Estantes de papel

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Capitulo XII. Babarrunak. Mendizorrotza

La comida de Javier con Oihana da paso a una noche de sábado expectante. Oihana se debate entre sentimientos encontrados. ¿Será ella quien dé el primer paso? Mientras, Txorimalo se adentra en una clínica en busca de su nueva víctima.
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Las horas se pasan volando por la grata compañía y la cita entre Oihana y Javier se va a alargando hasta que anochece. Hacen una cena ligera en un bar del centro y terminan en la cafetería de un moderno hotel de cinco estrellas para tomar la última copa. El lugar es tranquilo y elegante, los cómodos asientos invitan a una charla agradable y la música en directo del piano que suena al fondo hace que el momento sea sencillamente encantador.

—Son ya más de la una, ¿quieres que volvamos? —propone Javier mientras apura su gin-tonic.

—No, quisiera quedarme un rato más —responde Oihana sin rodeos.                 

—¿Te apetece algo para beber? —él tampoco quiere poner fin a esa noche.

—Creo que no va a poder ser. Mira—dice ella mientras señala con la mirada —, el bar ya cierra.  

—Qué lástima. ¿Qué podemos hacer entonces? —ahora la pelota está en tejado de ella.

—Podríamos ir a un lugar más tranquilo —plantea Oihana mientras hace balancear uno de sus empeines sobre las piernas cruzadas.

—¿Un lugar más tranquilo que éste? —el pulso de Javier se acelera.

—Sí, un sitio donde podamos estar los dos –sonríe Oihana sugerente —. A solas —recalca con un brillo en sus ojos.

—Podría pedir una habitación arriba. ¿Quieres? —se atreve a plantear Javier, con la misma osadía con la que un experimentado jugador de mus se arriesga a lanzar un órdago en mitad de una partida.

—Buena idea —contesta ella sin pensárselo dos veces.

—Entonces, espérame aquí. Enseguida vuelvo.

Javier se acerca al mostrador del hotel y pide una habitación. Entrega su documentación al recepcionista, hace un pago con tarjeta y después de firmar, recoge la llave dando las gracias. Cuando vuelve al saloncito de la cafetería, tiende con gentileza su mano a Oihana para ayudarle a incorporarse del mullido asiento y le dice:

—La habitación está lista, podemos subir.

Al volver a pasar junto al mostrador de la entrada, Javier saluda al recepcionista con un “buenas noches”, a la par que rodea la cintura de Oihana, tocando levemente una de sus caderas con la mano. Después, pulsa el botón de la última planta. Cuando las puertas automáticas se cierran, ella le acaricia el dorso de la mano con los dedos y él la estrecha entre las suyas con dulzura. Después la mira y eleva la mano de la chica hasta sus labios, para darle un beso que apenas le roza la piel. Cuando llegan a su piso, le cede el paso y camina tras ella a lo largo del pasillo, hasta llegar a la habitación. Las caderas de Oihana se mueven seductoras a cada paso que da y su trasero luce tremendamente provocador bajo la falda ajustada.

Acciona la cerradura, abre la puerta y deja que la mujer pase primero, cerrando la puerta tras de sí. La habitación es amplia y no falta de nada en su completo equipamiento. Javier deja las llaves sobre la cómoda y le pregunta a Oihana si todo está a su gusto. Una sola cama de matrimonio preside la estancia, una lo bastante amplia como para ser compartida por dos buenos amigos que solo quieren descansar o para ser el lecho de una pareja de amantes que se desean. Después se ofrece a guardar su chaqueta en el armario.

—Si no te importa, me gustaría darme una ducha. Serán solo cinco minutos — le dice a Oihana

La mujer asiente y aprovecha para descalzarse. No está acostumbrada a llevar zapatos de tacón fino y suspira con alivio mientras se masajea los pies. Después descorre las cortinas y se asoma al balcón que da a la calle principal. Las luces de la ciudad hacen más bella la noche. Cierra los ojos y deja que la fresca brisa nocturna le acaricie el rostro. Piensa en la grata jornada de asueto que ha pasado junto a Javier y en la interesante velada que todavía no ha terminado. Cuando se da cuenta, él ya ha salido del baño y está de pie, junto a la mesita de noche, ajustándose el reloj en la muñeca. Sólo lleva encima una toalla anudada a la cintura y las gotitas de agua resbalan sobre sus anchos hombros, todavía mojados. 

La visión del cuerpo medio desnudo de Javier despierta en Oihana una pasión latente, pues no imaginaba que su físico fuera tan vigoroso. Cuando se acerca hasta ella, puede apreciar el elegante perfume que ha acompañado al hombre durante toda la jornada y que todavía persiste en sus notas de fondo, con una ligera fragancia amaderada. Además, el frescor que desprende su piel recién duchada le hace todavía más deseable. Y es que no hay nada más sexy que un hombre que sabe a limpio.

—También a mí me gustaría darme una ducha rápida —comenta  ella al darse cuenta de que, después de haber pasado todo el día fuera de casa, no se siente segura por completo de su higiene.

—Tómate tu tiempo, te esperaré tomando alguna bebida del minibar —le contesta él muy comprensivo. El fresco aliento de su boca denota que también se ha cepillado los dientes, lo cual siempre es de agradecer.

Cuando Oihana entra en el baño, todo está perfectamente recogido. Javier ha sacado su ropa y la ha colgado en el armario, ha puesto otra toalla más a los pies de la bañera para ella y por supuesto no hay rastro de pelos ni de espuma en el desagüe. Si ha utilizado el retrete, ha puesto buen cuidado en que no se note, pues la tapa está bajada y la cisterna bien pulsada. Después de la ducha del hombre, el baño huele a un agradable aroma a gel y es que el hotel de lujo en el que se acaban de alojar cuida bien de los pequeños amenities.

Oihana se apresura a quitarse la ropa. Esta nerviosa. Se enjabona bien las axilas, la entrepierna. El jabón del hotel huele tan bien, que es un placer aclararse la espuma bajo el chorro de agua templada. Cuando descorre la mampara y se mira en el espejo — ¡horror! —, observa como todo el maquillaje de su cara se ha arruinado, dándola un aspecto grotesco que enseguida trata de arreglar. Da gracias al cielo de que el hotel incluya entre sus cortesías una crema emoliente que le permite retirar todo el color del rostro con la ayuda de unos tissues.

Cuando termina está sudando de nuevo. “¿Cómo he llegado hasta aquí?”, se pregunta mirándose de frente al espejo.  “Enrollándote con tu compañero de trabajo”, oye que le dice una odiosa voz en su interior. “¿Te has fijado? Podría ser su padre”, dice otra voz todavía más maliciosa.”Y además está casado”, es la última apreciación que hace que por poco se le salten las lágrimas. Como si todas las viejas chismosas de su pueblo estuvieran dentro de su cerebro, mirándola detrás de los visillos y fueran a contárselo a todo el mundo, para mayor escarnio de ella y su familia. “¿Y si esto me hiciera perder el trabajo?”, es el último pensamiento demoledor que termina por desanimarla.

Entonces ve el último mensaje que le ha mandado una buena amiga y que le pregunta a través de otro whatsapp, uno aparte del grupo llamado Ondarroako lagunak[1]:

—Non zaudete, Oihana?[2] —le interroga con sincera preocupación.

—Hotel batean [3] —responde ella para tranquilizarla.

—Konfiantza ematen dizu, maitia?[4] —quiere saber su interlocutora para asegurarse de que todo va bien.

—Bai, lankide bat da: Javier[5] —le informa Oihana, como si ya hubiesen hablado antes de su colega y amigo.

—Conforme. Zaindu. Eta gozatu![6] —es su último y amoroso mensaje, como si no necesitase saber más.

—Eskerrik asko, Belinda —le desea Oihana acompañando con un par de besos la despedida.

Finalmente, la cuadrilla de amigas le manda de nuevo un divertido mensaje escrito a través del móvil que le anima con un escueto y contundente:

—JO TA SUA![7]

Entonces piensa que sus amigas tienen razón, porque Javier le gusta mucho, desde hace tiempo. No solo porque le parezca atractivo sino porque es muy amable y educado, hasta el punto de que a veces le da un poquito de rabia que sea tan caballeroso con ella. Incluso ha llegado a sentirse un tanto ridícula en su papel de romántica protagonista de una historia de amor y deseo que no sabe bien hacia dónde les puede llevar. O sí.

Lo único que de verdad lamentaría Oihana es que la buena relación que mantiene con Javier, tanto dentro como fuera del trabajo, se fuera al traste por culpa del sexo. Pero, ¿por cuánto tiempo podrían soportar la tensión erótica que han mantenido desde el principio y que se ha acrecentado en los últimas semanas a cuenta de la investigación de la ola de crímenes en la capital de Euskadi? Como todas las mujeres, Oihana le da demasiadas vueltas a la cabeza.

Cuando Javier la ve salir del baño con el rostro enrojecido de tanto frotarlo, el pelo alborotado por el torpe turbante improvisado con una enorme toalla y el agua todavía chorreándole por las piernas, se levanta y esboza una pequeña sonrisa de satisfacción. Verla aparecer descalza sobre la moqueta, de esa forma tan espontánea, le ha cautivado. Observa a Oihana envuelta en una toalla que apenas alcanza a taparle los muslos y que amenaza con desatarse a la altura de su generoso pecho a poco que las femeninas manos se descuiden.

Separados a poco más de un metro, sin más ropa que la que provee el hotel para el baño, ambos se miran, sin saber qué decirse ni qué hacer. La sugerente música de fondo y la luz tenue, proporcionan un ambiente relajado que invita a intimar. Javier se acerca despacio a la mujer recién duchada, que no aparta su vista de él y mirándola de arriba a abajo le dice con voz contenida:

—Oihana, me gustas mucho. Me moría de ganas de estar contigo a solas. Y supongo que si has subido a esta habitación es porque tú también quieres estar conmigo.

Mientras Javier y Oihana se encuentran inmersos en un anhelado encuentro de medianoche que no ha hecho más que empezar, Txorimalo sigue haciendo de las suyas por Vitoria-Gasteiz, tan ávido de sangre como de venganza justiciera. Esta vez consigue colarse en una residencia para mayores y entrar en la habitación de un anciano enfermo de gravedad. El hombre apenas ha logrado conciliar el sueño con el calmante que le ha administrado la enfermera y permanece a la espera de que el médico prescriba a la mañana siguiente su ingreso hospitalario. Un  cáncer terminal  le corroe los huesos y se ha extendido ya por buena parte de sus órganos vitales, comprometiendo seriamente su vida, que la ciencia médica prevé muy corta.

El cable  del oxigeno que evita que se le cierren los pulmones, le cruza la faz doliente desde la nariz hacia los pabellones auditivos, hasta unirse en el centro del cuello como si fuera un escapulario transparente. Los huesudos brazos extendidos por fuera de las sábanas le asemejan a un ecce homo, atravesado por diminutos hematomas que señalan los pichacitos a través de los cuales se inyecta en su deteriorado cuerpo, ora medicación, ora plasma sanguíneo. La respiración del enfermo es entrecortada. Su sueño agitado. Los pies, hinchados por la retención de líquidos; la espalda, dolorida por la prolongada postración a la que le obliga su escasa fuerza vital. Y en mitad de ese duermevela de quien ve aproximarse la muerte de forma inexorable,  ensoñaciones y visiones, las cuales unas veces son gratificantes y otras le llenan de un gran desasosiego.

Entre ellas, la visita de un extraño ser que abre las puerta sin anunciarse y, que tras comprobar que nadie más que el paciente ocupa la habitación, la cierra tras de sí con cuidado de no hacer ruido. Asomado a los pies de la cama, observa al convaleciente a través de su mirada escrutadora, capaz de ver a la perfección en medio de la oscuridad como si fuera un animal de hábitos nocturnos. Eusebio intenta incorporarse para ver quién ha entrado, pero solo acierta a ver el cogote de una especie de humanoide cuya respiración resuena con fuerza.

Por una razón inexplicable, el moribundo no alerta de la presencia del intruso. No pulsa el botón de aviso para que alguna auxiliar acuda en su ayuda. Ni siquiera enciende la luz. Espera acostado en el aséptico cuarto como si supiera que su hora está cerca. Como si algo en su interior le dijera que no se resista al fin que le espera. Gira la cabeza hacia la mesita donde reposan un par de recuerdos: la foto en blanco en negro de una hermosa mujer joven que un día fue su esposa y una estampita de una virgen milagrosa en quien ha puesto toda su confianza para el tránsito hacia la otra vida. Luego, exhala un hondo suspiro y se entrega con total resignación a lo que tenga que pasar.

Txorimalo, capaz de adoptar las más diversas apariencias, presenta en esa ocasión una forma como de anfibio, con la piel resbaladiza y brillante. Su aspecto repulsivo sin embargo no incita al viejo a escapar de él ni tampoco a atacarlo, como si adivinara la misión que le ha traído hasta su lado. Solo les hace falta mirarse para poder entenderse.

—Te estaba esperando —le dice el anciano con voz debilitada—, aunque no te imaginaba así. Pensé que vendrías con tu guadaña para cortar el fino hilo que todavía me ata a este mundo. ¡Ea, no tardes más y haz lo que tengas que hacer!

El bicho se acerca lentamente hasta la cabecera de la cama dejando tras de si un rastro como de baba de caracol y rasga de un certero zarpazo la bolsa que alimenta el gotero, el cual llega hasta la vía incrustada en la muñeca del interno. El líquido se vierte al suelo salpicando la almohada y da lugar  a un pequeño charco. Su larga lengua como de camaleón comienza a recorrer el torso del hombre mayor hasta alcanzarle el cuello y cuando le detecta el pulso, se abalanza sobre él para morderle la yugular. El mordisco resulta ser paralizante y va directo a una vena principal de la que empieza a manar sangre en abundancia.

Como si fuera un vampiro, Txorimalo va sorbiendo el fluido carmesí hasta dejar el cuerpo del hombre sin una gota de aliento. Un ligero estertor que le hace estremecerse, decreta la muerte en soledad de su nueva víctima, que deja este mundo en silencio y con paz de espíritu.

Cuando termina, el ser del inframundo se retira con sigilo sin molestarse siquiera en cubrir el cadáver. Recorre los pasillos desiertos con paso lento, sin que ningún sanitario pueda percatarse de su presencia, como si fuera un fantasma, invisible a los ojos del común de los mortales. De manera inusual, todos los residentes duermen, hasta los más nerviosos, como si alguien hubiera esparcido por el aire una sustancia narcótica, de esas que inducen a un profundo sueño, del que nada puede recordarse al despertar.

Solo algún paciente con demencia puede ver a Txorimalo y le señala con sus temblorosas manos y alerta a sus cuidadores con monosílabos, sin que ninguno pueda acertar a comprenderle. Al ser descubierta, la bestia les ordena callar, haciéndoles un gesto con el dedo que acompaña de un “chist” inaudible para el resto y que a ellos, los más vulnerables, les sume de inmediato en un profundo sopor que a la vez dibuja una apacible sonrisa en su rostro.

Y como siempre, el olor de los fogones atrae a Txorimalo de manera irresistible hacia la cocina, en esta ocasión la del centro geriátrico. Los menús, a base de purés y sopicaldos detallados sobre un panel de corcho, llaman poderosamente su atención. Comprobar cómo los días pasan y pasan en la residencia sin más alegría que la de los yogures de sabores que se sirven de postre o la diminuta bollería plastificada que acompaña al café con leche descremada de los desayunos, le entristece el corazón. Los esfuerzos del personal de cocina por intentar hacer de las verduritas y el pescado blanco, platos sabrosos resultan encomiables pero siempre están sometidos a las estrictas directrices del nutricionista, que huye de excesos y raciona. “¡Qué desperdicio!”, piensa el irracional ente.

Txorimalo piensa, si es que pueden pensar los animales, y se le ocurre una idea descabellada, llena de rebeldía. ¿Por qué no dar una pequeña satisfacción a aquellos desahuciados por la medicina y regalarles un nuevo menú si tantas limitaciones? El genio de las profundidades se ata el delantal y comienza a remover sartenes y peroles. La receta que tiene en mente es sencilla y tiene como protagonista a la humilde legumbre. La proteína de los pobres, esa con la que se han criado a buen seguro la mayoría de los internos y que sin duda les hará rememorar una infancia en la que solo la escasez más extrema podía privar a una familia de servir a la mesa un plato caliente de alubias, garbanzos o lentejas.

Legumbre. Potaje. Cocido. Platos que harían resucitar a un muerto, no tanto por la contundencia de sus ingredientes, sino por su sabrosa calidez. Cocina de madres bondadosas, de abuelas sabias. Recetas tan antiguas como saludables. Presentadas a la mesa con el sagrado acompañamiento de las elaboraciones de la matanza y enalteciendo unas verduras que de otro modo resultarían insípidas.

Txorimalo duda entre qué tipo de legumbre elegir, hasta que una idea se abre paso entre su escasa materia gris, resonando contra su primitivo cráneo como su fuese un tambor: babarrunak[8].


[1] Amigas de Ondarroa

[2] ¿Dónde estáis, Oihana?

[3] En un hotel

[4] ¿Te da confianza, cariño?

[5] Sí, es un compañero de trabajo

[6] De acuerdo. Cuídate. ¡Y disfruta!

[7]  Golpe y fuego. ¡A tope! ¡Dale caña!

[8] Alubias

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