Estantes de papel

Blog de escritura creativa

CAPÍTULO 5- DESAFÍO EN LA PARED

3 0
Read Time:5 Minute, 6 Second

Cuando algo no encaja es difícil tener la mente tranquila. Goizalde Azpieta no la tiene desde esta mañana, desde que tomó declaración a la vecina. Por ese motivo no ha abandonado la comisaria en todo el día y solo se ha ausentado de su despacho para retirar un sándwich y una Coca-Cola de la máquina expendedora. Ahora, recostada en la incomoda silla de su oficina, recapacita. Mientras usa el dedo índice para hacerse rizos en melena morena, sigue dándole vueltas a las mismas preguntas: ¿Por qué no ha dicho la verdad? ¿Por qué una vecina respetable se arriesga a contar una mentira?

Todavía no tiene la respuesta.

Le llega un recuerdo de sus años de estudiante. Es de una de sus clases de Lógica, en el que uno de sus profesores, su favorito, le explica que para exponer una hipótesis es necesario replantear las veces que haga falta las preguntas buscando las formulas que desafíen las formas comunes del pensar. Cuando finalizó el interrogatorio, la morena inició ese proceso de formulación. Por eso sabe que de un momento a otro va a encontrar las respuestas.

Goizalde abandona la comisaría. Desde que tuvo un caso en el que alguien filtró información relevante a la prensa, ya no se fía de nadie y no le gusta anotar allí los datos que va recopilando.

Llega a su apartamento. Antes de introducir la llave mira el extremo inferior derecho de la puerta. Lo que dejó pegado con el marco sigue ahí. Abre la puerta, la entrada accede directamente al salón. Apoya sobre el paragüero el encerado magnético que ha subido del trastero y deposita su mochila en la mesa baja que hay junto al chaise longue. Mira el espacio donde en otras ocasiones ha colgado su utensilio de trabajo. Ahora lo ocupa un cuadro, La noche estrellada, de Van Gogh: un regaló que le hizo su madre cuando salió del hospital hace catorce meses con el mensaje de que después de la noche estrellada comienza un nuevo día con nuevas esperanzas. Descuelga el lienzo y lo esconde detrás del sofá, nunca le ha gustado. En su lugar cuelga el panel verde imantado, el color de la esperanza. Gira el sillón individual que hay junto al sofá para ver mejor el encerado.

Como el escritor que se enfrenta a las páginas en blanco de la que será su novela, Goizalde Azpieta tiene que desafiar a la blanca pared con el fin de resolver su caso. Para ello, al igual que el escritor, deberá desarrollar los distintos capítulos que componen la historia hasta descubrir al asesino. Tiene que meterse en la piel de los personajes, captar su esencia, adivinar qué sienten con la finalidad de anticiparse a sus movimientos.

Lleva tiempo sin crear una, lo sabe. Lo difícil es empezar, crear las líneas básicas del relato. Así que comienza sacando de la mochila las tres carpetas clasificadoras que guarda y las distribuye en la mesa. Lee los nombres que hay escritos en las etiquetas de las portadas: Garikoitz, Jaione, Saioa; hasta el momento los principales personajes de la novela. Goizalde elige primero el de la víctima. Lo que ve al abrir la carpeta es la foto que tomó la científica cuando le encontraron en la cama en posición supina. Ella cree que debido a que calificó desde el principio el caso como un crimen pasional, pudo obviar ciertos detalles relevantes cuando reconoció la escena del crimen. Por eso ha decidido volver al apartamento de la víctima y situarse en la escena del crimen desde otra perspectiva. Coge la foto y la coloca en el centro de la pizarra. Mientras camina rodeando despacio la mesa, revisa los folios que complementan el dosier. Está añadido el informe del análisis forense de Diego García. Hasta ahora no había tenido tiempo de examinarlo al completo. En él se indica que la verdadera causa de la muerte no fue por sobredosis de oxicodona, no había suficiente cantidad de opiáceo como para matarlo, sino por un paro cardiaco producido por una endocarditis causada por una infección de cándida.

Azpieta mira por la ventana, mordisquea la uña del pulgar izquierdo al tiempo que su cerebro viaja hasta meterse en la mente de la supuesta asesina. Unos momentos de reflexión. Cree que Jaione no quería matarlo, tan solo dejarlo inconsciente durante unas horas, las suficientes para desaparecer. ¿Pero a dónde?

Continua ojeando el portafolios, aparecen más fotos, las que el médico forense le hizo a los tatuajes. Las sitúa en el tablero junto a la imagen central. Retrocede, deposita ese informe y toma el correspondiente a Jaione. Es poca la información aportada sobre ella: datos personales, sin antecedentes; está limpia. Mira detenidamente su retrato, piensa que es una mujer muy atractiva. ¿Qué tendría ese hombre para captar su atención? ¿Dinero? ¿Poder? ¿Un buen miembro? Goizalde Azpieta cree que ninguna de las tres. La foto es la única que la policía ha podido sacar de su base de datos, la de su carnet de identidad. La sitúa en la parte izquierda, despega el rotulador negro de su soporte y escribe sobre ella, «Desaparecida: Principal sospechoso», y tres interrogaciones.

Regresa a la mesa, es el turno del tercer clasificador: el de Saioa. No necesita leer su informe, lleva dándole vueltas todo el día. La imagen que sus compañeros han obtenido de ella es una sacada de una de sus columnas de prensa. La pega a la derecha. Coge el rotulador rojo y escribe dos palabras encima, las rodea con un circulo, y sin levantar el marcador de la pizarra, dibuja una flecha incidiendo en el difunto. Ahora, en la parte superior central de la pizarra, añade en grande dos preguntas.

Se separa varios pasos hasta poder ver con claridad la pizarra y frunce el entrecejo. No es por enfado, sino porque le empieza a fallar la vista. Según van pasando los segundos su rostro muestra una nueva expresión. Esta vez de alegría. Con las manos apoyadas en su cadera sin soltar el legajo que sujeta en la mano, analiza la historia que ha ido creando. Son pocos datos. Pero es un gran comienzo.

Happy
Happy
0 %
Sad
Sad
0 %
Excited
Excited
0 %
Sleepy
Sleepy
0 %
Angry
Angry
0 %
Surprise
Surprise
0 %