el niño que reciben de rodillas a su libertador. Por ello no es extraño que, después de la muerte y los saqueos, de las cosechas perdidas y del dinero malgastado en campañas militares, la madre y su hijo pequeño quieran dar la bienvenida al fin de las hostilidades, el hambre y los abusos.

Una guía turística explica a un grupo de foráneos la crucial batalla que rememora la obra escultórica que se ubica en el punto cero de la ciudad y el cura agudiza el oído cuando oye contar la anécdota del pozo artesiano que fue excavado unos años antes en el mismo lugar. Las crónicas de la época recogen que nunca se consiguió obtener agua, por más que los ingenieros se empeñasen en horadar el suelo, llegando a alcanzarse el récord de la época de más de mil metros de perforación.

“¿Se rellenaría de nuevo con tierra el enorme agujero resultante de la fracasada empresa? —se pregunta el padre Luca— “¿O se construiría la obra escultórica sobre el profundo hoyo seco con la sola intención de taparlo y olvidarse del mismo?, reflexiona mientras pasea por los soportales de la Plaza Nueva. Para plantearse a reglón seguido si no sería en realidad ese el objetivo de la obra escultórica, más que la conmemoración patriótica, de la que ya se habían cumplido casi cien años cuando se inauguró a principios del siglo XX.

Aitor encuentra al padre Luca absorto en estos y otros pensamientos cuando llega al edificio central de Correos, lugar donde se han dado cita para una nueva entrevista. El sacerdote ha pospuesto hasta el día siguiente su encuentro con la pareja de  agentes a petición del comisario Ugarte, por encontrarse la plantilla muy mermada a causa de una gripe que en algunos casos ha resultado ser una infección por el virus del covid. Es lunes y el centro de la ciudad bulle de actividad, pero sin agobios, como ha sido siempre la pequeña Gasteiz, “capital artificial de un país singular”, como dice la canción[1].

El testigo del padre Luca conduce al cura por las calles empedradas del Casco Viejo hasta el final de la calle Cuchillería, donde se encuentra la sociedad gastronómica en la que fue abordado por vez primera por el extraño ser que ahora aterroriza sus sueños. El vitoriano camina bajo la lluvia menuda —el típico calabobos o sirimiri como dicen por estas tierras— enfundado en un forro polar made in Euskadi con capucha que no deja que su paso se distraiga ante las numerosas tascas que jalonan una de las vías más bulliciosas de la almendra medieval.

—Padre, por favor, no se detenga —le apremia al pasar por delante de la Casa del Cordón, lo mismo que cuando se para frente al Palacio de Bendaña.

Los escudos que jalonan los muros del palacio que hoy albergan el Museo de Naipes llaman poderosamente la atención del visitante, al igual que el cordón franciscano que bordea el arco de una de las entradas gemelas, en la otra casa monumental.

La puerta que da acceso a la sociedad de Aitor pasa desapercibida para el simple peatón, pues solo un par de palabras talladas en madera sobre el dintel identifican el lugar, Gure Ametsa, cuya traducción literal es Nuestro Sueño. La decoración es austera, sin más concesiones a la estética que la de unas cuantas baldas que sirven para exhibir trofeos, así como un par de bodegones al óleo cuya principal función es cubrir las paredes desnudas. Todo en la estancia denota la preeminencia masculina, desde los colores sobrios hasta el mobiliario de estilo rústico, tan característicos de estos pequeños rincones de alegre reunión, también llamados txoko[2] en euskera.

Las robustas mesas de comedor junto con la pintura blanca tipo gotelé en contraste con las vigas simuladas del techo, conforman todo un universo de costumbres inquebrantables, en las que no puede faltar la sempiterna baraja de naipes Fournier para echar la partida, ni los socorridos botellines de licor en miniatura. La cocina, de reluciente brillo argentario, constituye el epicentro del acogedor local y su razón de ser, pues como todo el mundo sabe, no hay ocasión que un vasco no celebre alrededor de una buena mesa.

Un detalle concita la atención de los dos hombres. Una fotografía tomada a finales de los noventa que  retrata a los socios que por entonces integran Gure Ametsa. Todos son hombres de mediana edad que posan serios, puestos en pie junto a una ikurriña que pende de un mástil fijo en la pared. Abundan en la indumentaria las camisas de cuadroscon pantalones de pinzas, algún que otro mostacho y bastantes txapelas[3] . Y no falta el señor con gafas de cristales tintados de quien nadie sabría decir de qué color son sus ojos.

Algunos de los presentes en la foto de grupo hace tiempo que pasaron a mejor vida, mientras que otros han fallecido en las últimas dos semanas, víctimas de un cruel asesino que los ido  tachando de su macabra lista, sin más criterio que el de quitárselos de encima, hasta que no quede ninguno. A medida que los nombra, Aitor se los va señalando al padre Luca, uno a uno, en la imagen y cuando llega a la última víctima, con la que al parecer tenía bastante trato, su voz se quiebra. “Me siento culpable”, le confiesa al sacerdote como si estuviera buscando su absolución.

La pesada carga de la culpa atormenta al infeliz porque piensa que de haber callado aquella fatídica mañana en la que el duende verde se le apareció, no se hubieran producido todas esas muertes que ahora carga sobre su conciencia. “Ojalá no le hubiera dado la agenda donde están apuntados los teléfonos y las direcciones de los socios”, se lamenta entre sollozos Aitor con sincero arrepentimiento. El padre Luca intenta consolarle diciéndole que de no haber accedido a sus exigencias, quizá el pequeño ogro hubiera terminado por matarle a él también; sin que ello hubiera sido obstáculo para que después averiguara por otros medios el paradero del resto de socios, a quienes hubiera asesinado de todas maneras.

—¿Cómo está tan seguro? —le pregunta Aitor al padre Luca mientras clava sus pupilas en el sereno rostro de su confidente.

—Porque llevamos mucho tiempo tras esa criatura maléfica y sabemos que cualquier cosa que se interponga en su camino hacia las consecución de un objetivo, es siempre eliminada sin piedad —le aclara el sacerdote.

—¿Y por qué a mí? —grita Aitor desesperado mientras se deshace en llanto.

Cuando se calma, el desconsolado testigo muestra al padre Luca el documento que había prometido enseñarle, un escrito en el que da su consentimiento para ceder al hombrecillo deforme  el derecho de uso en exclusiva de los fogones de Gure Ametsa.Y todo ello con la única condición de que el infernal ente cocine para el humano cada vez que a este se le antoje y además, gratis. Un acuerdo que nada ni nadie podría romper, excepto la muerte y que a buen seguro más de uno hubiera aceptado gustoso, como lo hizo el propio Aitor, por más que se resista a reconocerlo.

El pergamino, escrito con cuidadosa caligrafía en castellano antiguo, es escueto y contundente en sus términos y culmina con la firma de ambos, rubricada con sangre. Una perfecta muestra, digna de ser atestiguada ante notario, de lo que a buen seguro debería ser  un pacto con el diablo, solo que ceñida en este caso al prosaico mundo de la comida. “¿Merece la pena vender el alma inmortal a cambio de tan poca cosa?”, se pregunta del padre Luca mientras revisa con atención el papel. A lo que su mente le responde trayéndole a la memoria el pasaje bíblico en el que Esaú vendió sus derechos como primogénito a cambio de un sencillo plato de lentejas.

—No me pregunte porqué ni cómo lo hice —le dice el signatario del manuscrito, que adivina el reproche que se esconde tras la fría mirada que le dirige el pastor de almas.

Ambos convienen en que trucar lo más valioso de la propia esencia bien puede entenderse si es cambio de los placeres y riquezas de este mundo, pero lo que el extranjero no puede acabar de entender es que Aitor lo hiciera dejándose llevar de la gula. “Aquí los hombres se ponen el delantal y no hay para ellos mayor satisfacción que la de lucirse ante la cuadrilla cocinando para ellos unos buenos caracoles en salsa o un rico guisado de carne de jabalí”, intenta justificarse el socio número trece de Gure Ametsa.

—Señor Ortiz de Urbina, ¿recuerda lo que ocurrió la noche en que firmó este acuerdo a todas luces abusivo? —pregunta el padre Luca después de desistir de entender el motivo porque el que la gastronomía levanta semejantes pasiones entre los vascos y las vascas.

—No, ya le repito que lo he intentado muchas veces, pero no consigo recordar qué pasó esa noche —el testigo se agarra las manos con la cabeza y resopla.

En realidad no sabe si le gustaría rememorar el momento de la vergonzante firma. Prefiere pensar que lo hizo forzado, que alguien sin escrúpulos le engañó vilmente  o que fue víctima de una de esas drogas que aprovechando un despiste, te echan en la bebida para después robarte la cartera.  “Droja en el cola-cao”[4] que contaba aquel incauto. Incluso se aventura a pensar si no le pincharían, sin que se diera cuenta, con una de esas jeringuillas que tuvieron amedrentadas a muchas  mujeres durante las fiestas del pasado verano.

—Quizá con una pequeña regresión consigamos bucear en su inconsciente para recuperar ese recuerdo. No hace tanto tiempo de lo ocurrido. ¿Qué le parece? — propone el padre Luca.

Aitor se presta a la sesión de hipnotismo que le ofrece el cura para poner solución a sus pesares y como es de natural bastante influenciable, enseguida consigue caer en trance. Con la mirada perdida y las extremidades faltas de voluntad, el hombre sigue las instrucciones que le dicta en voz baja el sacerdote, hasta perderse en los vericuetos de la parte más profunda y desconocida de su mente.

—Es jueves por la noche y llega con las bolsas de la compra a la sociedad —le guía el hipnotizador— ¿Qué es lo primero que hace?

—Abrirme una cerveza —responde Aitor, que hace el ademán de estar bebiendo a morro del envase de cristal.

—¿Y después? ¿Qué pasa? ¿Qué ve?

 —Una mujer llama a la puerta. Es muy guapa. No la conozco. Me pide que la deje pasar porque tiene necesidad de ir al baño. Cuando me doy cuenta ya está dentro. Es muy simpática. Le invito a tomar algo y empezamos a charlar.

—¿Cómo es? —indaga el del alzacuellos blanco.

—Es alta y rubia, con unos ojos azules muy bonitos. Y tiene un cuerpo de escándalo, de esos que te hacen girarte por la calle —mientras la describe, Aitor dibuja su silueta con las manos y a instancia del cura, añade— Viste un traje chaqueta de tweed con minifalda y calza botas camperas con tacón.

—¿Y qué hace?

— Se quita la chaqueta, guarda su móvil en el bolso y se sienta sobre una de las mesas mientras agita su larga melena ondulada. Entonces me doy cuenta de que debajo de la blusa blanca de seda que luce desabrochada hasta la mitad del pecho, no lleva sujetador.

—¿Y qué más?—el sacerdote saca al hombre de su ensimismamiento, el mismo que le hizo quedarse embobado en la realidad delante de la mujer.

—Su conversación es muy entretenida, nos reímos mucho. Me cuenta que trabaja para una multinacional en un puesto de responsabilidad.

—¿Nota algo raro en ella?

—No. Pero es la mujer más atractiva que he conocido en mi vida. Me gusta. La deseo —un ligero temblor recorre el cuerpo del hombre al revivir aquel momento. Azuzado por el sacerdote prosigue su relato.

 —Abrimos una botella de vino. Ella la descorcha. Yo ni sabía que la teníamos en la bodega. Se nota que entiende de vinos —el cura le pide que prosiga—. Ha elegido un mimao procedente de unos viñedos cerca de Tafalla. Me cuenta que los caldos del sur, más allá del Ebro, le chiflan —al padre Luca este comentario le hace recordar un sueño reciente— .El púrpura intenso del vino se asemeja al color de sus labios —rememora con mirada fotográfica—. Cuando lo pruebo, noto cómo su toque afrutado inunda nuestros paladares. Me excita saber que el sabor fresco que siento en mi boca con el primer sorbo es el mismo que ella experimenta cuando la miro sostener su copa y me sonríe —suspira Aitor.

—¿Le dice de dónde es, cómo se llama? —el cura necesita datos más que vagas sensaciones.

—De un pueblo pesquero de la costa vizcaína. Ondarroa, creo. O quizá fuese Lekeitio[5]. No sé. No debe haber más de quince kilómetros entre las dos localidades —elucubra despreocupadamente como si el asunto fuera baladí—.Y  ella tiene un nombre en euskera. ¿Cuál era? Lo tengo en la punta de la lengua. ¿Olaia? Sí, Olaia me dice.

—¿Y después? —prosigue el padre Luca apoyando su pequeña libreta sobre las rodillas cruzadas.

—Cenamos. Yo cocino para ella mientras curiosea por la sociedad. Me pregunta por los socios, cuántas veces al año nos reunimos y si participamos en la tamborrada de la Retreta de San Prudencio. En una de esas, saca un cigarrillo y se pone a fumar. Me pregunta: “No te importa, ¿verdad?”. ¡Y entonces cruza las piernas al estilo de Sharon Stone en Instinto Básico! —Aitor deja escapar un silbido de admiración.

—¿Qué piensa?¿Qué siente en esos momentos?— el hipnotizador no deja que se vaya por la ramas y reconduce la narración.

—Que me da igual lo que digan los estatutos o la ley antitabaco. Por mí, puede hacer lo que quiera. Cuando llega la hora del postre —una sonrisa de oreja a oreja se dibuja en su rostro— ya tengo mis manos debajo de su falda. Lo hacemos encima de una mesa, sobre la encimera de la cocina, detrás de la barra del bar. Es el mejor sexo del que he disfrutado jamás—el sacerdote gira la cabeza para no ver los gestos obscenos con que Aitor recrea el momento.

—¿Qué más recuerda de ella? —el padre Luca se afloja el cuello de la camisa cuando ve que la historia sube de tono.

—Su fragancia. Huele de maravilla, a uno de esos perfumes caros que dejan estela allá por donde pasan y que te hacen entornar los ojos en cuanto tu olfato los percibe. También me acuerdo de sus braguitas —confiesa con picardía—. Lleva una lencería fina de esas que compramos los hombres para regalar: un tanga en color negro bordada en tul. Cuando me pide que se la quite, yo pierdo la cabeza por completo —reconoce el hombre.

—¡Ejem!, bien, centrémonos —carraspea el cura al quien tanta sinceridad le ha hecho ruborizarse— ¿En qué momento decide regalarle la cocina?

—No me acuerdo. Todo es muy confuso después. Seguimos bebiendo. Se hace muy tarde. Entonces me habla de hacer un trato. Y me pone una estilográfica en la mano. Hago lo que ella me pide. Hubiera estado dispuesto a firmar incluso  mi sentencia de muerte.

—Cuando lo hace, ¿qué más ocurre?

— Me invade un gran sopor. Luego de vestirnos la veo ponerse un delantal para entrar en la cocina. Me dice que va a preparar la mejor cena que haya degustado nunca con mis colegas. Se mueve con rapidez entre los fogones, como si fuera una experimentada chef. Lo último que recuerdo es el sonido del extractor de humos y la llama azul de los cuatro fuegos de gas encendidos al máximo.

El padre Luca da por terminada la sesión de hipnosis porque el resto de la historia ya la conoce. Su improvisado paciente despierta del sueño inducido sin acordarse de nada, aunque parece más tranquilo. De hecho es la primera vez que le ve relajado desde que le conoce. Quizá porque revivir de ese modo lo que le pasó aquel día, le haya servido para quitarse un peso de encima, aunque ni él mismo haya sido consciente de la conversación que ha mantenido con su hipnotizador. Pues la mente humana es un misterio tan insondable como las profundidades de un océano y, cuando uno se sumerge en las simas abisales del inconsciente colectivo, nunca sabe con qué se va a encontrar.

—¿Le apetece tomar algo? — propone Aitor al padre Luca— Ya casi es la hora de comer. Por favor, permítame que le invite —insiste—. Conozco un sitio aquí cerca, de toda la vida, que le va a gustar.

Aunque el cura intenta declinar la invitación por educación, al final termina por aceptarla, pues no quiere desairar a la persona que tanto ha sufrido con todo este asunto y que le está siendo de tanta ayuda al prestarse a colaborar en su investigación. El padre sabe por experiencia que otras personas prefieren no hablar y por miedo, terminan llevándose a la tumba sus valiosas experiencias.

Descienden los dos hombres la pronunciada cuesta que conduce desde la placita con fuente de la catedral de Santa María hasta el final de la calle Correría y llegan a un edificio histórico en cuyo bajos hay abiertos varios negocios de hostelería.  “Es aquí”, dice Aitor, que se detiene sobre un cartel de forja colgado de la pared que lleva nombre de novela de aventuras.

El sacerdote alza la vista antes de cruzar la puerta del local y sin saber porqué se siente transportado en el tiempo, como si hubiera retrocedido tres o cuatro siglos y estuviera entrando en una taberna de aquella época. Las paredes de mampostería, el techo abovedado y algunos otros detalles, hacen pensar al extranjero en el escenario perfecto de una novela de Alejandro Dumas, cuyo protagonista pudiera aparecer en cualquier momento y saludar con un elegante movimiento de muñeca al descubrirse la cabeza.

El anfitrión se toma la libertad de pedir en barra alguna de las especialidades de la casa, entre las que se cuentan inmejorables muestras de la cocina a base de casquería, esa que desde hace generaciones ha sabido hacer de la necesidad, virtud. Cazuelitas de oreja, callos y lengua compiten con las de patitas, asadurilla o litiruelas, todas ellas regadas con buenos vinos de la tierra.

 Poco imagina el padre, el humilde origen de estos manjares en cuya salsa se dispone a mojar el pan y que, contra todo pronóstico, habrán de agradar a su delicado paladar, tan poco propenso a los excesos. El picante de las alegrías que se ponen de adorno sobre la morcilla de arroz que sirven en el bar, le recuerda un poco a su reciente experiencia onírica cerca de un akelarre.  Y por primera vez siente que su fe se tambalea, ya que que si eso fuese el infierno,¿quién habría de desear ir al cielo?, piensa.

—Pruebe padre, está asada con manteca —le anima su anfitrión, refiriéndose a la sabrosa morcilla de Maeztu.

El padre Luca va probando  un poco de todo con moderación y por respeto a la institución a la que representa, evita hacer comentarios demasiado entusiastas, que en realidad guarda para sí. Aprovecha la informal comida, pues el tiempo apremia y tiene otros asuntos que atender, para enseñar a Aitor entre plato y plato, una foto que guarda en el móvil. La imagen muestra el retrato de cuerpo entero de una mujer que se ajusta detalle a detalle a la descripción que le ha dado el testigo en su reciente regresión por hipnosis.

—¿La reconoce? —interroga a Aitor el espía enviado desde Roma.

—Su cara me suena. Pero no sabría decirle de qué la conozco, ni dónde la he visto antes —responde aquel con el que comparte mantel—. ¿Tiene algo que ver con el caso? ¿Quién es? —quiere saber mientras de limpia las comisuras de los labios con una servilleta de papel.

—No se preocupe, me basta con saber que le resulta conocida —le tranquiliza el cura— Pero sigamos comiendo, por favor, no vaya a ser que se enfríe.

De ese modo, el padre Luca consigue desviar la atención de su acompañante hacia otro tema que no sea el de la misteriosa mujer que acaba de ver y que según sus sospechas se transforma en el duende asesino. ¿O será acaso al revés? Lo mismo da, piensa el sacerdote, pues sabe que las mil caras del Maligno están hechas para confundir a los hombres y hacer caerles en el pecado, como bien ha podido comprobar. “De ahí la importancia de mantenerse firme para evitar las tentaciones y refrenar las bajas pasiones que acechan por doquier”,  concluye el religioso para sí.

El cura piensa que, mientras todo se resuelve, es mejor que su testigo no se acuerde de muchas cosas, para así mejor preservar el secreto de la investigación que le ha traído hasta el País Vasco. Por eso ha preferido no revelarle la identidad de la bella mujer que le acaba de mostrar en la fotografía y que no es otra que la agente Oihana Usobiaga. La competente mujer ertzaina adscrita a la comisaria de Vitoria que investiga por su cuenta el caso, junto a su compañero de patrulla y que guarda con el asesino una estrecha vinculación que ni ella misma alcanza a adivinar. Por eso tomó la instantánea sin que ella se diera cuenta, justo en el momento en que llegaba vestida de calle al geriátrico donde murió Eusebio, la última víctima de Txorimalo.

Aitor no ha sido capaz de reconocerla hace unos pocos minutos ni tampoco cuando se cruzó con ella pocos días atrás, mientras caminaba cabizbajo por la calle, preocupado porque nadie le creía cuando afirmaba saber quién era el autor de los crímenes de Vitoria. Aunque es posible que de haberla visto, tampoco hubiera sido capaz de reconocerla, ya que en aquella ocasión ella iba vestida de uniforme, con lo que es seguro que no hubiera podido identificar a la amante accidental de aquella noche bajo la seria apariencia de una mujer policía.

“¡Chorizos al infierno!”, exclama Aitor con gran contento cuando llega a la mesa el plato fuerte del establecimiento. El camarero acerca un mechero al recipiente de barro con forma de cochinillo donde se sirven y al instante unas pequeñas llamaradas envuelven las porciones de embutido colorado bajo la atenta mirada de los comensales. El fuego, fuente primigenia de luz y calor, envuelve con su magia el sabroso papeo dándole un sabor inconfundible, como ocurre con todos los alimentos cocinados al horno o a la parrilla. Por eso la vitrocerámica no ha sustituido a los quemadores de gas ni a las planchas en los lugares donde se cocina de verdad, como todavía ocurre en las sociedades gastronómicas.

Mientras el cura y su testigo se ponen tibios de aperitivos y otras viandas, da la casualidad de que Oihana y Javier tienen que intervenir a pocos metros del lugar en una operación un tanto complicada. Los agentes han sido requeridos para acudir a la plazoleta sin nombre que está en la confluencia de las calles Santo Domingo y Barrancal, punto de reunión habitual de hombres de origen magrebí que se dejan caer por allí para charlar. Los típicos comercios del colectivo se dan cita en la zona, como son la barbería, una frutería y la carnicería halal.

Como la carretera es estrecha y de una sola dirección, Oihana se ve obligada nada más llegar a estacionar el coche patrulla encima de la acera. Ella y Javier no tardan en abandonar el vehículo con decisión, con la mirada puesta en la rampa que da acceso a un garaje situado en la trasera de un inmueble. Una llamada ha alertado minutos antes de una pelea entre dos jóvenes y antes de que la cosa vaya a más, se decide mandar una dotación para que inspeccione e informe de lo que pasa.

Cuando aparecen, los dos ertzainas descubren a un individuo que blande amenazante contra otro hombre una barra de hierro. “¡Alto, policía!”, gritan al agresor, quien hace caso omiso a las advertencias de los uniformados, que le ordenan que suelte lo que sujeta entre las manos. Viendo que no les hace caso, lo siguiente que hacen los patrulleros es sacar sus respectivas defensas y ponerse en guardia.

La mujer policía se adelanta y se acerca por detrás al de la barra, mientras que  Javier sigue conminándole a que se detenga y levante las manos. Como el atacante no se da por aludido, Oihana tiene que asestarle varios golpes detrás de las pantorrillas, consiguiendo de ese modo que al menos se detenga, pero no que se desprenda del pesado palo de metal, que sigue obstinado en no soltar.

Mientras tanto, el otro sujeto implicado, que se ha deshecho del garrote con el que al parecer se defendía, intenta escabullirse de los policías autónomos. Javier tiene que impedirle el paso, a la par que no pierde de vista a su compañera ni al hombre al que esta intenta desarmar. “¡Al suelo! ¡Suelta la barra!” no deja repetir Javier con gesto severo, a la par que mueve los brazos para hacerse entender.  

A una señal, la mujer ertzaina realiza una rápida maniobra con la que consigue reducir al atacante, que una vez en el suelo y bajo la presión de los dos agentes, no tiene más remedio que abandonar su arma. Cuando entre los dos consiguen controlar al hombre, le inmovilizan con unas esposas y, una vez que lo tienen sentado sobre el asfalto, puede proceder a ocuparse  de la otra parte en discordia.

“¿Dónde vas? ¿Es que no me oyes? ¡Para!”. El segundo tipo, en lugar de acatar el mandato de los policías y permanecer con las manos contra la pared mientras ellos esposan a su atacante, a echado a andar calle adelante como si el suceso no fuese con él. Da pasos con el móvil en la mano, mientras pretende huir con disimulo y hace como si no oyese las voces que le conminan a detenerse. Entre tanto, ya ha  dado la voz de alerta entre sus contactos, uno de los cuales no tarda en aparecer en el lugar de los hechos.

El tercer joven, el cual porta una mochila a la espalda, entra en escena como quien no quiere la cosa e intenta acercarse al agresor que permanece en el suelo, fingiendo ser su amigo. Oihana impide como puede cualquier aproximación al detenido y a duras penas logra mantener la distancia entre los dos hombres. Su tarea es ardua porque, mientras uno porfía por incorporarse del suelo, el otro no ceja en su empeño de aproximarse al que está esposado y así lo intentan varias veces, sin que la agente les permita salirse con la suya.

El de la mochila despliegan ante la mujer armada las típicas señales de no agresión, con las palmas hacia arriba y la mirada baja, pero sus repetidos intentos de desobedecer a la agente resultan en sí mismos desafiantes. “Te he dicho que no te acerques más. ¡Vete!”, le avisa Oihana con cara de pocos amigos

El tira y afloja se complica cuando un cuarto personaje se acerca al escenario de la detención, un hombre de baja estatura vestido con chilaba que intenta distraer a Javier para que el del móvil pueda huir. Oihana no duda en apuntar al enano con su porra, para que desista de acercarse más a los detenidos o a su compañero. Y es así como el pequeño hombrecito termina por ser empujado fuera del lugar de los hechos, después de varios toques de advertencia de la uniformada, que le obliga a retroceder. 

La detención es contemplada por un buen numero de viandantes desde la acera de enfrente y no termina hasta que los arrestados son trasladados en un vehículo policial, pues hasta el último momento no dejan de burlar las órdenes de los agentes. Entre los espectadores de la actuación se encuentra el padre Luca, que ya se había despedido de Aitor una vez terminada la comida.

El sacerdote, situado a una distancia prudencial, cruza una mirada de complicidad con los dos patrulleros, mientras estos custodian a los dos detenidos. No quiere importunarles con su presencia, pues se da cuenta de la tensión vivida en los últimos minutos, así que solo levanta una mano para que puedan verle desde lejos, aunque solo sea para despedirse. Javier responde al saludo del cura con un leve movimiento de cabeza mientras se ajusta la gorra y Oihana le dirige una breve mirada desde sus brillantes ojos azul cielo para darle a entender que le ha visto. Los tres saben que mañana tienen una cita para hablar de lo ocurrido el pasado domingo junto al río Batán. Si es que no vuelve a producirse otro imprevisto.


[1] Rula, de Potato.

[2] Ricón.

[3] Boina vasca

[4] Expresión de la cultura pop en los noventa de un suceso que se hizo  viral en los programas de zapping

[5] La rivalidad entre estas dos localidades costeras es proverbial, se remonta a siglos atrás y en algunos casos fue por motivo de la caza de ballenas.

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