Estantes de papel

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CAPÍTULO 4 – INTERROGATORIO

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Un agente de la Ertzaintza le telefoneó ayer para que se presentase hoy en comisaría para un careo. La mayoría de las personas, por no decir todas, entrarían en un estado de ansiedad y nerviosismo alto al recibir esa notica y no hubiesen pegado ojo en toda la noche. En cambio, Saioa, se ha levantado tranquila, como cualquier otro día. Ha abandonado su apartamento y ahora camina rumbo al lugar al que le han convocado. Avanza esbelta con su maxi bolso colgado del antebrazo por las calles de Bergara. No tiene prisa. Siempre ha creído que las personas, cuando emprenden una tarea, la echan a perder por tener prisa en terminarla. Ella nunca la tiene. Cuando llega a la panadería de Maritxu, se detiene, asoma la cabeza al interior y pronuncia el nombre de la propietaria al mismo tiempo que agita la mano hasta esperar una respuesta de la titular. Poco maquillada, con el perfume justo, hoy se ha decidido por un conjunto de pantalón negro, blusa blanca y slippers a juego. Prefiere mostrar sencillez.

Obviando la rampa de acceso, sube ocho escalones y entra en la jefatura. No hay ninguna persona esperando en el hall. Sin dejar de andar, se dirige a la ventanilla para identificarse a la ertzaina de la recepción, la cual, acto seguido, hace una llamada para que uno de sus compañeros salga al encuentro de la mujer. A los pocos segundos, Patxo sale por una puerta en su dirección.

—Gracias por venir. Acompáñeme, la suboficial quiere tomarle declaración.

—¿Estoy acusada de algo? —pregunta Saioa con humor.

—No, que va mujer. En la primera fase de un proceso de investigación se toma declaración a todas las personas implicadas.

—Así que yo estoy implicada.

—Claro, usted fue la persona que alertó del suceso.

—Ya.

Ambos cruzan la puerta que accede al interior y caminan por el pequeño pasillo que separa las mesas en las que trabajan los policías frente a sus ordenadores hacia una de las salas de interrogatorio. Toni está sentado visualizando bases de datos policiales. El compañero que está a su lado le pregunta si la que acaba de entrar es la vecina del trece derecha. Toni afirma. Desde que Patxo y él le asignaron ese apelativo, todos los agentes la conocen ya por ese nombre.

Al llegar al despacho que ocupa Goizalde, el agente primero golpea ligeramente con los nudillos el cristal de la puerta. Ella está hablando por teléfono, realiza una señal con la mano. Patxo y Saioa entran en un habitáculo sobrio de paredes blancas en el que hay una mesa y dos sillas.

—Siéntese, por favor —Patxo desplaza la silla para que la mujer tome asiento en el lugar escogido para ella—. ¿Quiere un café mientras voy a por otra silla para la suboficial?

—No, gracias. No tomo nada entre horas.

Azpieta entra en la sala de interrogatorio con un dosier bajo el brazo, se disculpa por la tardanza y toma asiento al lado de su compañero.

—Como ya le habrá explicado el agente, vamos a tomarle declaración para saber con todo detalle lo que usted vio el día que mataron a su vecino. Por eso le pido que se concentre y que nos cuente hasta el más mínimo detalles de lo que presenció ese día.

—Ya.

—Como puede comprobar… esta conversación va a ser grabada —La suboficial señala la cámara situada en una esquina de la sala que enfoca a la mesa.

—Ya.

—Pues si usted está de acuerdo… comencemos. Señora Saioa de Mendizábal, estamos aquí para esclarecer la muerte de su vecino. Usted pudo ser la última persona que lo vio con vida —pronuncia Goizalde—. ¿Puede contarnos por qué llamó el día 17 de agosto al 112?

La sala de interrogatorios se impregna del aroma a ansiedad y adrenalina. La suboficial escucha el relato de la mujer. No pierden detalle de las expresiones y comportamiento de la vecina del trece derecha. La agente asiente lentamente, cruzando los brazos sobre su pecho, cuando le escucha decir a la interrogada que llamó a emergencias al notar un extraño tufillo en las escaleras.

—Señora Saioa…

—Por favor, llámenme, Sai. Así es cómo me llaman todos. Y tutéenme, que no soy tan mayor.

—Sai, hay que tener el olfato muy adiestrado para distinguir ese olor desde el descansillo de su vivienda.

—Agentes, trabajé en una perfumería varios años y tengo el olfato muy entrenado. Se distinguir hasta los olores más sutiles. Y en el apartamento de mi vecino olía a putrefacción.

—Pero, ¿no trabajas como freelance en el Diario Vasco? —pregunta Patxo levantando el rostro de los documentos que tiene sobre la mesa

—Hasta hace un año solo cubría una columna en ese diario, por lo que, hasta que me ampliaron el contrato, estuve contratada en la cadena Douglas.

El policía afirma con la cabeza.

—¿Puedes describir tu relación con la víctima? ¿Había algún conflicto entre vosotros? —le pregunta Goizalde, utilizando un tono suave pero firme.

—Ninguno. Éramos cordiales, nos saludábamos en el pasillo, eso es todo. Tenía algo más de relación con su compañera de piso… su novia, porque no estaban casados. Nos veíamos a menudo en el supermercado y en la panadería de Maritxu.

La suboficial toma una pausa antes de continuar.

—Hemos encontrado evidencia que sugiere que estuviste en el apartamento de la víctima. ¿Puedes explicar por qué tu huella dactilar estaba en el picaporte interior de la puerta?

Patxo mira sorprendido a su superiora ante esa revelación. Sai no se sorprende.

—Sí, es cierto. Entré en el apartamento el día 14, eso fue antes de que mi vecino falleciera.

—¿Y para qué? —Vuelve a preguntar Goizalde. Patxo salta al rostro de la vecina para ver la expresión de su cara.

—Agentes… ese piso es propiedad de mi marido. Ellos eran nuestros inquilinos y yo pasé a cobrarles la mensualidad. Seguramente encuentren más huellas mías en alguna otra parte del apartamento.

—¡Vaya! ¿Y por qué se te olvidó mencionarnos ese dato?

—Porque no me lo habéis preguntado y supuse que ese dato ya lo conocíais porque vosotros sabéis todo de las personas, ¿verdad?

Goizalde frunce el ceño. La han cogido fuera de juego y eso la pone muy incomoda. Aprieta los labios, observa atentamente cada gesto de Sai. Sin embargo, la interrogada no muestra síntoma de preocupación o de molestia por el examen al que está siendo sometida. Azpieta sabe que el tiempo apremia y decide intensificar el cotejo.

—Señora Saioa, tengo la sensación de que usted me oculta algo. Necesito la verdad. ¿Qué sucedió realmente ese día?

La periodista admite que tuvo un intercambio de palabras con Jaione ese día porque no le pagaban el alquiler.

—Mi marido estaba enfadado. No le gusta que se rían de él y… hasta esa fecha… siempre habían sido puntuales en el pago, siempre a fin de mes.

—Y mataron a Garikoitz.

—¿Cómo pueden pensar eso? Les dimos más días de plazo porque sabíamos que estaban pasando por un mal momento económico. Somos vecinos respetables, nadie ha tenido nunca queja de nosotros. Se lo puede confirmar cualquier vecino de Bergara. A mi marido lo conocen en todo el pueblo.

Patxo afirma con la cabeza, él y su marido se conocen de toda la vida.

La cara de Saioa muestra el descontento que siente por el examen al que está siendo sometida. Ambas mujeres se miran a la cara, se observan. Una intenta encontrar un signo de duda, la otra con una mirada fría, el final de la entrevista. Saioa ya no se siente cómoda y toma las riendas de la conversación para darla por terminada ante el insistente examen al que está siendo sometida por la de su mismo género.

—Si no me acusan de nada… me gustaría poner fin a esta conversación.

—Claro. Disculpe si en algún momento le hemos presionado. Comprenda que solo queremos hacer nuestro trabajo —añade Patxo intentando quitar tensión con un tono más relajado.

—Ya.

Los tres se levantan de la mesa de interrogatorio y abandonan la sala. Ofreciéndole la mano con cortesía, Goizalde se despide de ella con unas últimas palabras.

—Gracias por su cooperación, señora…. Y por favor, manténgase usted y su marido a disposición por si necesitemos más información.

Patxo acompaña a Saioa hasta la salida, se disculpa nuevamente y regresa al interior.

La suboficial Azpieta está en su despacho considerando el próximo paso a dar en la investigación. Patxo entra disgustado.

—Goizalde… te has pasado un pueblo.

—Patxo… esa mujer nos ha mentido.

—¿Por que dices eso?

—Tengo ante mí el informe cronotanatodiagnóstico que Diego García, médico forense especialista en plastinación de órganos, realizó a la víctima. Garikoitz no murió el día 15 de agosto sino el 16, lentamente. En un proceso normal de descomposición el cuerpo comenzaría a oler a los dos días. Sin embargo, al estar la habitación y toda la casa bajo la influencia del aire acondicionado, el frio lo ralentizó. Pero hay otro dato, alguien, y no sabemos quién, abrió la ventana de esa habitación para acelerar su deterioro.

Goizalde Azpieta, deja de hablar, gira la silla y mira a su subordinado que muestra una mueca de pesar.

—La habitación donde encontramos el cadáver estaba cerrada. Saioa, nos ha dicho que notó el olor a putrefacción en el descansillo el día 17. No pudo sentirlo a no ser que ella hubiese estuviese dentro. Patxo, esa mujer no nos ha dicho la verdad y tenemos que descubrir por qué.

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