Estantes de papel

Blog de escritura creativa

Capítulo XV. Patxaran. Zabalgana

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Oihana y Javier continúan recorriendo la residencia en busca de la habitación donde ha fallecido la nueva víctima de Txorimalo. No la encuentran y llegan a la conclusión de que el enfermero al que han preguntado —que en realidad era un periodista infiltrado, Endika—o se ha equivocado o no ha querido decirles la verdad. De regreso al hall de la clínica se dan de bruces con el padre Luca, quien no parece sorprenderse de encontrar allí a la pareja de agentes, ni de que estando fuera de servicio se hayan presentado los dos juntos en un nuevo escenario de crimen.

—¡Rápido, acompáñenme!

—¿A dónde?— le replica Javier, que no está dispuesto a que nadie que no sea su superior le dé órdenes.

—Al río que está aquí cerca. Es posible que todavía se encuentre por los alrededores —explica el sacerdote con gran apremio. Su última conversación con un empleado de mantenimiento del centro le ha puesto sobre la pista del escurridizo sospechoso a quien todos buscan.

—¿Se refiere a El Batán, el pequeño río que pasa a pocos metros de aquí? —el italiano asiente con la cabeza a las indicaciones del agente que, después de tantos años pateando las calles, se conoce al dedillo todos los rincones de la Green Capital.

—Exacto —responde el padre Luca, que tiene localizado el lugar en su Google Maps—. Es el nombre que se le da al río Abendaño a su paso por Mendizorrotza. A partir del Paseo de Fray Francisco —el cura señala en su móvil la calle donde está el Palacio Ajuria Enea—su cauce se oculta bajo el casco urbano y no vuelve a aparecer en superficie hasta la Avenida Gasteiz. Tenemos que llegar hasta sus orillas porque allí fue donde vieron desaparecer al intruso que anoche entró en la residencia.

—¿Cómo lo sabe? —el padre Luca no le ha caído bien a Javier desde el principio, por eso cuestiona sus hallazgos y sus prisas.

—Por favor, ahora no tenemos tiempo para más explicaciones —suplica el enviado del Papa juntando los dedos de las manos en un típico gesto italiano—. Iría yo solo si no fuera porque la donna puede ser de gran ayuda —dice dirigiéndose a Oihana.

—¿Se refiere a mí? ¿Por qué?

Signorina— el tiempo apremia y la presión hace que el padre Luca se sincere más de lo que debiera—, usted ha sido una de las pocas personas que ha visto a ese demonio. No son imaginaciones suyas. Por alguna razón la ha elegido. Con su ayuda puedo encontrarlo y poner fin a esta sanguinaria carrera de muertes.

—¿Y por qué habríamos de ayudarle? —Javier sabe que tanto él como su compañera están obligados a comunicar cualquier información referente a una investigación en curso a su inmediato superior y a nadie más.

—¿Y por qué no? —le contradice Oihana. Javier le pide al cura un minuto mientras se aparta para poder hablar con su compañera en petit comité.

—Oihana, no me fío de este individuo. Y nos la estamos jugando —le confiesa entre dientes.

—No tenemos nada que perder —le responde Oihana en voz baja—. Este también va de por libre. Y sabe más que nosotros. Mucho más.

—De acuerdo. Le ayudaremos. Pero con la condición de que nos cuente de qué va todo esto —cede Javier.

Cuando los dos agentes se giran y anuncian al padre que aceptan su petición, el hombre ya está de los nervios. Ni siquiera se detiene para oír la contraprestación que le pide la pareja de ertzainas a cambio de su colaboración. Empuja con decisión una puerta de emergencia y al grito de “¡andiamo!” cruza aprisa los jardines de la residencia en dirección a la salida. Oihana y Javier apenas pueden seguirle el paso, pues la mujer todavía lleva los zapatos de tacón con los que salió ayer sábado. Cuando el agente Txomin les ve, echa a correr tras ellos. Lleva toda la mañana intentando localizar al padre Luca sin lograrlo, jugando al gato y al ratón con un tipo más listo que él, que sabe escurrirse como una anguila cuando le interesa.

—Padre Luca, ¿dónde va? ¡Deténgase! ¡Stop! — le grita el agente ante las serias dificultades que tiene para conseguir que el religioso le haga caso y se pare. En la mano lleva una torrija cubierta de miel a medio comer que se le va escurriendo entre los dedos.

En pocos minutos, los cuatro llegan a las orillas del El Batán. Cerca pasa una carretera de doble sentido, pero el lugar es tranquilo. En un tramo a cielo abierto pueden verse unas cuantas truchas nadando. El cura señala unas huellas en el barro que se encaminan hacia unos matorrales. Hace un gesto para que todos callen y comienza a acercarse sin hacer ruido, paso a paso, con mucho cuidado, como si temiera espantar a lo que sea que está agitando la vegetación con sus torpes movimientos. De repente, una especie de chillido muy agudo les obliga a taparse los oídos y pueden ver cómo una criatura nunca vista se lanza al agua cristalina y desaparece ante sus ojos.

—¿Qué era eso? —pregunta Txomin sin poder dar crédito a lo que ha visto.

—Eso nos gustaría saber —responde Javier mirando al padre Luca.

Sin decir nada, Oihana se quita el calzado y subiéndose la falda hasta arriba, se mete dentro del río para poder ver mejor por dónde se ha escondido el extraño ser. Unas burbujas en la superficie delatan su presencia a solo un par de metros, como si estuviera buceando. De forma repentina, el lugar parece desierto. Las truchas han desaparecido. Los pájaros han detenido su canto. Ningún sonido. Ninguna presencia, más que la de los tres hombres expectantes y la valiente mujer.

El agente Txomin desenfunda su pistola de forma pausada y apunta hacia el bulto que respira debajo del agua. El padre Luca comienza a recitar en latín un salmo a modo de exorcismo y mientras con una mano sujeta fuerte su crucifijo, con la otra graba la escena con el móvil.  Javier, que no ha podido evitar que Oihana saltase al agua, bordea a zancadas la orilla con sigilo para rodear a la cosa. La pareja de patrulleros se miran durante unos segundos y se hacen señas sin decir una palabra. Javier se pone en posición de saltar al agua con los brazos abiertos. Oihana extiende los suyos del mismo modo y a una señal de su compañero, ambos se lanzan con ímpetu sobre la mancha oscura.

Una criatura resbaladiza se revuelve contra ellos, aletea, intenta morderles, les pincha con sus espinas, les araña con sus garras. La lucha dura poco tiempo, porque el extraño animal consigue zafarse de sus captores, reptando hacia una pequeña madriguera por la que consigue, contra toda lógica, escabullirse.

—¿Dónde ha ido?¿Cómo es posible que se haya colado por ese agujero tan pequeño? — se asombra Txomin mientras ayuda a sus compañeros a salir del agua.

El padre Luca se quita su chaqueta para cubrir los hombros de Oihana y Javier intenta salir como puede de la maraña de ramas y hojas secas que cubre los márgenes del afluente. Mojados de pies a cabeza, helados de frío y sobre todo impactados por la increíble lucha que han mantenido con el enfurecido diablo, la pareja de agentes se deja llevar a sus respectivas casas en un coche patrulla conducido por Txomin. Sentados en el asiento trasero, Oihana y Javier comparten la manta ignífuga de la que está dotado el vehículo policial. Antes han hecho uso del botiquín para curarse algunos rasguños y heridas que no revisten gravedad. La quemadura que Oihana sufrió la semana pasada en el brazo, por suerte no se ha visto afectada. Todavía no pueden creerse la experiencia que acaban de vivir.

—Me gustaría hablar con ustedes con más calma de lo que ha ocurrido —les solicita el padre Luca a los dos compañeros mientras van de camino—. No se preocupen. Mañana solicitaré permiso a sus superiores. Les agradecería que entre tanto no contasen nada a nadie.

—Usted sabe qué es lo que nos ha atacado, ¿verdad? —quiere saber Javier antes de marcharse.

—Ya se lo dije. Es un demonio. Mis hermanos y yo llevamos siguiéndole la pista desde hace mucho, mucho tiempo. Pero lo hacemos de una manera discretísima, bajo la estrecha tutela del Santo Padre, habida cuenta de que se trata de un asunto delicado. Pero no quisiera demorarle más con mi charla —el sacerdote desea dar por terminada la conversación sin parecer arisco—.  La señorita está tiritando. Los dos necesitan una ducha caliente y descansar. Mañana hablaremos con más detenimiento. Ciao.

Javier se despide de Oihana con un “cuídate” que le sabe a poco. Le hubiera gustado hablar con ella antes de dejarla en su casa, pero el fin de semana casi ha llegado a su fin del modo que menos hubiera deseado. El asunto de los crímenes cada vez se está embrollando más, hasta el extremo de tomar tintes no ya de novela policiaca, sino de auténtica película de terror al más puro estilo de El Exorcista. Y por si fuera poco, está la noche que ha pasado junto a Oihana.

“Demasiadas emociones para tan poco tiempo”, reflexiona mientras abre la puerta de su vivienda. Por fortuna, su mujer aún no regresado, así que no tendrá que darle explicaciones de por qué llega con la ropa mojada. De lo que sí que tendrá que rendir cuentas, más tarde o temprano, será de otros asuntos, pero por el momento prefiere no pensar en ello.

El padre Luca mientras tanto acompaña a Oihana hasta el portal de su casa para despedirse de ella con más detenimiento. Le da su número de teléfono personal y le pregunta con quién vive. Le aconseja cenar algo antes de acostarse y evitar más preocupaciones en lo que resta del día. “Vea alguna película divertida con su compañera de piso”, le sugiere. También le regala el rosario que siempre lleva en el bolsillo de su camisa, cerca del corazón. “Le dará fuerza”. Oihana lo coge entre sus manos y se lo pone al cuello como si fuera un collar. Ni siquiera hizo la comunión, así que no sabe para qué sirve.

—Sé que no es una persona religiosa, pero por algún motivo ese demonio se comunica con usted. Se nota que es sensitiva. Quizá algún antepasado suyo también lo fuera —mientras el padre Luca habla, Oihana le escucha pensativa—. Espero que después de lo ocurrido esta tarde, usted y su compañero se avengan a sincerarse conmigo. Necesito de su cooperación.

—Padre Luca, no entiendo de ángeles ni de demonios. Pero estoy bien segura de lo que veo y de lo que oigo. Hoy he tocado con mis propias manos a esa criatura. ¿Y sabe que le digo? Que no le tengo miedo. Trabajaremos en equipo y pronto le atraparemos.

—¡Bravo!—el italiano no puede ocultar su admiración— Me habían hablado de las mujeres vascas, de su arrojo, de su independencia. Y ahora veo que no había ni una pizca de exageración. Buona sera, signorina Oihana—.Y se va.

—¿Le dejo a usted también en casa? —pregunta Txomin cuando regresa al coche el padre Luca.

—No, déjeme en comisaría, por favor. Aún tengo que hablar con los de homicidios. Y tengo pendiente una llamada con el forense —sin darse cuenta el sacerdote comienza a pensar en voz alta—. Esta misma mañana coincidimos en unos oficios religiosos y el párroco nos presentó. Estudió en la Universidad de Navarra, donde también da clases. Es un especialista de mucho prestigio y se ha ofrecido a ayudarme en todo lo que le sea posible. Encontrarle ha sido una bendición.

—Si estudió en el Opus seguro que es bueno —comenta Txomin al hilo de la conversación.

—¿Cómo dice? —el padre Luca parece despistado.

—Todos los del Opus han estudiado una carrera, tienen muchos hijos y siempre van a misa —se aventura a contar Txomin, como si estuviera hablando a solas—. Nada, cosas mías.

Mientras los demás tienen la cabeza puesta en complicadas elucubraciones sobre entes demoniacos y hechos inexplicables, Txomin, más realista, regresa al aparcamiento de la residencia después de terminar su turno para recoger el coche de Javier. “Te debo una”, le dice cuando sube a su casa para devolverle las llaves. Y le invita a tomar una cerveza. “Pasa, estoy solo”. Después de charlar un rato sobre fútbol, Txomin toma aire, se pone serio y pregunta a su amigo con cierto reparo:

—¿Qué líos te traes con esa chavala, Javier? —el tono es más de preocupación que de reproche. La chica le parece muy joven para él.

—No te entiendo —el interrogado intenta zafarse de la incómoda pregunta.

—Hace unos días tu mujer llamó a la mía para preguntarle si este sábado teníamos una comida de antiguos compañeros. Tuve que decirle que sí — Javier desvía la mirada y evita responder. Silencio.

—Mira, ni tú ni yo somos unos santos y dios me libre, de meterme en tus asuntos. Pero acostarse con una compañera de trabajo es otra cosa —le advierte Txomin.

—¿Y quién dice que nos hayamos acostado juntos? —es la primera defensa del interpelado.

—Javier, que hasta el cura se ha dado cuenta, macho —Txomin extiende los brazos hacia delante mientras pone los ojos en blanco. Siempre ha sido muy expresivo—.Y esta misma mañana, delante de todos,  aparecéis los dos juntos, en tu coche y vestidos de domingo. Que se os nota mucho —hace el gesto de juntar los dos dedos índice—. Esas miraditas, esas sonrisitas, en fin.

—No es lo que tú piensas —Javier no sabe cómo explicarle a su amigo lo que está pasando entre él y Oihana.

—¡Yo no pienso nada, joder! —el cristal de la cerveza que sostiene resuena con fuerza al posarla sobre la encimera de mármol de la cocina—. Pero nos conocemos desde hace muchos años y te tengo aprecio. Y ya sabes lo que dice el refrán: donde tengas la olla, no metas la po…

—Vale, vale —Javier está cansado, necesita relajarse—. Y ahora en serio, gracias por cubrirme las espaldas con tu mujer.

—De nada. Por cierto —la habitual sonrisa burlona de Txomin regresa a su rostro—, ¿dónde ha sido la comida? Más que nada, te lo pregunto, por si Arantxa vuelve a llamar a mi casa— y guiña un ojo.

—En La Rioja —responde con parquedad Javier. El amigo del curro no aparta su vista de él en demanda de más detalles—. En un asador cerca de Castañares —el otro, inclinado sobre la mesa, le hace un gesto de avance con las manos para que siga desembuchando. Javier chasquea los labios con fastidio—. Nos fuimos a comer chuletillas —confiesa al final, dando por terminado el improvisado interrogatorio propio de un programa de Sálvame[1].

—¡Tú sí qué sabes! —exclama Txomin. Una sonora carcajada escapa de su enorme corpachón mientras balancea la cabeza de atrás hacia delante como un muñeco.

Justo en ese instante se oye abrir la cerradura de la puerta de entrada. Arantxa está girando su llave y en unos segundos está dentro. Las voces de los dos hombres le han alertado pero enseguida se da cuenta de quiénes son. Desde que los hijos viven fuera, la casa está más silenciosa. Txomin se levanta para saludarla con un par de besos y ambos se preguntan por sus respectivas familias. La mujer regresa a casa después de un relajante fin de semana lejos de la ciudad y aunque está cansada por el viaje, se nota que vuelve llena de energía.

—Precisamente ahora ya me iba —le anuncia Txomin poniéndose en pie —. Justo cuando llegabas, tu marido iba a sacarme una botella de ese patxaran casero tan rico que hace él, ¿verdad que sí?

Sin que su mujer le vea, Javier responde con un codazo en broma que el amigo consigue esquivar entre risitas ahogadas. En el armario del salón, tras una puerta de cristal ahumado reservada para los licores y la cristalería fina, Javier guarda con mimo un par de botellas del amable licor digestivo que él mismo elabora con endrinas recogidas en el monte. El intenso color rojo que han adquirido los dos envases de vidrio en su lenta maceración durante el último año, es el presagio de las felices sobremesas que reserva la cercana Navidad. El encuentro con familiares y amigos en esas fechas entrañables, así como la costumbre de obsequiarse con regalos, serán la excusa perfecta para terminar de consumir lo que queda del patxarán de la cosecha pasada. Los dos hombres lo saben. Por eso Txomin se toma la libertad de birlar a su compañero una de sus últimas botellas y Javier se la ofrece a regañadientes con un fingido enfado de opereta.

—A ver cuando me llevas contigo a recoger endrinas —le propone Txomin con sorna, a sabiendas de que el recolector de las codiciadas bayas de arañón guarda solo para sí la localización del arbusto en el que crecen las frutillos de color púrpura, con el mismo celo que los seteros nunca rebelan dónde encuentran el tesoro micológico que guardan las montañas.

Al igual que el buscador de setas, el de endrinas es un paciente observador de la naturaleza, que aprovecha sus largos paseos fuera de los caminos para tomar buena cuenta de las florecitas blancas que a principios de la primavera adornan al espinoso endrino. Después espera a que las bolitas del patxarán vayan madurando en la planta, hasta que alcancen su punto máximo de sabor afrutado, lo que suele ocurrir en las postrimerías del verano o a comienzos del otoño. Adelantarse para evitar que otros competidores lleguen antes y se las lleven, solo procurará endrinas todavía muy ácidas, mientras que si se ambicionan demasiado maduras, se arriesga uno a encontrarlas ya pochas o a que sencillamente se las hayan comido los pájaros.

—Esas ya las tengo a sol y serena —le contesta Javier, que con la primera helada del otoño, esa que cada año se retrasa más a causa del cambio climático y que a veces hay que esperar hasta casi el día de Todos los Santos, salió hace más de un mes a recoger sus endrinas. Y ahora las guarda dentro de una garrafa de vidrio, sumergidas en aguardiente anisado, en una proporción que nunca es la misma, pues depende de cada recolección.

Arantxa se quiere ir pronto a la cama porque sabe que al día siguiente le espera una jornada de mucho trabajo en el hospital. La proximidad de la luna llena, los partos programados y el buen número de embarazadas que salen de cuentas en los próximos días hacen prever otra semana agotadora, de turnos interminables y sobresfuerzos que pocas veces son recompensados. Menos mal que su fin de semana de desconexión le ha servido para soltar muchas tensiones, tanto físicas como mentales.

—¡Qué bien hueles! —le dice Javier cuando se acerca a ella para darle un beso una vez que se han despedido de Txomin. Una intensa fragancia de aceites esenciales combinados con pétalos de rosa envuelve todo su cuerpo de una manera muy sensual.

—Maritxu me ha dado un masaje ayurvédico que me ha dejado como nueva —le comenta con entusiasmo—. Tenía los chakras bastante bloqueados y ella me los ha alineado.

—No sé qué te ha hecho en los chakras, pero la piel te la ha dejado muy suave —le responde su marido mientras le acaricia los hombros.

De pie en mitad del salón, anochecido ya el día, Javier abraza a su mujer por la cintura y le habla con dulzura al oído. La chaqueta oversize de punto que ella lleva puesta junto a un top de satén se va resbalando entre las manos del hombre, que solo desea contemplar la bonita piel blanca que esconde la ropa. El cuerpo de su esposa ha adquirido con los años una hermosa redondez femenina que la hace muy deseable y la ha convertido en una mujer con curvas que no esconde sus encantos. Arantxa ya no sufre por no poder seguir los dictados de la moda —tan obsesionada con la juventud y la delgadez más extremas— y por eso se acepta a sí misma tal como es ahora,  con sus rollitos de carne, su celulitis y sus arrugas.

—Me ha abierto todos los chakras Hasta el del kundalini —Javier sonríe a su señora mientras le busca los labios para besarle porque siempre le ha hecho mucha gracia ese capricho de ella por todo lo oriental y lo esotérico.

—¿Ah, sí?¿Y dónde está eso?¿Por qué no vamos a la cama y me lo enseñas? —quiere saber Javier con gran curiosidad.

—Cuidado con el kundalini que cuesta mucho encontrarlo—Arantxa le sigue el juego porque también ella tiene ganas de divertirse esa noche—. Pero una vez lo liberas…

—¿Qué pasa si lo liberas? —Javier suelta con cuidado los corchetes del sostén negro de encaje de su mujer y musita la pregunta mientras le acaricia la espalda.

—Que es imposible pararlo —responde ella, que se gira para levantarle la camiseta y desatarle el nudo del pantalón.

Los dos se van quitando la ropa mutuamente mientras se besan y cuando Javier termina de quitarle las braguitas, descubre emocionado que el sexo de Arantxa está recién rasurado y es tan suave al tacto como el resto de su cuerpo. La vida marital de ambos se reaviva cada vez que la mujer visita a la amiga que vive a los pies del Amboto y por eso él aguarda siempre su regreso con expectación. No sabe si es el retiro, los masajes o las hierbas que esa curandera maneja en forma de infusiones, ungüentos o incensarios, pero el caso es que Arantxa siempre vuelve a casa renovada, con más vida y con más ganas de todo. También de tener relaciones. Y de probar cosas nuevas. Otras posturas. Otras caricias.

Una vez se tumban desnudos sobre la cama, él le ayuda a colocarse un almohadón bajo las caderas para de que ese modo eleve la pelvis y se coloca de rodillas frente a ella, también sobre el colchón. Los dos se ponen cómodos porque se preparan para un encuentro tranquilo y sin prisas, en el que disponen de todo el tiempo del mundo, sin presiones, sin metas. Pues los buenos amantes como los buenos cocineros saben que una receta precisa para triunfar, no solo de buenos ingredientes, sino también de mucho cariño. Y mucho amor

La luz amortiguada  de las lamparillas del dormitorio es suficiente para que Javier pueda recorrer un cuerpo que podría reconocer con los ojos cerrados, pero que sigue sorprendiéndole con nuevos rincones inexplorados. Como el de esa vulva entreabierta que se ofrece confiada al delicado tacto de sus manos y de sus dedos. Una gota de lubricante sobre el sensible botón  donde el monte de Venus se bifurca en dos tentadoras carnalidades es suficiente para que la yema de su índice comience a deslizarse y a explorar. El primer toque que marca el comienzo del íntimo contacto provoca en la mujer un emocionado temblor que se hace visible en esa carne  trémula que palpita y se sonroja. Como si el interruptor que enciende el placer femenino hubiera sido activado de la forma más casual.

A partir de ahí, la mano del amante va imprimiendo movimiento al amoroso dedo como si se tratase del pincel de un artista: de arriba a abajo, con pinceladas cortas o largas, girando la muñeca, deteniéndose o describiendo círculos. La danza de la mano siempre es distinta, única como una obra de arte, porque atiende tanto a los deseos de la amada como a los de su afectuoso amante. Por eso ninguno sabe cuánto va a durar, ni cuál va a ser su final. La improvisación va de principio a fin y el resultado es siempre satisfactorio.

Esa tarde-noche de domingo, el encuentro amoroso entre Arantxa y Javier se dilata en un tiempo delicioso plagado de caricias profundas y posturas muy eróticas en el que ambos se estimulan con las manos y con la boca. Una preciosa sinfonía de besos, gemidos y lenguas de fuego que se dejan llevar por la pasión sin complejos. Como si fueran los aplicados alumnos de una cartografía del placer en la que todos los rincones son explorados de las más diversas maneras, el matrimonio da rienda suelta a sus pequeñas fantasías, sin más objetivo que el de divertirse y complacer al otro. Que no es poco.

Javier no puede creer que en apenas veinticuatro horas haya podido dar y recibir tanto gozo de dos mujeres tan distintas como son Oihana y su esposa. Lejos de sentirse agotado, se encuentra pletórico, con más energía que nunca, como si tuviera treinta años menos, pero sabiendo más de la vida. La sombra de la culpa no ha caído sobre su conciencia pese a lo flagrante de su infidelidad y las relaciones sexuales se han sucedido felizmente con naturalidad. Y si en los últimos tiempos había atisbado algún aviso de que su climaterio estaba próximo a causa de la edad —insomnio, falta de libido—, ahora solo lo ve como una mancha en el horizonte, un simple recordatorio de que lo que haya de llegar, aún habrá de tardar. “Un abuelo mío tuvo un hijo pasados los cincuenta”, fantasea Javier, sin saber que a veces los deseos se hacen realidad.


[1] Programa de cotilleos de prensa del corazón famoso en T.V

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