Estantes de papel

Blog de escritura creativa

CAPÍTULO 8- MENTES PRIVILEGIADAS

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Lleva varios minutos escuchando el canto del mirlo sin abrir los ojos. Cuando lo hace, sonríe. Inhala la fragancia del cuerpo que tiene al lado, el sudor que ha desprendido después de haber hecho varias veces el amor no ha sido suficiente para eliminar el perfume que aún mantiene. Le besa con suavidad el cuello. Otra vez; otra, hasta que consigue despertarla. Ella se gira sobre si misma, le mira, no dice nada. Es el gesto de una hermosa cara iluminada por la luz matutina del sol la que le da la pista a Diego sobre el estado en que se encuentra su compañera. Él sigue tomando la iniciativa, le besa en los labios, caricias; el culmen, cuando un cuerpo se adapta al otro.

En la misma posición en la que se encontraban antes de disfrutar de la armonía de una experiencia compartida, ella regresa al momento en el que se encontraron en Bilbao. No hablaron mucho en aquel momento, por la tensión del encuentro, y ella quiere despejar sus dudas.

—Diego, ¿cómo supiste ayer que estaba…?

—No lo sabía. Fue azar.

—¿Azar?

—Llevo siempre conmigo un trébol de cuatro hojas. Hasta el momento, siempre me ha dado suerte. Fíjate que ayer me encontré contigo en el lugar más insospechado.

—Diego… eso no me lo trago —asevera ella con rostro serio.

Ante la incredulidad de la mujer, él se levanta, camina hasta el lugar donde ha dejado la ropa, saca de su pantalón la cartera y regresa a la cama con ella en la mano. Sentado, con la espalda apoyada en el cabecero, abre el único bolsillo de la billetera para extraer el tesoro que allí guarda: una mala hierba, la que trae suerte. Separa la aplastada planta verde unos centímetros de su rostro, lo gira con suavidad y se lo cede a su acompañante.

—Cuando iba a iniciar mi periplo por las siete cumbres más altas del mundo, fui primero a entrenar a Chamonix. Allí, en una pradera lo encontré. Desde entonces me ha acompañado en todo momento. Y como ves… me ha dado suerte. Hasta me ha permitido escalar tu montaña.

—Tonto… —añade ella palmándole el pecho.

Mira otra vez la verde planta que sujeta entre los dedos y se la devuelve a su dueño.

—Quédatela, te traerá suerte, ya lo verás.

Goizalde, contempla nuevamente el trébol. Sin soltarlo, abre el cajón de su mesilla donde guarda una pequeña cajita metálica de secretos y lo guarda dentro. A continuación, le regala un beso.

—Ahora dime la verdad. ¿Cómo me encontraste?

—Te seguí. Cuando hallé tu coche aparcado, te busqué en los bares cercanos y por un error aparecí en la calle en la que nos encontramos. Mientras miraba mi teléfono, dos chicas se acercaron a mi y me invitaron a entrar a ese establecimiento. Accedí… no para liarme con ellas, que podría haberlo hecho, sino por curiosidad, nunca había entrado a un garito de ese tipo.

»Como te he dicho, fue azar el encontrarte. Ahora dime… ¿Por qué estabas tú allí? ¿Te gustan las relaciones abiertas? Si es así, me gustaría que me lo dijeras.

—No es lo que piensas —exclama ella—. Pero ahora no me apetece hablar de ello, lo que tengo es hambre. Desayunemos.

Mientras Goizalde acaba de prepararse, Diego se sienta en el salón, en la butaca frente al panel. Observa con detalle el esquema que ha creado la perfiladora criminal, las pocas pistas que ha ido recopilando, las cuestiones que se plantea y debe resolver. Ella aparece por su espalda, apoya las manos sobre los hombros de él y mira también la pizarra.

—Son pocas pistas.

—Es un comienzo —expresa él —. ¿Esto te servirá para crear un perfil de tu asesino?

—No. Estoy esperando las aportaciones de mis compañeros. Les pedí que recopilaran toda la información posible sobre los implicados.

—¿También de la vecina?

La pregunta sorprende a la mujer. No esperaba una observación tan perspicaz por parte de él.

—También a ella. —Goizalde se sienta en el borde del sofá y acercándose a la mesa donde están los dosieres, abre el de Saioa y le muestra su foto—.¿Por qué crees que debemos investigarla?

El forense estudia la foto, sus rasgos. Él también tiene conocimientos en crear perfiles criminales.

—Esta foto no dice mucho sobre ella. No aporta datos relevantes.

—¿Y si te mostrase más imágenes?

Diego frunce los labios y gira la cabeza a ambos lados.

—Sabes que no soy tan experto como tú. Hice hace años un postgrado en perfilación criminal, pero de ahí a crear uno… ¿Por qué te interesa mi opinión?

—No confío en nadie de mi comisaria. Bueno, en uno sí, pero no está capacitado para ello. Siempre he creído que el potencial de dos mentes brillantes unidas, más que sumar, multiplica. Y necesito una persona a la que poder contarle mis avances, que me interpele y no me de la razón. Alguien que me ayude a analizar los datos.

—Pero revelarías datos confidenciales a un extraño…

—Diego, eres el médico forense de este caso y quizá la persona que más detalles pueda aportar. Por otro lado, estoy esperando más información sobre los tatuajes de Garikoitz. Me dijiste que los de la científica tendrían algo esta semana.

—Se me olvido comentártelo antes… Una de las razones por las que me acerqué ayer a tu vivienda, además de para verte, era para traerte una copia del dosier que han elaborado, lo tengo en el coche.

—¡Pues a que esperas…! Baja ya a por él.

—¿Pero no íbamos a desayunar?

Goizalde suspira, se le ha pasado el hambre y el interés por leer ese informe es mayor que las ganas de salir a desayunar.

—Vete preparando unos cafés con bollos mientras bajo al coche —le ordena Diego—. ¿Recibiré alguna recompensa si te ayudo?

—Dependerá de lo audaz que seas —afirma ella mientras camina sonriente a la cocina.

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