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Capítulo XVI. Sagardo. Narbaiza. Álava

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Capítulo XVI. Sagardo. Narbaiza. Álava

El comisario Ugarte comparte con el padre Luca el visionado de los videos de las cámaras de seguridad requisados esa misma mañana por los de homicidios en la residencia de ancianos. Su mirada escrutadora no quita ojo al sacerdote. Contra todo pronóstico, el extranjero permanece impasible, sin dar una sola muestra de perplejidad o de asombro, ante unas imágenes que han sumido al departamento de crímenes en un gran desconcierto. Minutos y minutos de grabación de lo que no es más que una sombra, que recorre los pasillos y entra en la habitaciones, sin que ningún sanitario o paciente se percate de ello, ni su presencia sea detectada por algún dispositivo.

Cuanto más mira el de Lakua los vídeos, menos comprende lo que pasa, pues ni el zoom más potente ha podido desvelar la identidad del desconocido, al que se ve campar a sus anchas por todo el edificio, incluida la capilla. Un fantasma burlón que lo mismo enciende los fuegos de la cocina, maneja con destreza un cuchillo de grandes dimensiones, que cierra de un portazo la puerta del frigorífico. Pero lo que más intriga a la ertzaina son esas huellas ensangrentadas salidas como de la nada que se dibujan en el suelo, en un siniestro reguero de muerte.

—¿Qué locura es esta, padre? ¿Quiere explicármelo, por favor? —el jefe de la comisaria de Vitoria quiere encontrar una explicación racional a lo que a todas luces no la tiene.

—Este tipo de entidades puede adoptar las formas más diversas a su antojo e incluso perder su materialidad —le responde con mucha calma el cura.

—¿Se refiere a que puede hacerse invisible? —pregunta incrédulo el comisario. El padre Luca permanece en silencio unos instantes en lo que parece una afirmación indirecta, pues como suele decirse, “quien calla, otorga”.

—Lo siento, no puedo ayudarle — contesta el sacerdote con frialdad—. Su línea de investigación difiere mucho de la mía. Le agradezco que me haya mostrado las imágenes. Seguro que encuentran a un culpable, siempre lo hacen; las distintas police que he conocido cuentan con sus propios medios para hacerlo.

—¿Y no busca usted lo mismo? —Ugarte se muestra desafiante porque no puede entender la actitud tan pasiva que tiene el padre ese día—. ¿Acaso no quiere encontrar al culpable?

—El culpable ya está condenado de antemano. En la eterna lucha del Bien contra el Mal, nuestro objetivo es erradicar cualquier atisbo de herejía o disidencia. Y en esa tarea, este humilde servidor solo se limita a arrancar las malas hierbas que crecen en los bordes del camino.

—Como en la parábola del trigo y la cizaña — el comentario del comisario sorprende al padre Luca, que no imaginaba que el ertzaina jefe pudiera conocer tan bien las Escrituras.

—Algo parecido — matiza el espía del Vaticano—. Al final lo que se plantea en esa lectura es el misterio de la permisión del mal. Que Dios permita la existencia del Mal no debe escandalizarnos a los creyentes, porque al final de los tiempos llegará la siega, que no es otra cosa que el Juicio Final.

—“Y los echarán en el horno de fuego y  allí será el lloro y el crujir de dientes”, ¿no es así? — el comisario se sabe de memoria el pasaje del Evangelio que habla del infierno y del suplicio de los pecadores.

Una gran risotada resuena en el despacho del superintendente. El padre Luca ya no sabe qué pensar.

—No se sorprenda padre, yo también estudié en un seminario —desvela el comisario—. A punto estuve de cantar misa, hasta que me di cuenta de que esa no era mi vocación. Y aquí me tiene. Hay cosas que no se olvidan. Agradezco a los curas haberme dado una educación, mis padres no tenían dinero para costearme los estudios.

Los dos hombres se despiden una vez ha quedado claro que poco pueden ayudarse el uno al otro en la resolución del caso que les ocupa. Los de homicidios criminales terminarán por desechar las desconcertantes grabaciones que tan poco pueden ayudar a sus averiguaciones, mientras que el padre Luca continuará investigando, con la certeza de que las sospechas iniciales no iban desencaminadas cuando le enviaron a Vitoria desde Roma. Pues Aquel a quien vienen persiguiendo desde hace siglos, es en efecto el autor de los crímenes ocurridos en las últimas dos semanas en la capital alavesa.

Una breve conversación con Aitor, para confirmar que durante la pasada noche tuvo un sueño perturbador, el cual coincide con el hecho luctuoso ocurrido casi al mismo tiempo en el centro geriátrico, así como la lectura del informe forense, que de nuevo constata la falta de algún órgano, sin que se sepa con qué fin, son suficientes para que el padre Luca dé por terminadas sus tareas de investigación en la comisaría. No así su jornada de trabajo, que se prolonga hasta después de la cena, en la intimidad de su habitación, cuando redacta el encuentro acaecido a primera hora de la tarde, a orillas del río y con la presencia de tres testigos más. El email lleva adjuntas las imágenes que grabó son su móvil y que registran los movimientos del extraño ser al que estuvieron a punto de capturar.

El cura tiene la confianza de que los modernos dispositivos con los que cuentan en el Vaticano sirvan para desenmascarar pixel a pixel y fotograma a fotograma, a la enigmática mancha borrosa que siempre consigue esquivarles y que no puede ser medida ni cuantificada con parámetros humanos, porque va más allá de lo normal. Su misiva va a acompañada de un pequeña oración y como no, de su apreciación personal como hombre de fe. “La maléfica presencia del ente del inframundo —escribe el padre Luca a modo de reflexión— infunde en las personas una extraña sensación de poder que se hace más evidente en el sexo femenino”.

Las manos del sacerdote van desgranando sobre el teclado la identidad de las personas implicadas en sus indagaciones, pues ningún dato puede sustraerse a sus informes, los cuales deben ser lo más completos posibles, sin obviar nombres, profesión o estado civil. Pero cuando deletrea el nombre de Oihana no puede evitarcierta inquietud. ¿Qué se esconde tras la mujer policía que tanto atrae su atención? ¿Qué poderoso influjo ejerce el diabolo asesino sobre la bella joven? ¿Y qué papel desempeña Aitor en el misterioso triángulo que conforman Txorimalo y Oihana en el caso del País vasco? El italiano se detiene unos minutos a pensar y finalmente envía su mensaje. Después se ducha.

Cuando ya ha terminado de secarse descubre, no sin cierta contrariedad, que han olvidado reponer su pijama. Llama a centralita pero nadie responde. Vuelve a vestirse para bajar a reclamarlo y le dicen que no tienen pijamas de sobra. Un cura mayor se ofrece a prestarle una ropa de cama que guarda para imprevistos, pero su talla es tan pequeña que la hace inviable para él. Las monjas que atienden la residencia se sienten desoladas por el error, que no tienen manera de explicar y Luca, para no causarles más disgusto, les convence de que esa noche no tendrá inconveniente en dormir en ropa interior.

En realidad, el sacerdote odia meterse en la cama con calzoncillos. Y aunque al principio lo hace, unos cuantos minutos después de apagar la luz, termina por tirarlos contra la pared con gran impaciencia. La goma de la cintura le aprieta, las costuras le agobian y tanta apretura en sus partes pudendas consigue sacarlo de sus casillas, como si le provocaran un irritante prurito. Desnudo bajo las sábanas, consigue sentirse más a gusto, aunque el contacto de su  piel con la amplia tela limpia y planchada, que además conserva del lavado un grato olor a suavizante, se convierta en un estímulo carnal que a punto está de perturbar su tranquilo reposo.

Al final, el sueño le vence y se duerme. Pero lejos de procurarle un descanso reparador, le reserva una serie de visiones, a medio camino entre la pesadilla y el absurdo, que acaban por hacerle despertar, preso de una gran agitación. Una vez cae profundamente dormido, el padre Luca se ve a sí mismo atravesando de noche un paraje desconocido para él. Un cartel le anuncia su llegada al pueblecito alavés de Narbaiza, donde cuenta la leyenda que por las noches,  las brujas se reunían alrededor de la fuente para después salir volando todas juntas hacia el pico del monte Amboto.

Suena una alboka[1] y su sonido ancestral le conduce hasta un claro del bosque, donde un grupo de hombres y mujeres bailan en torno a una hoguera. Los dantzaris son  los mismos del estampado de la caja de Vasquitos y Nesquitas que compró por la mañana. El conjunto de danzas vascas conforma una bella estampa costumbrista que pareciera sacada de una pintura de Jose Arrue, solo que más inquietante debido a su ambiente nocturnal.

El cura se complace en ver bailar a los jóvenes vascos al modo de las antiguas romerías tradicionales, donde el txistu y el tamboril marcan los pasos marciales de unos danzantes que hacen alarde de un gran decoro. Pero todo cambia cuando la música se detiene y entran en escena un par de txalapartas.El ritmo frenéticode la percusión provoca que los bailarines abandonen la rigidez de la coreografía tantas veces ensayada y se aventuren a improvisar una danza totalmente libre y desenfrenada.

Poseídos por la música, los del grupo de danzas comienzan a desprenderse de algunas prendas de ropa: ellos, de la camisa, ellas, del pañuelo que les cubre la cabeza, hasta terminar por soltarse el moño para bailar con el pelo suelto. El padre Luca presencia el radical cambio con estupor y empieza a sospechar si no será aquella reunión un akelarre[2]. en realidad Cuando ve a las mujeres desabrocharse la camisa y arremangarse las faldas con impúdico afán, no le queda ninguna duda al respecto.

Pero no queda ahí la cosa, al cabo de pocos minutos, el cura presencia horrorizado la entrada triunfal del demonio bajo la forma de un Akerbeltz[3]. El diabólico macho cabrío de pelaje negro, mitad hombre, mitad bestia llega precedido de antorchas, sentado sobre un trono de forja que varios hombres llevan a hombros. La llegada del señor del averno a la improvisada fiesta al aire libre, un encuentro abierto y sin normas en el que la música vertebra la atípica reunión, es celebrada entre vítores por la pequeña multitud enfervorecida.

Cuando Belcebú posa la pezuña sobre el suelo, todos callan en respetuoso silencio y se preparan para escuchar con atención las palabras que tiene preparadas para ellos el sabio de las tinieblas.

—¡Hijas de la noche! ¡Hijos de la diosa! —brama el ser infernal a modo de bienvenida—. Nos dicen que los buenos van al cielo —el gran cornudo acaricia con lascivia a una de sus entregadas seguidoras cuando pronuncia esta frase—. Y los malos, al inferno —una llamarada de fuego brota de su más que boca, hocico—. Más yo os pregunto: ¿quién decide lo que está bien o está mal? No seáis ingenuos. No esperéis a estar muertos para alcanzar el cielo. Ni confiéis en que los malvados paguen por sus pecados; pues cuando el dinero habla, la justicia calla —todos los presentes asienten— ¡Romped vuestras cadenas! —los asistentes alzan el puño en alto— —todos aplauden a rabiar—.Y recordad siempre —la plebe ya no se puede contener—.El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos.

Los gritos de los acólitos ponen fin al improvisado discurso y todos se entregan a una danza desenfrenada amenizada por la trikitrixa[4] y el pandero. El padre Luca está a punto de abandonar el lugar, cuando un par viejas brujas se acercan hasta el arbusto tras el que está escondido, buscando un lugar apartado donde poder orinar. Con gran desagrado, el sacerdote no puede evitar presenciar a las dos mujeres acuclilladas de piernas abiertas, mientras una sonora micción se estampa por partida doble sobre el suelo cubierto de hojas secas. La visión de la pareja de coños le resulta morbosa, por más que haya intentado apartar la vista de los mismos.

  —¿Qué le diremos a nuestro amo cuando nos pregunte por su pijama?— le pregunta una a la otra después de vaciar la puxica[5].

—Le diremos que se nos olvidó lavarlo —resuelve su compañera sin darle más importancia.

—¿Y si se enfada? —plantea la más preocupada

—¡Le diremos que su ropa sucia nos importa un cuerno! —responde con descaro la de más edad. Las dos sorgiñas[6]abandonan el lugar riendo a carcajadas y el soñador queda confuso después de haber oído su conversación.

El banquete en honor al Diablo da comienzo con un celebrado txotx[7], a pesar de que la temporada de sidrería no empieza hasta febrero, momento en que se abren los grifos de las kupelas[8]. Pero ese dato lo desconoce el italiano. A falta de vasos, los invitados beben a morro, sin importarles mancharse la ropa, dejando que el chorro les moje el kolko[9] y apurando hasta la última gota. El ansia por saciar la sed, los impacientes empujones y las bromas entre ellos, hace que las mujeres terminen con las camisas empapadas de alcohol, dando lugar a una provocadora fiesta de camisetas mojadas. El padre Luca se tapa los ojos para evitar caer en la tentación del profuso panorama  de senos femeninos de todas formas y tamaños, así como de pezones más que  insinuados bajo la tela, que se presentan ante su vista como prolegómeno de la gran bacanal que se avecina.

La enorme kupela que preside el improvisado comedor al aire libre —un bufé de mesa larga y bancos corridos con platos rebosantes de chorizo a la sidra y revuelto de bacalao—se asemeja a una descomunal teta de piel morena de la que se alimentan los acólitos del demonio como un niño se agarra al pecho materno. Beben y beben del sagrado fruto de la manzana, el sagardo[10],  que fuera el vino de los vascos en tiempos pasados, siempre presente a la hora de la comida e imprescindible en las celebraciones cotidianas.

También el Diablo de los vascos, el llamado Aker, disfruta de la degustación sagardo, que no ha de faltarle siempre que visita las tierras del interior, así como del txakoli[11], cuando recala por la Costa Vasca y de ese modo resarcirse del largo tiempo que lleva sin probar los excelentes caldos de La Rioja. Todavía no quiere ni acordarse de los Autos de Fe que tuvieron como escenario a la capital del vino, Logroño, y que condenaron a la hoguera a tantos de los suyos.

 Por añadidura, el continuo ir y venir hacia la generosa fuente de bebida fermentada se acompaña de la degustación de una cesta de mimbre repleta de setas alucinógenas, que provoca en el personal increíbles visiones. El particular delirium tremens colectivo al que da lugar la mezcla de sidra y hongos tiene como animal iniciático a un mamífero de grandes dimensiones, que no es el elefante, sino la reina de los mares, la ballena.

Pues no en vano, los antiguos balleneros vascos llevaban sus bodegas bien pertrechadas de kupelas de sidra, que servían para quitar la sed a los marineros durante la larga travesía hacia las costas de Terranova. Y no era por capricho ni por vicio que fuera así, pues el mucho tiempo en alta mar terminaba por corromper hasta el agua, que dejaba de ser potable. Y es así como las mil y una manzanas prensadas para la fabricación de la sidra, eran además un buen aliado contra el escorbuto, que acechaba como un pirata tras una dieta carente de frutas y verduras frescas.

Los beodos participantes en el pimple masivo, convertidos en aguerridos arrantzales[12], por obra y gracias de la sidra, se imaginan cruzando las rudas aguas del Atlántico para dar caza al pez gigante. En su particular viaje fantasean con que arponean al cetáceo y  esquivan como dementes el ataque de su aleta caudal, hasta que al final se figuran que consiguen darle captura.

La destilación de la manzana, sagarra en euskera, se convierte así en vehículo de liberación o de libertinaje, según cómo se mire, de los reunidos con motivo del pequeño sabat. El padre Luca se santigua cuando cae en la cuenta de que el fruto prohibido del Jardín del Edén, aquel que Dios ordenó no comer, es el mismo que procura tanto regocijo a los adoradores del diablo euskaldún. Y es por eso que llega a la conclusión de que el sagardo de los vascos tiene un marcado carácter pagano por ser esta bebida típica el elixir resultantante de la destilación del fruto que representa el pecado original,

Acabado el efecto de la borrachera, aumentada por la intoxicación de hongos, el desmadre se precipita cuando algunas mujeres empiezan a bailar con los pechos al aire y los hombres, ebrios de lujuria, las atraen hacia sí de la cintura para arrimarlas a su entrepierna. Unos y otros se besan sin importar su clase o condición, en una algarabía sexual que es observada por el padre Luca con gran escándalo.

.—¿Me buscabas? —una voz grave suena a sus espaldas. El sacerdote, que está agachado detrás de unos matorrales, se incorpora y  queda sin habla cuando al girarse descubre al impresionante macho cabrío erguido frente a él.

El terrible fauno, de casi dos metros de altura, se inclina sobre el atemorizado mortal para olisquearle y un denso silencio, solo roto por la sudorosa respiración del carnero, se hace entre ambos. Los ojos de Lucifer brillan en la oscuridad como dos ascuas encendidas y su voz, lejos de sonar amenazadora, resulta seductora en las distancias cortas. Pese a lo que cuentan las malas lenguas, el señor de los infiernos no huele a azufre ni a huevo podrido, sino que todo su cuerpo desprende un penetrante aroma fresco a bosque, musgo y helecho. Estar cerca del diablo es como perderse entre la espesura de los frondosos pinares que pueblan como jentilak[13] los montes de Euskal Herria, pues el Aker oscuro huele en realidad a humo, madera y tierra húmeda.

—¿Te gusta lo que ves, Luca? —le pregunta retador, sin que el sacerdote sepa qué responderle.

Como si fuera un chiquillo que ha sido sorprendido espiando tras la puerta del aseo para chicas, el detective del Vaticano se siente acobardado y nota como un intenso rubor le enciende las mejillas. Omitir el cargo eclesiástico de su nombre, con el que está acostumbrado a que todo el mundo se dirija a él, consigue desconcertarle.

El demonio señala entonces al cura hacia el lugar donde todos participan de una formidable orgia, en la que no faltan parejas del mismo sexo y hasta tríos. El padre Luca se limita a observar con atención mientras contiene la respiración y siente cómo una calentura febril le abrasa cuerpo, como si estuviera a las puertas del mismísimo infierno. El señor del Mal se gira hacia el hombre que mira y llama su atención con estas palabras para que vuelva los ojos hacia su persona.

—¿Y esto, Luca? ¿Esto te gusta? —le pregunta señalándole con la mirada el enorme pene en erección que ostenta entre sus salvajes muslos peludos.

Ante la exhibicionista demostración de poder, el padre Luca, preso de una gran conmoción, cae de rodillas y junta las manos en señal de súplica, mientras comienza a encomendarse a la Virgen y a todos los santos. Sus labios tiemblan al entonar unas letanías en latín y persiste en mantener los ojos cerrados para sustraerse de tanta barbarie como hay a su alrededor. El pecado se encuentra en su salsa en aquel descampado lleno de impíos y ruega por su alma antes de que el sueño vaya a más.

Pero el Rey del Hades no está dispuesto a darse por vencido. Corromper la estricta moral del enviado del Papa, aunque solo sea en el plano onírico, es la maliciosa diversión que ha elegido para esa noche. Sonríe, porque conoce los más íntimos pensamientos del religioso y le da pena que se resista a aceptar el placentero ofrecimiento que en el fondo tanto desea. Más seductor que nunca, Luzbel le acaricia el pelo, hundiendo sus dedos con garras entre la ensortijada cabellera masculina. Después, le retira las gafas del rostro para que pueda ver mejor, “pues no hay peor ciego que el que no quiere ver”, sentencia. Su voz suena melosa, con un tono tan seductor, que ni el más asceta de los humanos podría resistirse a sus encantos. Hasta que al final le susurra un imperativo que es en realidad una incitante invitación: “Cómeme”.

El rabo del diablo alcanza como una caricia pornográfica los fervientes labios del sacerdote quien, como si recibiera la sagrada forma de manos de su confesor, abre la boca para entregarse al acto obsceno. La atrevida punta que asoma en el extremo es tan suave como el capullo de una flor y por eso no le cuesta franquear las primeras reticencias del tímido cura. Al principio no lo hace con gusto, sino con abnegado sacrificio,  como si se tratase de un mártir cristiano que va ser lanzado a los leones. La verga de Satanás no difiere en mucho de la de cualquier otrohombre, pues se comporta del mismo modo y busca el mismo fin, que no es otro que alcanzar la satisfacción plena de sus apetitos.

 Cuando el demonio ya está dentro del padre Luca, invadiendo su cavidad bucal con gran concupiscencia, este cae en la cuenta de que la carne del Maligno no le sabe tan mal, pues le recuerda mucho al sabor de…¡el praliné de los Vasquitos!

Despierta sobresaltado el pobre mortal por el vívido sueño y comprueba que la diabólica empalmada del Ángel Caído es la misma que está experimentando en ese preciso momento en su propio cuerpo,. Elevándose casi un palmo por debajo de la sábana, su miembro amanece enhiesto como un mástil, con una potente erección matutina que no consigue aplacar hasta después de darse una ducha fría. No cabe duda de que el Mal está cerca y de que la existencia de Txorimalo es su mejor demostración.

Pero no solo al padre Luca le están pasado cosas asombrosas en ese domingo tan especial, otros personajes tienen su protagonismo y no hace falta más que echar un vistazo a la calle para descubrirlo. Como Endika, que escucha el Salve Regina de La Polla Records mientras pedalea de camino hacia casa de su novia en el barrio de Adurtza. Los alquileres son más baratos en este viejo barrio obrero y aunque la mayoría de los pisos carecen de los estándares de calidad actuales —ascensor, garaje, eficiencia energética— mantiene la autenticidad  de aquellas colonias urbanas que florecieron al amparo de la industrialización.

El joven periodista acaba de entregar su trabajo en la redacción y tiene ganas de ver a su novia, y es que el dulce regusto de las torrijas que ha saboreado por la mañana no ha hecho más que recordarle a ella durante toda la tarde. Cuando entra en la casa y ve a Oihana en ropa de casa y zapatillas, la reconoce enseguida como la joven acompañada con la que cruzó unas palabras en la residencia de ancianos esa misma mañana.

—¿Tú no eres agente de seguros, verdad? —le pregunta a la ertzaina guiñándole un ojo. Su pareja les mira con cierta desconfianza porque es algo celosa.

—¡Ni tu enfermero! —le responde ella divertida.

La mujer ertzaina mantiene con el reportero una interesante conversación sobre los últimos crímenes ocurridos en Vitoria, sobre sus víctimas, el único testigo y todas las averiguaciones en torno al caso. Sin llegar a descubrir todas sus cartas, cada uno va desvelando detalles que el otro desconoce, en un intercambio de información que promete ser enriquecedor para ambos.

Endika intuye que la chica tiene una implicación muy personal en las averiguaciones, pues coindice en algunos aspectos con Aitor, su valiosa fuente. Y Oihana por su parte encuentra en el redactor de noticias, el camino más corto para contactar con aquel, que como ella forma parte del reducido grupo de personas que han tenido contacto con el asesino.

Maitane, la novia del chico, escucha atónita el relato de ambos mientras se come una bolsa de patatas fritas. La historia le resulta apabullante y como es de natural bastante cobarde, no tarda en disuadir a los narradores de olvidarse del asunto y dejar de involucrarse. “Harías bien en sacarte unas oposiciones”, le recrimina a su novio, que en su opinión es demasiado idealista. “Deberías pedir traslado a otra comisaria”, le aconseja a su compañera de piso, de quien sospecha que pasó la noche del sábado con el hombre casado con el que trabaja.

Lo que Maitane no puede entender, ya que se pasa el día metida en la facultad, absorta en una tesis interminable que la ha convertido en un ratón de biblioteca, es que más allá del campus, de su departamento y del apoyo económico de una familia ausente, hay todo un mundo que ella desconoce y evita. A la joven universitaria le aterra llegar a los treinta y no haberse casado, no tener casa propia y carecer de empleo fijo. Sueña con tener hijos y una segunda vivienda, veranear en la playa y celebrar la Navidad rodeada de confort. Por eso no quiere que su novio malgaste su talento en ese periódico de pacotilla que le paga mal y tarde. Ni que su compañera de piso muera en acto de servicio persiguiendo a un asesino que ni siquiera es humano.

A Maitane le gustaría tener una conversación en serio con Oihana para preguntarle porqué no tiene novio formal, si algún día piensa ser madre y si de verdad piensa dedicarse a trabajar toda la vida en un entorno tan masculino, donde cada día tiene que demostrar lo que vale solo por ser mujer. También le pediría que, por favor dejase de verse con su compañero de trabajo, porque ella tampoco quisiera que su marido le engañase con otra.

Oihana y Maitane son tan distintas como la noche y el día, y quizá por eso se llevan tan bien y no tienen problemas a la hora de compartir el retrete, los electrodomésticos o el wifi. Ambas son dos mujeres jóvenes que viven bajo el mismo techo, sin haberse conocido antes y que quizá algún día recuerden estos años de precariedad y dificultades como los mejores de su vida. O no.

—Adivina quién ha venido esta noche a mi casa —escribe Oihana a Javier en un escueto mensaje de móvil que el hombre lee mientras su mujer duerme.

Una breve conversación telefónica le sirve para contarle que el novio periodista de su compañera de piso es precisamente quien firma las entrevistas con el principal testigo del caso. Una coincidencia que les va a evitar el trabajo de tener que localizarle y sobre todo, convencerle para que hable con ellos. Los dos jóvenes no habían coincidido más que en contadas ocasiones, así que al verse por la mañana en la residencia no habían sido capaces de reconocerse.

—No suele subir a casa, supongo que lo hará cuando no estoy. Pero hoy he tenido la oportunidad de hablar con él y me ha causado buena impresión. Creo que podemos confiar en Endika —le cuenta Oihana. Se nota por su tono de voz que está contenta.

—¿Le has contado que encontramos a esa cosa en el río y que no la atrapamos por poco? —le pregunta Javier.

—No, todavía no. Además, antes tenemos que hablar de ello con el padre Luca. Recuerda que mañana estamos citados con él. Uf!, todavía me parece estar sintiendo el tacto viscoso de su piel bajo el agua entre mis brazos. ¿Te fijaste en sus ojos de color verde esmeralda? ¿Y en esas garras como de reptil? Menos mal que estamos vacunados del tétanos —la joven todavía está impactada por la lucha cuerpo a cuerpo con el extraño ser como de otro planeta.

—¿Seguro que estás bien? —Javier está preocupado por Oihana — Yo tampoco consigo olvidarlo. Es todo tan raro. Por cierto, me hubiera gustado despedirme hoy de ti de otra manera —se excusa.

—¿Despedirte cómo?

—Pues no sé. Con más tranquilidad —cree que si no hubieran tenido que salir de forma precipitada del hotel, quizá hubieran pasado el resto del día  juntos —. Oihana, con respecto a lo de anoche, quisiera decirte que…—el hombre no encuentra palabras para expresar lo que quiere decir.

—No hace falta que digas nada, Javier.

—Quiero que sepas que es la primera vez que me acuesto con una compañera del curro —con la excusa de bajar la basura, Javier le habla sin que su mujer pueda oírle —.No soy de esos que se vanaglorian de sus conquistas amorosas dentro del trabajo. En realidad son hombres que abusan de su poder. Sin embargo contigo es diferente y no sabría decirte porqué.

—Por favor, no es necesario que sigas —Oihana quiere evitarle a Javier una situación incómoda porque  sabe lo que le cuesta hablar de sus propios sentimientos—. Somos adultos. Lo de anoche estuvo muy bien. Me gustó. Y mentiría si  te dijera que no quiero repetirlo. Me gusta el sexo contigo, porque a diferencia de la mayoría de los tíos que he conocido, tú no te pasas el día mirándote la polla.

—Un día me contaste que tienes pareja en Ondarroa —indaga Javier, que en realidad conoce pocos detalles de la vida de Oihana. Con saber de ella lo fundamental, le basta.

—Se trata de una persona muy especial para mí. Empezamos a salir poco antes de que yo ingresara en la academia —se sincera ella, que siempre se ha mostrado reservada con respecto a su intimidad—, así que decidimos hacer un paréntesis en la relación. Le dije que mientras estuviera en Arkaute no quería ataduras, puesmi prioridad era superar todas las pruebas hasta licenciarme. Mi primer destino fue Gasteiz y aquí llevo desde hace algo más de un año.

—¿Y qué tal lleváis la relación a distancia?

—En realidad la nuestra es una relación abierta —Javier se sorprende al oírla—. Nos hemos dado libertad para poder estar con otras personas y tener otras experiencias.

—¿Cómo le llaman a eso ahora? ¿Poliamor? —el hombre quiere dárselas de moderno porque no quiere parecer un carroza.

—No sé si será con exactitud eso, pero nos va bien así —Oihana siempre ha huido de los encasillamientos.

—¿Has estado con muchos hombres?

Javier se arrepiente de hacer esta pregunta nada más plantearla. Es tan personal que entendería que ella no quisiera responderla. Lo último que quisiera es que se molestase. Si estuviesen hablando cara a cara no se hubiera atrevido. Pero está en calle, es de noche y camina por la acera desierta con el móvil pegado a la oreja. A esas horas solo se cruza con algún perro y su cuidador. Los bares ya han cerrado y apenas hay ruido. Solo una soñadora  luna en decreciente es testigo de sus confidencias. La luna y quién sabe si alguien más.

—Con  unos cuantos —responde la joven con naturalidad, pues sabe que con Javier puede sincerarse—. La mayoría han terminado por decepcionarme. Les cuesta entender que las mujeres hemos cambiado. Siguen creyendo que viven en el siglo XX.

—Espero no decepcionarte yo tampoco. Creo que eres una gran mujer —le confiesa Javier.

—Y yo opino lo mismo de tí—entre ellos sobran las lisonjas.

—Además formamos una excelente pareja de ertzainas —afirma él con orgullo—. Cada vez estamos más cerca de la pista del asesino.

—Lástima que no podamos contarlo. Nos tomarían por locos —se lamenta ella, que aspira a labrarse un futuro dentro del cuerpo.

—Hay cosas que es mejor no contar —para Javier actuar con discreción ha sido fundamental en su vida y lo sigue siendo.

—Como lo nuestro —afirma Ohiana refiriéndose a la noche que han pasado juntos— ¿Vas a contárselo a tu mujer?—le pregunta.

—No lo sé. Pero creo ella sospecha algo.

Y tras él persiste una estela de olores que recuerdan al cuero y la madera.

El diablo sonríe divertido mientras se chupa los dedos, porque los txuletones “están de puta madre”, según su opinión.

Pues a falta de vino de uva que pudiera salvar la accidentada orografía que separaba las llanadas viticultoras del sur de Álava y Navarra de las zonas montañosas de Bizkaia, Gipuzkoa y el País Vasco francés, el pueblo

. Me siento atraída por los dos sexos. Aunque prefiero a las mujeres.

Todos querían lo mismo. Ponerse encima, hacer lo suyo y ya está. Hasta que me cansé. Que no estamos en la edad media

ste es un pueblo de conciencia endurecida. Sus oídos no saben escuchar, sus ojos están cerrados. No quieren ver con sus ojos, ni oír con sus oídos y comprender con su corazón. Pero con eso habría conversión y yo los sanaría.

Pues no había antaño caserio que se preciase que no tuviera su buena barrica de sidra de elaboración propia con la que se agasajar a amigos y familiares.

El cetáceo se presenta ante sus ojos como lo que siempre ha sido, una codiciada fuente de recursos que no solo sirve para quitar el hambre durante largo tiempo sino que aparte de su carne, también provee de abundante aceite para usos industriales. Pues de la ballena se aprovecha todo, desde los huesos hasta las barbas, incluido el carísimo ámbar gris que excreta desde sus intestinos.

.


[1] Instrumento de viento hecho de cuerno

[2] Reunión de brujas

[3] Macho cabrío negro

[4] Pequeño acordeón de origen italiano habitual en las fiestas vascas desde el siglo XIX

[5] Vejiga

[6] Bruja

[7] Acción de abril el grifo de la kupela

[8] Barricas de sidra

[9] Seno, regazo, pecho

[10] Sidra

[11] Vino blanco típico del País Vasco

[12] Marineros

[13] Personajes de la mitología vasca dotados de fuerza sobrehumana

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