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Capitulo XIII. Vasquitos y Nesquitas. Calle Dato.

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Capitulo XIII. Vasquitos y Nesquitas. Calle Dato.

El hallazgo de un saquito de a kilo de alubia de Tolosa no puede ser más providencial. Cuando Txorimalo lo descubre nada más abrir la despensa del sanatorio, no puede por menos que proferir un aullido de inmensa alegría, pues nunca hubiera imaginado encontrar tamaña joya de la gastronomía guipuzcoana en un lugar así. La perla negra de las leguminosas, que a buen seguro ha sido el regalo de un alma caritativa y sinceramente preocupada por el bienestar de los internos, no ha podido cruzarse en su camino en mejor momento, pues cualquiera sabe que cada nueva cosecha llega con el comienzo de los primeros fríos; así que más tierna no puede ser.

El mérito de la alubia tolosarra no solo reside en la tierra donde se cultiva sino en la mano que guía su crecimiento y la desgrana. Toma su nombre del mercado semanal que desde hace siglos se celebra en Tolosa y le costó mucho tiempo, desde su llegada del Nuevo Mundo, sustituir a las habas y castañas de la antigua dieta tradicional de los vascos. El duende mitológico lo sabe porque suma tantos años como tiene la humanidad. Y por eso se conoce al dedillo la receta del famoso potaje vasco, fácil y sencillo en apariencia, pero lleno de una enigmática ciencia que la hace tan especial.

¿De qué otro modo podría entenderse sino que con un simple sofrito de cebolla y cuatro dedos de agua fría puedan llegar estas alubias de brillo oscuro a crear ese sublime caldo con textura como de chocolate que las hace tan sabrosas? El resto, la berza, la morcilla, el tocino o el chorizo son solo las damas de compañía de la reina de las legumbres en Euskadi, con permiso de la de Gernika y de la alubia pinta alavesa. Incluso podría prescindir del adorno de las piparras de Ibarra, aunque muchos pusieran el grito en el cielo ante semejante sacrilegio culinario.

Como si se tratase del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, Txorimalo consigue duplicar la bolsa de alubias de Tolosa hasta conseguir la cantidad suficiente como para celebrar un banquete familiar en algún caserío centenario o sentar a la mesa de cualquier sociedad a una cuadrilla de triunfantes remeros. Como no precisan de tiempo de remojo, las prepara al momento, cuidando de no meter la cuchara, pues son tan delicadas que para no romperse, precisan estas alubias de ser removidas con sumo cuidado, asiendo la olla por las asas. El movimiento circular que imprime el ser de las cavernas a la humeante cazuela, sumado a ciertos ensalmos brujeriles y pases mágicos, hacen el resto para que el resultado sea espectacular.

Antes de que las tinieblas de la noche se disipen con los primeros rayos del sol, la alubiada ya está lista. Una de las auxiliares cae entonces en la cuenta de que tiene que ir a tomar la tensión de los ingresados más enfermos. No sabe qué ha pasado esa noche, que apenas ha recibido avisos de las habitaciones y tampoco se explica cómo las últimas horas de la madrugada se le han pasado tan rápido, como si hubiera estado dormida. Pero no.

Le cuesta despertar a los pacientes de su profundo sueño, hasta el punto de que la mayoría se deja tomar la temperatura sin despegar las pestañas. Todos duermen plácidamente como bebés, relajados, felices. Los residentes con incontinencia no se quejan de tener el pañal a rebosar, como si esa noche hubieran podido controlar bien sus esfínteres. Los enfermos terminales tampoco han precisado de morfina adicional para mitigar el mucho dolor que padecen y que en las horas de descanso se hace intolerable. En definitiva, una tregua de pocas horas al sufrimiento, que tanto cuidadores como enfermos agradecen.

Pero la calma chicha que se ha vivido esa noche en la clínica toca a su fin, cuando una enfermera descubre el cuerpo sin vida de Eusebio. Un grito de terror alerta al resto de sanitarios, los cuales acuden veloces a ayudar a su compañera, a quien descubren paralizada frente a la cama del difunto, sin poder contener los sollozos que amenazan con dejarla sin respiración.

Las carreras por los pasillos, las voces alteradas, terminan por despertar a los ancianos de su sosegado sueño, dejándoles en un estado de confusión mental —¿qué ha pasado?, ¿quién ha sido? —que obliga a todo el personal a un frenético trabajo de atención que llega a desbordarles. Los timbres, las llamadas a gritos se multiplican, como si de todos hubieran caído enfermos a la vez y no pudieran esperar ni un minuto. En medio del revuelo de bacinillas y medicaciones de primera hora del día, nadie se da cuenta del reguero de sangre que discurre desde la habitación del finado hasta la cocina y que revela las pisadas del asesino en el suelo. Como en ocasiones anteriores, los investigadores de la Ertzaintza se quedan sin palabras cuando se personan minutos más tarde en el lugar del suceso y descubren la impronta de las extrañas huellas, que no corresponden a un pie humano ni a criatura conocida.

Mientras Txorimalo mata en la capital de Euskadi, la pareja de agentes que le sigue la pista, formada por Oihana y Javier, pasan la noche juntos a decenas de kilómetros de allí. El encuentro íntimo sobre el que tantas veces han fantaseado, se ha hecho realidad y por fin se encuentran frente a frente, sin uniforme, casi desnudos, mostrando sin pudor sus verdaderos sentimientos, despojados de prejuicios y libres de convencionalismos.

—Zu ere asko gustatzen didazu[1]—le dice Oihana a Javier mientras acerca sus labios a su boca.

Javier recibe el apasionado beso de Oihana y por primera vez se atreve a tocarla de verdad. Sus manos recorren con anhelo la piel que tantas veces ha sentido cerca y que ahora, por fin, puede acariciar sin reparo. Estrecha a su querida compañera entre sus brazos como si temiera que todo fuera un sueño, del que en cualquier momento pudiera despertar. No hay nada que quiera más que pasar esa noche con ella y ahora que tiene la certeza de que Oihana también lo desea, no quiere dejar pasar la ocasión de demostrarle cuáles son sus verdaderos sentimientos.

—Oihana, me gustas tanto que me vuelves loco — le confiesa al oído mientras se inclina hacia ella para tocarle los hombros.

La mujer recibe con agrado las caricias de Javier. Es la primera vez que le oye expresar sin tapujos su atracción por ella, algo que sabe que él ha estado reprimiendo durante mucho tiempo, por pundonor profesional y respeto a su familia. El tiempo de las miradas furtivas, de las manos escondidas, de las intenciones veladas y las palabras de doble sentido ha llegado a su fin para ambos. Tampoco ha sido fácil para ella, pero ahora que sabe que es correspondida, solo desea dejarse llevar y disfrutar del momento.

—Zu ere aurrebero nauzu[2] —le dice mientras deja que su toalla caiga despreocupadamente al suelo.

Los bonitos pechos de la joven quedan entonces al descubierto y Javier no puede por menos que quedar deslumbrado ante la arrebatadora belleza que se despliega ante sus ojos. Sus manos se posan con suavidad sobre las caderas de Oihana y ascienden por su cimbreante cintura hasta alcanzar los senos femeninos. El delicado roce de los dedos masculinos dibuja la redondez de los soberbios pechos y cuando alcanzan a tocar la sonrosada piel sobre la que hacen cumbre los pezones, provoca en Oihana un hondo suspiro de placer.

Los labios de Javier responden a la ardiente llamada de Oihana y de nuevo sus  bocas se entrelazan en un beso profundo y prolongado. El hombre toma el rostro de la joven entre sus manos con ternura mientras la besa en los labios con pasión. Cuando termina, le aparta con cuidado la sedosa melena hacia la espalda y la sigue besando en el cuello, mientras le dice  lo mucho que la desea y cuánto le enciende. Y cuando se asegura de que todas sus caricias son recibidas por ella con total satisfacción, inclina con devoción la cabeza hacia sus pechos y le acaricia los pezones con los labios.

Oihana entorna los ojos para disfrutar del momento de tensión erótica que está consiguiendo ponerle el vello de punta. La expectación es total. La toalla que Javier lleva prendida a la cintura comienza a levantarse a la altura de los muslos y cuando ella se aparta un poco para darse el gusto de acariciarle el musculado pecho, duda de si desatársela o dejar que sea él mismo quien se la quite. El hombre se debate ante la misma tesitura. Por eso, comienza a separar poco a poco los brazos del cuerpo, como quien entrega su arma y mostrando las palmas hacia arriba, deja la delicada decisión de apartar la toalla que le cubre en manos de la mujer.

El sutil ofrecimiento de Javier no pasa desapercibido para Oihana, que contempla el cuerpo semidesnudo de su compañero con gran regocijo. Mira como hipnotizada sus marcados abdominales y sigue con los ojos el surco de vello que se pierde por debajo de su ombligo, más allá de la felpa. El vientre masculino se contrae con cada respiración, como muestra de su gran agitación sexual y su entrepierna está pidiendo a gritos ser liberada del textil.  Javier cruza las manos detrás de la nuca y se muerde los labios cuando ve que  Oihana se acerca para desnudarle. Lo hace despacio, abriéndole la tela por la mitad, saboreando cada segundo de su atrevido descubrimiento.

—Ona zakila[3]— comenta admirada mientras termina de destaparle.

La visión del cuerpo desnudo de su amante, aviva en Oihana el fuego que le abrasa por dentro. Aunque hace tiempo que no ha estado con un hombre y sus apetencias carnales han ido por otros derroteros en los últimos años, le gusta lo que está haciendo. Y también le gusta cómo lo hace él. Sujeta a Javier por los hombros y acerca la lengua a su boca para que él saque la suya, en un beso tan lleno de saliva como de lascivia que excita a los dos sobremanera. Después, Oihana desliza sinuosamente sus manos hacia la parte baja de la espalda de Javier y le agarra fuerte de las nalgas. Aprieta su pelvis contra la de él y le dice en voz alta: “Atze ederrak”[4].

Al ser acariciado de forma tan directa, el miembro masculino de Javier adquiere más y más turgencia, hasta levantarse orgulloso y lleno de energía. Por su parte,  Oihana nota cómo su parte más salvaje se ha apoderado de su mente y su cuerpo, convirtiéndola en una loba en busca de su presa. De forma sorprendente, la mujer se sube a la cama de un brinco. Completamente desnuda, su cuerpo se ve imponente. Se inclina hacia adelante, sonríe maliciosa y hace un gesto con el índice para que Javier se acerque, que el hombre obedece al instante con entusiasmo.

Tumbado sobre la colcha, Javier disfruta de las atrevidas caricias de Oihana. De sus manos, de su lengua, de su boca. Su compañera se conduce con extrema delicadeza, haciendo que sus pliegues más íntimos se deslicen con suavidad hasta dejar al descubierto la parte más sensible de su  potente anatomía. Se nota que a ella le gusta, porque lo hace lentamente, sin rubor, mirándole muchas veces para ver cuál es su reacción. 

—¿Te importa si te pongo un condón? — interrumpe ella.

—¿Que si me importa? —responde él con voz entrecortada a causa de la estimulante fellatio — Ahora mismo me dejaría hacer cualquier cosa por ti —susurra mientras le soba cariñoso una mejilla.

—Entonces, vuelvo enseguida. Espérame.

—¡Ponme lo que tú quieras, como si me pones un cascabel! —exclama Javier desde la cama en tono jocoso, provocando la risa de la mujer.

Oihana se acerca de un salto hasta el armario, coge su bolso y saca de un pequeño compartimento con cremallera el sobrecito del preservativo. Lo abre con los dientes y se acerca a Javier para ponérselo con cuidado. El plástico es muy fino y lleva lubricante, así que se resbala entre sus dedos y es Javier quien tiene que ajustarlo bien hasta abajo. Cuando él hace ademán de incorporarse, ella le detiene poniendo sus manos sobre los fornidos pectorales y le pide que le deje colocarse encima. Javier accede a la petición de la dama, porque sabe que esa postura es una de las preferidas por la mayoría de las féminas a la hora de practicar sexo. Y aunque solo sea por eso, también a él le gusta.

Sentada a horcajadas sobre las caderas de Javier, Oihana es quien toma las riendas y demuestra ser una buena amazona. La imponente visión de sus pechos, su vientre y sus muslos desde la almohada, la convierten ante los ojos de su amante en la personificación de la propia diosa Afrodita. Su boca busca los ávidos labios de Javier y cuando al inclinarse nota el suave vello del torso varonil acariciarle la punta de los pechos, siente un estallido de placer extenderse por todo su cuerpo. La firmeza de las manos masculinas sobre sus caderas y la insolencia de su lengua buscando la suya, hacen que Oihana no desee a otro hombre más que a ese que tiene entre las piernas.

—Zorrostu zure adarra niretzat [5]

El de Vitoria  no comprende bien las palabras en euskera que Oihana pronuncia entre gemidos. Pero interpreta a la perfección  el movimiento de sus caderas cuando la mujer se yergue buscando un contacto más estrecho. Deja que sea ella quien le conduzca hasta la delicada entrada a sus dominios. Primero, permitiendo que la punta del capuchón se deslice entre sus labios, tan húmedos. Después, guiándole hacia la suave hendidura que se esconde entre sus pliegues más íntimos.

El hombre se deja llevar por el lubrico vaivén de Oihana sin poder apartar su vista de ella, aunque a veces el grado de excitación sea tan fuerte que le obligue a cerrar los ojos. Mientras la observa, le acaricia los muslos y acompaña el ritmo de sus caderas con algunos empellones inesperados que consiguen sorprenderla. Se siente en la gloria con el masaje tan sensual que ella le procura. Y además, le encanta la forma tan desinhibida que tiene de hacerlo.

Cuando la joven acelera el ritmo de su particular danza del vientre sobre Javier, este ya ha superado su umbral de no retorno y nota como un intenso orgasmo sacude su cuerpo, casi a la vez que Oihana. El polvo resulta espectacular y evidencia la excelente forma física de la pareja, hasta el punto de resultar admirable por parte de él, capaz de seguir el ritmo de la mujer, a pesar de tener unos cuantos años más que ella.

 Cuando termina, Oihana se inclina sobre su partenaire como una fiera, sujetándole con fuerza las muñecas contra el colchón para inmovilizarle. Sus ojos brillan en la penumbra con un destello felino y su rostro se perfila desafiante sobre el de Javier. Los dos respiran fuerte como si fueran dos animales cuando son perseguidos por el bosque. Y sin llegar a deshacer el íntimo abrazo que les mantiene unidos, ella le pregunta adelantando la barbilla:   

—Zer moduz?[6]

—Increíble. Eta zu?[7]—responde él con el poco resuello que le queda.

—KRISTONA![8] —exclama Oihana exultante mientras sigue apretando los músculos.

A la mañana siguiente se levantan con prisa. Ninguno de los dos ha puesto el despertador y cuando abren los ojos son ya casi las doce, hora de abandonar la habitación. Una llamada de recepción les avisa por teléfono y tienen la cortesía de darles un tiempo más de margen. Cuando salen del hotel lo hacen a toda prisa, sin quedarse siquiera a tomar un café.

—¿Y estos? —pregunta la señora de la limpieza al conserje del hotel, refiriéndose a la pareja de Vitoria que acaba de salir tan rápido y que no porta equipaje.

—Unos vascos que pillaron habitación anoche —le responde el joven empleado, pues también a él le gusta cotillear, aunque la dirección se lo tenga expresamente prohibido.

—¿Y qué les ha pasado? ¿Se les han pegado las sábanas? — quiere saber la mujer, que ha detenido las pasadas de la mopa para hablar.

—Anoche debieron dormir poco —aventura el que custodia las llaves del hospedaje mientras le guiña un ojo con picardía.

—Para que luego digan que en Euskadi no se folla —se atreve a decir la mujer en voz alta, aunque enseguida se topa la boca, censurándose a sí misma por decir una palabra malsonante

—Allí no sé, pero cuando se vienen para acá, se ponen las botas —ríe el muchacho, quien se asegura de que nadie puede verle, para hacer un burdo gesto con la pelvis.

—Claro, con lo bien que se come y se bebe aquí, y todas las cosas bonitas que hay para visitar —comenta la limpiadora que no puede evitar recordar otros tiempos—¡A ver si aprendéis los jóvenes! Que todo no es echar un polvo en los lavabos de la discoteca —le recrimina a su compañero de trabajo, a quien le dobla la edad.

—¡Marisa! —irrumpe la gobernanta— ¿Qué haces ahí de charla perdiendo el tiempo? Hay mucho trabajo por hacer y solo tenemos la mañana —le dice mientras pasa a su lado haciendo mil y una anotaciones en su cuaderno.

—Ya voy. Que solo tengo dos manos —responde la de la limpieza, que al momento agacha la cerviz para seguir dándole al palo de barrer—. Dios mío, que pesadilla de mujer. No me extraña que Belén se haya tenido que coger la baja —añade cuando ve desaparecer a la jefa.

—¿Qué le ha pasado? —se interesa el conserje.

—Pues que ha ido aguantando a base de lorazepam hasta que al final le ha dado el lumbago —le explica en pocas palabras la señora.

—¿Y qué tal está? —pregunta el otro mientras se pone a ordenar la mesa del mostrador para disimular.

—En cama, sin poder moverse y con unos dolores terribles. Y todavía le llaman de aquí para decirle que a ver cuándo piensa volver —protesta su interlocutora, que no sabe morderse la lengua antes las injusticias.

—Es que no tienen piedad —interviene una joven camarera que pasa por su lado con el pesado carrito de la limpieza y que no ha podido evitar oírles.

—¡Lo que no tienen es vergüenza! —exclama  la mayor sin poder contenerse— Ahora, que el día que nos cansemos, vamos a la huelga y se van a enterar.

—Es muy difícil que eso ocurra —le corta la camarera en tono pesimista— Saben que tenemos una casa que mantener y unos hijos que alimentar. Te dicen que es lo que hay y que si no te gusta, ahí tienes la puerta.

—¡Señoras, menos palique y más trabajar! —la gobernanta ha escuchado la conversación en silencio apostada detrás de una columna — ¡Que se nos amontona la tarea! —les impele para que den por terminada su conversación en horas de trabajo.

—¡Y cuándo no!—le responde la mayor de las kellys[9].

A la misma hora en que Javier y su compañera salen apresuradamente de camino hacia Vitoria, el padre Luca recibe el aviso de que un nuevo crimen acaba de suceder en la ciudad del Zadorra, esta vez en un clínica para enfermos crónicos. Como viene siendo habitual, la víctima es un hombre y todo hace sospechar que el asesino es el mismo que ya ha matado a cinco personas en menos de diez días.

La noticia sorprende al sacerdote italiano en una confitería de la ciudad comprando Vasquitos y Nesquitas, unos bombones de praliné que se han convertido, junto a la característica caja metálica que los contiene, en un socorrido souvenir. La primera llamada la recibe justo en el momento en que se encuentra saboreando una de las confituras, la que se asemeja más a una pastilla de caramelo que a un bombón.

—Nesquita significa algo así como jovencita —piensa el cura mientras se concentra en la degustación de la golosina vitoriana—. Y al fin al cabo, como todas las mujeres es engañosa —opina—. Pues más que a una chocolatina se asemeja a un caramelo, lo cual no deja de restarle encanto. Verdaderamente —concluye—, “La donna e mobile”— tararea por lo bajini en alusión a la célebre pieza operística.

El intenso sabor a nata inunda su paladar de un cálido sabor maternal, mientras que la mezcla de frutos secos y piñones acompañados de uvas pasas, le resulta embriagador. Y es que, si algo le gusta al cura del Vaticano más que el café, es el chocolate.

Por eso, haciendo caso omiso de la segunda llamada que se sucede casi de seguido a la primera, no duda en probar la siguiente de las especialidades de la casa, convencido de que la versión masculina de las famosas Nesquitas no habrá de defraudarle. De nuevo la crema de chocolate se derrite en su boca con inmenso deleite por su parte, está vez con el praliné aromatizado por el sabor de la naranja confitada.

—¡Mmmmm!Los Vasquitos también están muy buenos, vaya que sí —se dice para sus adentros. Al momento siente cómo un pensamiento pecaminoso asalta su alma a través de la dulce exquisitez que se deshace en su boca. Y es que hay que estar muy atento para no dejarse llevar por las tentaciones del Maligno, que acecha tras placeres en apariencia tan nimios como los que se esconden detrás de los tentadores escaparates de las confiterías.

¿Pues no atenta contra la ley de Dios que mientras unos nadan en la abundancia y pueden permitirse estos lujos, otros carezcan de lo más básico para vivir? ¿Y no es todo un derroche dedicar la misma cantidad de huevos que servirían para quitar el hambre, a emulsiones reposteras que separan con cuidado la yemas de la claras, con el único fin de llenarlas a partes iguales de aire y de azúcar glas? El padre Luca se debate entre estas y otras deliberaciones cuando una tercera llamada vuelve a apremiarle. Esta vez atiende el teléfono con la preciada caja de dantzaris[10]  bajo el brazo y nada más colgar, se apresura a coger un taxi para acudir raudo al lugar de los hechos. El vehículo avanza rápido por la fluidez del tráfico, que en fines de semana deja muchos semáforos en ámbar, para que la simple cortesía entre conductores y peatones haga imperar la concordia


[1] Tú también me gustas mucho

[2] Tú también me pones muy caliente

[3] Buena polla

[4] Bonito trasero, culo macizo

[5] Afila tu cuerno para mí

[6] ¿Qué tal el polvo?

[7] ¿Y tú?

[8] Oh, my God. Tremendo. Flipante. De la leche

[9] Acrónimo de “las que limpian” las habitaciones de hotel.

[10] Danzantes

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