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Capítulo XIV. Torrijas. Aranbizkarra

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Capítulo XIV. Torrijas. Aranbizkarra

Javier y Oihana llegan a Vitoria poco antes de la hora de la comida. Una breve parada a mitad de camino les ha permitido comer algo. Lo suficiente para no aparecer en el lugar de los hechos desfallecidos de hambre; lo justo para que la cruenta escena de muerte que les espera, no les revuelva el estómago. Poco antes del mediodía, el agente ha recibido un mensaje de su compañero Txomin, quien le alerta de un nuevo crimen, otro más. Sabedor del enorme interés que la pareja que patrulla junta tiene por estos asesinatos, no ha dudado en avisar a Javier, tal como este le había pedido, a sabiendas de que dentro de la Ertzaintza no están permitidas este tipo de conversaciones entre sus miembros.

Sin embargo, Txomin lo hace, se arriesga. Y no sabe bien el motivo, porque siempre ha acatado las prohibiciones dentro de su trabajo sin cuestionarlas. Duda de si la nueva labor que le han encomendado para ser la sombra del emisario de Roma tiene algo que ver o si es solo porque los dos patrulleros le caen bien. En especial la chica, de la que opina que está “muy buena”. También sabe que el padre Luca tiene un hondo interés en Oihana, pues sospecha que ella sabe del asesino más de lo que parece, incluso más de lo que ella cree. Las declaraciones de Aitor le están siendo de gran ayuda y por eso el día anterior se ha entrevistado con el testigo de nuevo, para que le siga contando las visiones que ha tenido poco después  de cometerse cada uno de los asesinatos.

Tras cada homicidio inexplicable, el sacerdote descubre inquietantes significados que tienen que ver con la religión, el misterio y, por qué no decirlo, lo paranormal. Las bajas pasiones, la justicia poética son algunas de las claves que la policía vasca, como es lógico, ni busca ni toma en cuenta en sus indagaciones, pero que para el padre Luca constituyen la clave de los desconcertantes sucesos. Sus conclusiones son reportadas a diario a un departamento dependiente de los servicios secretos del Vaticano, uno cuyo nombre pocas personas conocen en el mundo y cuya existencia es puesta en duda cada dos por tres. Mejor así. Pues hay cuestiones que la humanidad todavía no está preparada para asumir; mucho menos los grandes  dignatarios, incapaces de ver más allá de sus luchas de poder y ambiciones personales.

El padre Luca llega a la clínica geriátrica poco después de ser avisado por Txomin, aunque accede a la misma sin ser visto por el agente, que le espera impaciente en la entrada, rodeado de un tumulto de efectivos policiales, sanitarios y judiciales, así como de familiares, periodistas y curiosos, entre los cuales apenas puede distinguirse. Guiado por su fino instinto, el cura rodea la residencia en busca de otro acceso y, como si una voz del más allá le estuviera llamando desde dentro, descubre la puerta entornada de la capilla. Allí encuentra a una anciana rezando el rosario, la cual nada más percatarse de su presencia, interrumpe sus plegarias y le besa la mano.

—No le conozco, padre. Usted no ha estado aquí antes —le dice la mujer menuda, que viste de alivio y peina su cabello canoso al estilo antiguo, con ondas al agua—. Me he refugiado aquí para huir del alboroto —le confiesa. Su inquieta mirada denota su viva inteligencia.

—¿Qué ha pasado? Explíqueme, por favor —interroga el sacerdote. Su atuendo clerical y sus ademanes, no precisan de más presentaciones y por eso la mujer mayor se sincera con él sin reservas.

—Anoche ocurrió algo muy raro, padre —comienza a relatar la residente —. Serían las tres de la madrugada, cuando me desperté para ir al baño. No había vuelto a la cama y me pareció ver a través de la puerta entreabierta, pasar a alguien. Al asomarme, solo pude ver una sombra que entraba en la habitación de Eusebio. Supuse que sería la enfermera, porque el señor estaba muy malito. Quise avisar a mi compañera de habitación, pero roncaba como un tronco, así que desistí de despertarla.

—Perdone que la interrumpa, señora. ¿Apreció algún olor, algún sonido inusual? ¿Algo que llamase su atención, como una mancha en la pared o acaso una luz deslumbradora? —pregunta el prelado.

—Ahora que lo menciona, me sorprendió el completo silencio que se hizo en esos momentos, algo inusual por aquí, ya me entiende. Porque cuando no suena una cisterna de retrete, se oye el run-run de un respirador. Y si uno tose, el otro suspira. Porque como en casa de una, en ningún sitio. Y no es que yo aquí esté  mal. Lo que sí le voy a decir, es que noté un olor raro, un tufillo como de alcantarilla, a charca de agua estancada. ¡Como llevamos un otoño de tanta seca!, pensé.

—Señora, le agradezco que haya sido tan amable de responder a mis preguntas y ahora si me disculpa, voy a volver dentro — el padre Luca dibuja con parsimonia la señal de la cruz frente a la mujer a modo de despedida y da media vuelta.

—¿Se quedará a comer con nosotros, padre Luca? —la inocente invitación hace que el sacerdote sienta al instante un escalofrío. No recuerda haber dicho su nombre a la simpática ancianita. Cuando se gira, se da cuenta de que el semblante de la mujer mayor ha mudado de repente. Ya no sonríe, está muy seria y sus mirada ha perdido la candidez de hace unos pocos minutos.

—No me ha respondido, padre Luca —le dice mientras se acerca a él con paso decidido—. Le pregunto si se va a quedar a comer hoy. Tenemos menú especial: alubias. Fagioli se dice en su idioma —su voz se ha ido haciendo cada vez más grave, hasta el punto de lograr intimidar al hombre.

De repente, la mujer comienza a hablar en latín, en griego antiguo, en arameo. Su discurso es inconexo y está plagado de exabruptos. El padre Luca apenas alcanza a comprender algunas de las palabras que pronuncia en esas lenguas muertas, las cuales a día de hoy solo entienden unos pocos expertos en filología y estudios bíblicos.

—Consuelo, ¿qué hace usted aquí? Llevamos toda la mañana buscándola —una auxiliar aparece en el preciso momento en que la anciana está a punto de abalanzarse sobre el de la sotana —. Discúlpela, caballero, sufre de Alzheimer y con lo que ha pasado esta noche, está un poco alterada. Bueno, todos nos hemos levantado hoy bastante alterados.

—¿Qué ha ocurrido? —el padre Luca se hace de nuevas porque quiere conocer todas las versiones, los detalles más insignificantes, las voces en apariencia más secundarias.

—Está mañana ha aparecido muerto un paciente en la cama —empieza a soltar la chica, que se pone a largar como si conociera al hombre de toda la vida—. No ha sido muerte natural, eso seguro. Alguien rompió el gotero y le chupó la sangre. Como lo oye. Le dejó secó. Y sin que nadie viese, ni oyese nada. Rarísimo. Los ertzainas ya se han llevado las copias de las cámaras de seguridad. Porque lo extraño  es que no saltaran las alarmas.

La chica no se corta un pelo y como si estuviera hablando con una compañera mientras se fuma un pitillo durante un descanso, sigue contando lo que ha pasado ante la mirada asombrada del cura, que no pierde detalle. Mientras, la señora mayor se deja llevar del brazo sin decir ni pío, como si se hubiera convertido de repente en otra persona.

—No quieren que toquemos el nada. Ni siquiera que limpiemos la sangre del pasillo. Y lo más alucinante es que nos han prohibido entrar en la cocina. Pero no queda ahí la cosa. Porque la cocinera ha flipado en colores cuando se ha encontrado la comida ya preparada. ¿Adivina qué? Una alubiada del copón de la baraja. Si se la servimos a los enfermos tal cual, sin triturar, con toda esa grasa y a tope de sal, alguno se nos muere, seguro.

—¿Y sabe lo mejor de todo? —el padre Luca se limita a asentir con la cabeza mientras graba con disimulo toda la conversación — Que los abuelos están contentos. No les importa que esto se haya llenado de gente, al contrario, les divierte el ir y venir del personal. Algunos han rechazado las visitas de domingo de sus familiares para poder hablar con los periodistas. ¡Qué locura! Pero lo que más me llama la atención es que esta noche todos han tenido el mismo sueño.

—¿Qué sueño? — el padre Luca no desdeña la interpretación de los sueños para su investigación. Cómo despreciar uno de los temas preferidos de estudio del creador del sicoanálisis.

—Han soñado que ascendían hasta cielo trepando por una planta de alubias gigante. Arriba les esperaba un ogro al que conseguían engañar para robarle una gallina que ponían huevos de oro. Al ser descubiertos, tenían que bajar a toda prisa y coger un hacha para talar la enorme planta. Así evitaban que los atrapase. ¿No le parece raro?

—No —le responde el estudioso—. En realidad es un cuento inglés muy antiguo: Jack y las habichuelas mágicas.

Mientras el padre Luca se pierde por los pasillos de la residencia en busca de nuevos y asombros testimonios, otro investigador, está vez del periodismo, se adentra de incógnito en la residencia para poder documentarse de primera mano. Vestido de blanco, a modo de un sanitario, Endika conduce una silla ruedas que siempre va vacía, sin levantar sospechas y haciéndose a veces el despistado. Su objetivo es entrar en la habitación del muerto antes de que lleguen los de la morgue, si es que ya no se han llevado el cadáver.

Cuando pasa por delante de la cocina, oye a los de homicidios decir que aquello está plagado de huellas, así que se las ingenia para meterse dentro de un enorme cubo de la basura vacío para poder escuchar sin ser visto. El joven permanece muy quieto para no ser descubierto. El latido acelerado de su corazón resuena amplificado dentro del contenedor. Su constitución es delgada pero no sabe cuánto tiempo podrá estar acuclillado y con la cabeza gacha sin que le estallen las articulaciones. El aire es escaso allí dentro y está enrarecido por el olor de los desperdicios.

Los agentes que toman muestras de los peroles, sacan fotos, toman huellas. Hacen comentarios en voz baja. Utilizan expresiones que solo ellos entienden. Su semblante es serio. El de más rango, no para de pasarse la mano por la calva, como si todo lo que tiene ante sus ojos escapase a su compresión.  “No entiendo nada”, repite de vez en cuando. Y alza la vista en todas direcciones como si intentase encontrar ese pequeño detalle que le dé la clave.

—Si no son humanas, que llamen a un veterinario — ordena a uno de sus subordinados—. O a un guarda forestal o como se llame al que estudia las huellas de los animales —replica malhumorado. Cuando uno de sus ayudantes  propone llamar a su cuñado que es cazador y sabe rastrear como nadie en el monte, le manda salir con cajas destempladas.

—Vamos a centrarnos, señores. El ADN nos va a dar la clave, pero para eso necesitamos pruebas válidas. No quiero más fallos. Las pruebas no pueden ni perderse, ni contaminarse, ni volatilizarse. Buscamos pelos, fluidos, restos de piel, escamas, lo que sea. Si hace falta vaciar un armario, se saca todo. Miren por todas partes, no dejen de rastrear un solo rincón. Les quiero ver mirar, oler, olfatear, tocar. ¿Me entienden?

Endika sabe lo que están buscando de forma desesperada los agentes. Pruebas de la presencia de ese ser, mitad hombre, mitad bestia de la que tanto le ha hablado Aitor, su principal fuente de información. Cuando lo encuentren, el caso estará resuelto. Puede ser un perro rabioso, una fiera huida, una alimaña desconocida. Quizá un engendro fruto de la contaminación o de la experimentación con animales. “Quién sabe —piensa el periodista—.  La central nuclear de Garoña está a menos de cincuenta kilómetros de aquí en línea recta”.

Un uniformado irrumpe en la cocina con novedades. Habla con el responsable de homicidios apartado del resto. Le cuenta que nada más abrir la bolsa del cadáver, el forense se dado cuenta de una cosa: “Este hombre no tiene bazo”, han sido sus palabras textuales. La incisión de arriba a abajo que divide en dos el abdomen del finado, desde la altura del esternón hasta cuatro dedos por encima del ombligo, revela a las claras una esplenectomía abierta. La cirugía ha sido cauterizada mediante una técnica primitiva, como de hierro candente y no cabe duda de que se ha producido post mortem. Pero lo que más asombra al médico de los muertos es que la herida ha cicatrizado con tal celeridad que hace suponer que la extirpación del bazo ha sido anterior a por lo menos un par de meses.

—Acabo de consultar el informe médico de la víctima, tanto el de Osakidetza como el de la residencia en la que llevaba ingresado desde hacía varias semanas—le comunica el facultativo al jefe de homicidios a través de videoconferencia—. Y ese hombre nunca fue operado del bazo. La autopsia confirmará si carece o no de este órgano y desde cuándo.

—¿Y a ti qué te parece? —le pregunta el inspector responsable del caso.

—Apostaría a que le quitaron el bazo esta pasada noche.

—¿Qué quieres decir? —la mente del policía baraja un posible caso de tráfico de órganos.

—Que si el difunto hubiera tenido un bazo enfermo o dañado tendríamos constancia de ello. Más aún, si se le hubiera extirpado. Pero como no hay ningún informe médico que lo acredite, todo hace pensar que la falta de este órgano guarda estrecha relación con el ataque que le causó la muerte.

—¿Un ladrón de bazos? —propone el ertzaina.

—Es muy poco probable —descarta el facultativo—.El bazo apenas cotiza en el mercado del tráfico ilegal de órganos. Y esas cosas pasan en los países subdesarrollados, no aquí. Además, ¿quién querría tener como donante a un viejo enfermo? Ese hombre estaba desecho por dentro a causa del cáncer. Su estado de salud era muy precario en todos los aspectos.

—Entonces, ¿para qué le abrieron?

—Eso quisiera saber yo también.

—No hace falta que te diga que este caso se engloba en el expediente que tú ya sabes —le recalca el de Lakua, dando por hecho que el caso que les ocupa forma parte de la reciente cadena de crímenes.

—Por eso mi pregunta ahora es, si ya lo habéis encontrado, al bazo me refiero — le pregunta el forense, en clara alusión a los dedos que se hallaron flotando entre la porrusalda, la copa de sangre que se guardó junto a decenas de goxuas, los intestinos humanos reservados en un táper como para hacer tripotxa[1]y  la pierna que apareció tiesa dentro un congelador.

—Al obispo no le faltaba nada —objeta su interlocutor.

—Si no contamos con que el veneno le quemó la lengua, por así decirlo, podría considerarse que sí, que vino enterito —puntualiza el médico con cierto rentintín.

—Vale, si encuentro algo de lo digo. Tenme informado –concluye el oficial.

Desde su escondite, Endika ha escuchado la conversación sin perder una coma, por lo que da por finalizada su visita, puesto que el cadáver ya ha sido trasladado y  cuenta con las declaraciones de residentes y trabajadores de la residencia. Ahora solo le falta comprobar si Eusebio era socio de la sociedad Gure Ametsa y llamar a Aitor para saber si ha soñado con el suceso. Para el periódico, bastará con la rueda de prensa oficial y cuatro apuntes  más, puesto que el jefe de redacción persiste en mantener las investigaciones de Endika en punto muerto para así evitar más problemas con la justicia.

Cuando ve a un sacerdote italiano merodeando por los pasillo, toma buena nota y en seguida cae en la cuenta de que es el mismo cura del que le ha hablado Aitor. “Con la Iglesia hemos topado”, es lo primero que opina cuando su confidente le habla del interés que tiene la jerarquía católica en investigar el caso. El joven periodista desconfía de todo lo que tiene que ver con una institución que considera anticuada y corrupta, aunque entiende que Aitor se haya confiado a uno de sus miembros en cuanto le ha sabido ofrecer su comprensión y ayuda. “Pobre hombre —piensa Endika al acordarse de Aitor—. No debe ser fácil que nadie te crea”.

El hombre de Dios cruza su mirada con la del comunicador y los dos permanecen por unos instantes observándose mutuamente. El sagaz espía descubre al periodista bajo su burdo disfraz de enfermero y el plumilla, que no es tonto, ya se ha dado cuenta de que el cura no ha ido allí para dar misa.  Ambos se reconocen como competidores, pues mientras uno desea saber para dar a conocer a la opinión pública, el otro tiene como máxima la discreción y el secreto.

Pero no quedan ahí los encuentros casuales entre extraños relacionados con el caso. Endika se topa con la pareja formada por Oihana y Javier, que le preguntan por la habitación del fallecido haciéndose pasar por agentes de seguros. “Para el entierro y esos trámites, ya sabe”, le dice la mujer. Evidentemente, son otros que se han colado como él en el geriátrico, no sabe si periodistas o curiosos y por eso les señala en dirección opuesta, para alejarles del epicentro de sus averiguaciones. Endika se queda mirando a la joven mientras se aleja, porque su cara le resulta conocida, aunque no sabe de qué. 

—¿Quieres una torrija? —le ofrece una visitante. La mujer es una voluntaria que acude cada semana a la clínica porque hay personas que no tienen familia y sienten muy solas.

—Las hago yo. Prueba una. Están recién hechas. Todavía están calentitas porque vivo cerca de aquí, en Aranbizkarra —le cuenta la mujer, que lleva al cuello una medalla esmaltada de San Prudencio, el patrón de los alaveses.

Endika agradece la invitación porque ya han pasado más de tres horas desde que desayunó solo un café con leche. La torrija le sabe deliciosa y le recuerda a las que hace su madre. Aunque las de la residencia son más dulces. Van cubiertas de un almíbar hecho con miel que las convierte en un dulce bocado apto solo para los paladares más glotones.

—¿Ya puedes comer tú de esto, que eres diabético? —le pregunta un viejo a otro que se está poniendo las botas a torrijas.

—Lo mismo que tú, solo que yo no me pincho insulina—le responde entre bocado y bocado el otro anciano, sabedor de que su compañero, que tiene amputado un pie, ya ha dado buena cuenta de al menos dos o tres.

Las torrijas no se acaban nunca, como si salieran de la chistera de un mago y su despreocupada repostera se las ofrece a todo el mundo, en un día en que la clínica se ha convertido en un coladero de desconocidos. Los sanitarios hacen la vista gorda y también participan del goloso festín, al igual que las limpiadoras y los propios médicos, en un ejercicio inexplicable de negligencia del que solo tomarán conciencia al día siguiente, cuando sea lunes y se pregunten “¿cómo permitimos tamaño exceso a los internos?”.

—¿Pero las torrijas no se comen en Semana Santa? —comenta uno, porque siempre tiene que haber alguien para aguar la fiesta. En Euskadi se comen por Carnaval.

—¿Y por qué no comerlas ahora también? —responde la devota del santo patrón y artífice de la ingente cantidad de torrijas—. No siempre fueron un dulce reservado para el tiempo de Cuaresma. Mucho antes, las torrijas servían para obsequiar a convalecientes y recién paridas —el anónimo incrédulo se resiste a aceptar el argumento. En realidad no le gustan las torrijas.

—Diga usted que sí —un simpático abuelete llamado Basilio sale al ruedo de la polémica para echarle un capote a la señora—. En mi pueblo se llamaban torradas de parida. Y en otros sitios, sopas de partera —y sigue explicando—. Cuando una mujer tenía un hijo, las vecinas iban a su casa con leche, pan y huevos y preparaban unas torrijas para celebrar todas juntas el nacimiento. Con eso y un buen caldo de gallina, la recién parida se recuperaba enseguida del parto, porque tienen mucho alimento y siempre sientan bien— concluye el de Zaramaga, que pasaba por allí de casualidad y entró para visitar a un pariente lejano.

—Y se creía que eran buenas para amamantar porque se hacían con leche —recalca la visitadora de enfermos—, pues como dice el refrán: de lo que se come, se cría. Así que ya ve —el aguafiestas hace tiempo quedó fuera de juego—, las torrijas tienen más que ver con la lactancia que con la abstinencia, con el cuerpo que con la penitencia. Y si ha llegado a ser el postre de vigilia por excelencia es porque todos sus ingredientes coindicen con el precepto de no comer carne, no por otra cosa.

—¡Por eso están tan buenas!¡Porque eran convite de bautizo!—Basilio habla a voces y todos a su alrededor se contagian de su buen humor.

La bandeja de acero inoxidable que contiene la montaña de lúbricas torrijas amontonadas una sobre otra parece a punto de agotarse, cuando la cocinera vuelve a sacar otra, bien forrada de papel de aluminio, del carrito de la compra que le sirve para transportarlas.

El personal de la residencia no sabe si la cocina será desprecintada por la ertzaina a la hora de comer y por ello la dirección ya ha decidió ponerse en contacto con un servicio de catering, al que recurren en casos imprevistos como este. El rumor de que una gran alubiada aguarda en la cocina se ha extendido entre los internos, que no quieren ni oír hablar de purés de verdura ni de pechuga de pollo a la plancha. A todos se les ha metido entre ceja y ceja que quieren comer las alubias de Tolosa, con su chorizo y su tocino, y hay quien incluso fantasea con la posibilidad de que lleven de acompañamiento costilla.

“Alubias de Tolosa, no comeremos otra cosa” y”Alubiada, ni confiscada, ni tirada” son algunos de los lemas que resumen las firmes demandas de los internos que, ante la duda, siguen atiborrándose de torrijas para poder hacer frente con el estómago lleno a un plante de residentes sin precedente en la institución.


[1] Embutido similar a la morcilla de sangre

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