Estantes de papel

Blog de escritura creativa

CAPÍTULO 6- CIERRE POR LIQUIDACIÓN

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Bergara es un municipio concurrido. Quizá porque ostenta el título de Muy Noble y Leal Villa o debido a que se la considera la capital del Alto Deva. Por otro lado, con la madrugada se queda desierta, como un escenario abandonado donde los edificios son actores sin audiencia y las avenidas son páginas vacías de una historia olvidada.

Pero Bergara tiene historia. Mucha.

Y hay un hombre que no la olvida. Uno que a las tres y media de la madrugada conduce un coche eléctrico y estaciona al final de la calle donde se encuentra la tienda de antigüedades cuyo propietario es vikingo. El conductor tiene sesenta años, calvo, con anisocoria. Baja del coche, no mira en derredor. Viste camiseta blanca, pantalón negro de pinzas y zapatillas del mismo color. No necesita llevar ninguna prenda más, la alta temperatura de todo el día aún se nota a estas horas. Abre el maletero de un Lexus negro y extrae dos voluminosos bolsos. La edad no le impide trasportarlos a buen paso colgados de sus hombros hasta la entrada de un comercio donde cada artículo cuenta una historia del pasado.

Sigue estando ágil, por el entrenamiento.

El sujeto deposita los dos macutos en el suelo, saca una llave de su bolsillo, la introduce en la bocallave de la persiana metálica y la sube con suavidad. Poco le costó realizar una copia mediante la técnica de impresioning.

Es un experto, en muchas cosas.

Con otra llave, abre la tienda y mete lo que ha traído. Después baja la verja. En todo momento ha intentado hacer el menos ruido posible. Ayudado de una linterna que ha sacado de uno de los bolsos que trasporta, busca el paso a la trastienda, retira la alfombra que oculta la trampilla y la abre. Antes de bajar por la escalera que conduce al sótano, coge el teléfono y envía un mensaje. Mientras desciende, escucha el sonido crujiente de una cerradura, la silueta de una mujer asoma por la vieja puerta de madera.

—¿Has traído todo lo que te pedí?

—Todo —responde el hombre.

Jaione no ofrece ninguna muestra de cariño al sexagenario, agarra una de las bolsas y cruza de nuevo el portal hacia lo oscuro. Sin mirar hacia atrás, camina rauda. Juantxo la sigue. Espera unos minutos antes de formular la pregunta que tanto anhela hacer.

—¿Lo has encontrado?

Al no recibir el hombre contestación, palmea dos veces el hombro de la joven.

—Ya te he oído. Enseguida lo comprobarás.

Con el paso del tiempo, el lampiño es consciente de que tendría serios problemas para regresar solo al lugar de inicio. Han pasado por doce bifurcaciones con tres posibles sentidos.

Jaione se detiene en un punto para mostrar a su acompañante la inscripción que hay en la pared. El hombre la lee en alto, sabe debajo de qué edificio está.

—Desde este punto, las indicaciones del mapa nos indican lo que deberíamos de hacer para llegar al acceso que da al supuesto almacén.

La mujer enseña el mapa a Juantxo, este escucha sus indicaciones. Ninguna palabra, ningún gesto por su parte. Por lo que trasporta en uno de los bolsos sabe que lo ha encontrado.

—Por cierto… lo ocultaron muy bien. Continuemos.

En un nuevo ramal de tres caminos, toman el de la izquierda y comienzan a bajar unas escaleras muy pronunciadas con peldaños muy cortos. Cuando vuelven a girar, el sesentón tiene la sensación de que ahora los peldaños suben. Cuando llevan varios minutos recorriendo esa sección de túneles Jaione le mira de soslayo, un gesto en un rostro arrugado le indica que es la hora de darle una explicación. Ella se detiene y le muestra el mapa.

—Después del epigrama en la pared hemos descendido por este agujero —Jaione mira hacia arriba—. Hemos pasado ya cuatro veces por este punto. La perspectiva del suelo, el sube y baja de todo este entramado de cavidades nos impide verlo cuando pasamos. Al principio no lo entendí. Las sombras, el agobio por no encontrar lo que buscaba y el trazado mental que tenía del mapa, engañaron mi mente. El que esbozó el mapa fue muy astuto, dibujó la escalera de Penrose. Hemos estado caminando sin perder nivel por el perímetro de un cuadrado…

—De uno que da forma a las paredes de un almacén.

—En efecto —afirma la ingeniera—. Ahora, vamos a hacer un agujero en esta pared con el martillo perforador. Espero que tus técnicos le hayan acoplado una buena batería.

—No te preocupes, he añadido varias de repuesto —añade Juantxo.

Mientras él empuja el martillo con todas sus fuerzas para desgarrar de la pared la mayor cantidad de roca, Jaione retira con las manos los residuos desprendidos. El sudor cubre sus rostros, ambos se desprenden de él con manos polvorientas. Pasadas dos horas, la herramienta mecánica entra en un espacio sin resistencia. La mujer ve por primera vez sonreír al hombre, ella le imita. Continúan con más ímpetu hasta conseguir hacer un orifico que permita a sus cuerpos atravesar la pared de dos metros. La luz de las linternas no ha cruzado todavía ese espacio. Cruzan las miradas, sienten vértigo, no piensan en el fracaso.

Él toma la iniciática y se mete por el agujero. Las aristas cortantes de las rocas arrancan parte de su piel. Al otro lado, de pie y paralizado, no siente dolor, la adrenalina que ebulle dentro de su cuerpo lo neutraliza. Eso y el placer de conseguir el objetivo.

Jaione coloca una de las bolsas sobre la roca para no cortarse y pasa al otro lado. Junto a Juantxo, cautivada por los destellos de luz de sus linternas al incidir sobre el metal, guarda silencio. No comparten palabras, tampoco sentimientos, menos gestos de admiración el uno por el otro.

—¿Seremos capaces de sacar todo esto de aquí?

—No lo dudes —responde Jaione.

Almacenan en ese habitáculo todo el material que han acarreado y regresan al portón de madera. Barro y polvo cubren sus cuerpos fatigados por el esfuerzo. Antes de cruzar el umbral, sentados en el suelo con la espalda pegada contra la pared de madera, enzarzan sus manos. No tienen que decirse nada, el gesto lo expresa todo.

Juantxo mira el reloj, nueve y media, cierra los ojos conteniendo la blasfemia. Sabe que el propietario llega a esa hora. Jaione nota su malestar, sospecha el por qué. Sin pensarlo, abre la cerradura y atraviesa la puerta.

Al otro lado, se topa con él.

El vikingo se abalanza sobre ella. Nota el contacto de su cuerpo, no contra el de la mujer, sino contra el de Juantxo.

El debilitamiento se apodera del cuerpo del pelirrojo, y un finísimo hilillo purpura se abre paso por un cuello atravesado por un fino punzón de hierro escondido en el cinturón de un sexagenario lampiño anisocórico.

Juantxo soporta ese peso. Retira el arma que ha utilizado para darle muerte y con suavidad deposita en el suelo ese envoltorio vacío.

Jaione no articula palabra, le sobre puede los acontecimientos.

—Cógele de las piernas y metámoslo en la cueva. —Oye decir Jaione al asesino.

Un nuevo daño colateral. ¿Será el último?

La pregunta que se hace Jaione no tiene respuesta. Ni la puede dar ella, ni tampoco él. Cuando se embarcó en esta historia sabía que quizá en algún momento tendrían que utilizar la fuerza. Pero en ningún momento pensó que alguien podría morir. Y ya son dos.

Apretando los dientes, la joven ingeniera coge los pies del cadáver y sigue las instrucciones de su adlátere. Caminar de nuevo por los túneles hasta llegar al agujero y ahí se deshacen del cuerpo.

—Si no intervengo… habrías sido tú la víctima. ¿Lo hubieses preferido? —pronuncia Juantxo.

Ella niega con la cabeza, sabe que tiene razón. Sin embargo, no puede desprenderse de la carga emocional por la perdida de dos vidas.

Están en la tienda de antigüedades. Ella en el baño, desprendiéndose del polvo y el barro encarnado. Él preparando un cartel en el que se lee: cerrado por vacaciones. Ciñéndose la chaqueta de punto con capucha que caracterizaba al pelirrojo, sale al exterior y coloca el cartel en la verja.

Dos vecinas que pasean por la calle presencian la colocación del cartel. No dicen nada, saben quién es el propietario. A nadie le cae bien.

También lo sabe la persona que coloca el cartel.

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