Estantes de papel

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Capítulo II. Porrusalda. Zaramaga.

Txorimalo comienza a matar. Un anciano es el primero en descubrir el primer cadáver de otros muchos que vendrán.
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La puerta de la entrada llevaba entreabierta por lo menos desde primera hora de la mañana. Así al menos lo había confirmado la vecina de enfrente, que ese día había salido temprano de casa para ir al centro de salud.  La cita era a las ocho para extracción de sangre y como otras veces, se había levantado casi una hora antes para evitar llegar tarde. Esperó pacientemente a que las manecillas del reloj llegasen a y media y cuidó de no hacer ruido al marcharse, para no molestar a los vecinos. Nada había perturbado su sueño aquella noche, ningún ruido extraño, ninguna voz más alta que otra. Salvo la enorme luna llena que con su potente luz se había obstinado en colarse por las rendijas de la persiana de su dormitorio, hasta el punto de dificultarle conciliar el sueño hasta bien entrada la medianoche.

Le llamó la atención ver la puerta sin cerrar pero pensó que su vecino no andaría lejos; quizás había olvidado algo —el móvil, una carpeta, el almuerzo— justo antes de cruzar el dintel y habría retrocedido sobre sus pasos hasta el final del pasillo, donde estaba el salón. No era la primera vez que le había pasado, siempre andaba con prisas.

—Compréndame agente, no pude detenerme, tenía una cita médica y ya iba con el tiempo justo —se justificaría la anciana después.

Al volver al cabo de una hora, con una barra de pan caliente bajo el brazo, fue cuando  volvió a reparar en la puerta medio abierta y empezó a preocuparse. ¿Habrían entrado los ladrones? Solo de pensarlo sintió pánico y de forma instintiva sujetó con fuerza contra su pecho, el manojo de llaves que llevaba colgado al cuello. El tintineo del llavero girando dentro de la cerradura una, dos, tres y cuatro veces, actuó como un sortilegio para que volviera a sentirse segura, pues era la prueba de que su querido hogar seguía siendo un lugar seguro y a salvo de intrusos. Los bulones de acero se replegaron como fieles guardianes ante el decidido empuje de la dueña de la casa, que cerró tras de sí la puerta rápidamente, como si temiese que algo o alguien maléfico pudiera que colarse en su morada, quién sabe con qué siniestra intención.

Dejó el pan encima de la mesa de la cocina, puso al fuego la cafetera y antes de nada, fue a su dormitorio para terminar de ordenarlo. Hizo bien la cama, dobló el camisón debajo de la almohada y guardó en el primer cajón de su mesita de noche, el odioso medallón de teleasistencia que sus hijos se habían empeñado en que llevase siempre encima. Como si fuera una vieja incapaz de cuidar de sí misma. Como si no tuviera una familia que pudiera asistirla siempre que lo necesitara.

Acompañó la humeante taza de desayuno con un puñado de galletas María y vació sobre la cuenca de la mano, el compartimento del pastillero semanal que contenía las dos diminutas pastillas con las que tenía que empezar el día. Estaba nerviosa pero no quería precipitarse. “¿A quién podría llamar?”, pensaba. “¿A los bomberos?”, se dijo a sí misma. “No, que esos te echan la puerta abajo”, oyó cómo una vocecita le decía en su interior. “¿A la ambulancia?”.”Tampoco, que alertaría al vecindario”, argumentó la misma voz odiosa. “¿Y si llamo a la policía?”, volvió a preguntarse. “¿Qué policía? Mira que si luego tienes que testificar…” volvieron de nuevo a hablar los miedos desde el fondo de su inseguridad.

Confusa, terminó por tomar la que le pareció, la mejor de las decisiones posibles, la más rápida y segura, la menos compleja y comprometedora: llamar por teléfono a la vecina del quinto, que seguramente estaría en casa. ¿Dónde sino iba a estar a esas horas?

—No llamé antes porque no pude, agentes. Vivo sola y soy hipertensa. Mis hijos suelen venir a visitarme pero ya sabe, yo no quiero molestar. Estoy a un tris de que tengan que ponerme insulina, porque cualquier disgusto hace que el azúcar me suba por las nubes. Solo de pensar que podrían haber entrado en mi casa, hace que el corazón me dé un vuelco. Fíjense —le diría más tarde la anciana a la ertzaina  al intentar explicar porqué se había demorado tanto en avisarles.

Solo cuando la vecina del quinto bajó en bata y zapatillas, se atrevió la señora Eulalia a acercarse a la puerta que tan descuidadamente había dejado abierta su vecino y que con solo mirarla, le provocaba tanta inquietud como desazón. Pues el primer mandamiento de todo buen propietario que se precie, es salvaguardar la sacrosanta propiedad privada y protegerla convenientemente de cualquier asomo de hurto, robo o fraude. Por no hablar de otras amenazas, como esas subversivas ideologías que abogan por la absoluta abolición de lo privado en aras de un mundo utópico, donde todos los bienes sean compartidos y nadie pueda declararse plenamente dueño de nada.

 Asustadas como si estuvieran a las puertas del mismísimo infierno, las dos ancianas guardaron primero silencio y, después de unos instantes de atenta escucha sin percibir ningún sonido, se atrevieron a golpear tímidamente la madera con los nudillos. Ante la nula respuesta, pronunciaron el nombre del morador de la vivienda, sin que nadie respondiera del otro lado.

—¿Fernando, estas bien? — preguntaban con insistencia las mujeres sin atreverse a dar un paso más allá del felpudo, pues lo último que querían era ser tachadas de entrometidas.

Ambas se miraron con cara de extrañeza y llegadas a ese punto, comprendieron que el asunto comenzaba a tomar un cariz cada vez más serio, que sobrepasaba claramente las competencias atribuidas a su sexo. Pues ninguna tenía estudios, más allá de las cuatro reglas y su único oficio había sido el de ama de casa. Así que acordaron requerir cuanto antes la presencia de un hombre que tomase las riendas, pues a ellas ya se les estaban acabando las ideas y se sentían desbordadas por la situación.

—Voy a llamar a mi hermana, a ver si está su marido —dijo resueltamente la vecina del quinto, que al instante sacó de su bolsillo un móvil de petaca con tapa.

Las mujeres esperaron pacientemente en el rellano a que acudiera el cuñado, un antiguo trabajador de Forjas Alavesas prejubilado que tenía la sana costumbre de pasear a diario por el Anillo Verde. Sus largos paseos a lo largo de las decenas de kilómetros de caminos entre vegetación, le habían permitido mantener intactas sus facultades como genuino hombre de campo, aunque hiciera ya muchos años que abandonase su pueblo y dejara de ser pastor. Por eso era hábil en observar la naturaleza y sabía distinguir el canto de los pájaros y descubrir el rastro de las pequeñas bestias del bosque que se acercan a las proximidades de la urbe en busca de refugio o alimento. 

Llegó el andarín con su habitual indumentaria de las mañanas, compuesta de zapatillas deportivas, pantalón de pinzas y gorra de colores de esas que usan los chavales. Su voz ronca y andar pausado infundió al instante calma en las mujeres, las cuales no paraban de hacer conjeturas sobre lo que podía haber pasado. No precisó de muchas explicaciones para hacerse una idea de lo que estaba ocurriendo ni para comprender la sincera preocupación de sus convecinas. Llamó el anciano primero a la puerta, dando un par de bastonazos sobre el zócalo inferior y viendo que nadie respondía desde dentro, asomó la cabeza más allá del marco, hacia la penumbra del interior del piso, llevándose el palillo hacia la punta de la boca como si fuera una sonda asomándose a las profundidades del abismo.

Viendo que no hallaba respuesta e impulsado por un gran arrojo, se adentró finalmente el hombre mayor en la vivienda, avanzando con pasos cautelosos a lo largo del pasillo, mientras las mujeres le conminaban a detenerse por precaución. Un suave olor a guiso le condujo de manera intuitiva hasta la cocina, donde un perol burbujeaba rodeado de una aureola dorada que le daba la apariencia de un antiguo caldero mágico. Un enorme cuchillo descansaba sobre la tabla de cortar y los verdes tallos de un manojo de puerros recién cortados atestiguaban su última misión.

Hipnotizado por el rítmico chup-chup de la cacerola, no reparó el indiscreto vejete en el cuerpo que yacía boca abajo en el suelo y con el que a punto estuvo de tropezar. Con el rostro desencajado, retrocedió rápidamente hasta volver a la puerta de entrada, donde las dos féminas  le aguardaban expectantes.

—¡Llamad a la policía, rápido! —les dijo sin dar más explicaciones, mientras extendía sus brazos para evitar que las mujeres entrasen.

Llevadas de una gran curiosidad, las comadres no paraban de hacerle preguntas: “¿Está muerto?”, “¿Se mueve?”, “¿Sangra?”. El rellano se llenó enseguida de vecinos, todos ellos de edad avanzada, pues los pocos jóvenes que vivían en el inmueble ya estaban trabajando a esas horas. Las mujeres se santiguaban, los hombres guardaban silencio y todos se lamentaban de que Fernando, el del segundo derecha, hubiera tenido tan mala fortuna.

La primera patrulla que llegó al lugar de los hechos, aparcó su coche en la acera. Una pareja mixta de agentes subió enseguida hasta piso, donde un pequeño grupo de consternados vecinos les recibió entre suspiros de alivio. Ellos les contaron que en el piso vivía el hijo de la difunta Faustina, un hombre de mediana edad que después de divorciarse había vuelto al barrio para cuidar de su madre enferma. Fernando trabajaba, vivía solo, no había tenido hijos y era aficionado a la práctica del ciclismo.

—Por eso a veces dejaba la puerta abierta, en el rato que le costaba llevar la bici hasta el balcón y regresar para cerrar—contaba la señora Eulalia, que conocía estos y otros detalles de la vida de su vecino de puerta con puerta, gracias a la mirilla electrónica que tenía instalada.

Avisó la pareja de ertzainas[1] inmediatamente a la ambulancia y mientras tanto entraron para poder auxiliar al individuo, que al parecer estaba inconsciente. La vivienda no mostraba signos de robo ni la puerta parecía haber sido forzada, pero al llegar a la cocina advirtieron un gran desorden, como si alguien hubiera removido el interior de todos los estantes. Se acercaron con cautela al hombre que había tirado en el suelo y enseguida pudieron constatar que ya era cadáver. Un fuerte golpe en la cabeza parecía ser la causa más probable de la defunción, aunque no era el origen del enorme charco de sangre que le rodeaba. Con la mirada desorbitada por el rigor mortis y la boca abierta en un desesperado gesto de dolor, el muerto tenía ambos brazos extendidos hacia adelante mostrando claramente la terrible amputación: todos los dedos de las dos manos le habían sido seccionados a la altura de los nudillos.

Oihana no pudo evitar una leve exclamación, mezcla de miedo y asco. Llevaba poco más de un año en el cuerpo y era la primera vez que le tocaba ver un caso de homicidio tan singular. Su compañero Javier, con muchos años de experiencia, también se mostraba sorprendido, pues nunca antes había visto una mutilación de esas características. Uno o dos dedos, sí, pero todos, no.

Cuando llegaron los sanitarios con la camilla y el desfibrilador, no fue preciso darles mayores explicaciones de que su presencia ya no era necesaria. Fueron alertadas otras patrullas de la zona y el protocolo reservado para estos casos se puso en marcha de manera automática. Sin descartar la posibilidad de un suicidio, todas las hipótesis estaban abiertas: desde un ajuste de cuentas, a un crimen pasional, pasando por los mil y un motivos que pueden llevar a una persona a quitarle la vida a otra.

Cuidaron los dos agentes de interferir lo menos posible en la escena del crimen hasta que llegaran los de la científica, sabedores de que el caso pasaría de inmediato a ser competencia del inspector de turno. Acordonaron la entrada, pidieron a los vecinos volver a sus casas y se dispusieron a custodiar al muerto hasta que llegaran los de la morgue.

El líquido de la cazuela comenzó a desbordarse a causa del largo rato de ebullición y Oihana, que era la más cercana a los fogones, procedió a apartarla del fuego por seguridad. El olor a puerro era inconfundible y las peladuras de patata que había en el fregadero lo atestiguaban: era una porrusalda de las de toda la vida lo que aquel hombre había estado cocinando de buena mañana. Un típico plato de la gastronomía vasca que había alimentado a generaciones de gentes del norte con los más humildes frutos de la huerta, lo mismo en tiempos de bonanza como de penuria.

Y no estaba aquella purrusalda elaborada de cualquier manera, a tenor de los ingredientes que aparecían desperdigados por toda la estancia, lo mismo tirados por el suelo como salpicando las paredes. El aceite de oliva procedía de los selectos trujales de Rioja Alavesa, la patata era de marca Euskolabel y el caldo casero había sido elaborado con carne ecológica de gallinas criadas en libertad. 

Se inclinó la agente sobre el enorme perol hirviente y antes de ponerle la tapa quiso echarle un vistazo. La zanahoria troceada daba colorido con su intenso color naranja al sencillo plato, que algunos todavía desdeñan por considerarlo simple guiso de hospital.  Entonces recordó la rica receta de su amama[2], que añadía laskas de bacalao desalado casi al final de la cocción. Y como en la magdalena de Proust, se sintió mágicamente transportada a su Ondarroa natal, al puerto, a la arena y al calor del hogar cerca de los suyos.

—El secreto de esta sopa es el dulce sabor y delicada textura del puerro.  Solo se cocina el cuerpo blanco que nace de la parte bulbosa, desechando las hojas verdes de un extremo y las raicillas del otro, que se cortan. Con la mano, se retiran las dos o tres capas externas y con el cuchillo se le hacen unos cortes a lo largo de la parte superior. Después se lava bajo el chorro de agua fría y de ese modo se elimina cualquier resto de tierra que pueda tener —oyó a una voz susurrarle al oído como si fuera el consejo de un chef.

La joven se giró sobresaltada y miro en derredor suyo para descubrir el origen de aquellas palabras. Pero no vio a nadie, estaba sola en la cocina, sin más compañía que la de  aquel cuerpo inerte que ya no albergaba el más mínimo aliento de vida.

—Deitu didazu?[3] —preguntó la joven a Javier con la voz entrecortada. El hombre se asomó al momento a la puerta con el walkie talkie en la mano, intuyendo por el tono de voz de su compañera que algo había ocurrido.

Oihana había perdido súbitamente el color de su rostro, que de repente lucía pálido como la cera y sus ojos reflejaban ese miedo que infunden los hechos inexplicables. Era la primera vez que veía así a su compañera de patrulla, que no solía arredrase ante las situaciones de riesgo.

—Ongi zaude?[4] —le preguntó mientras cortaba por un momento la comunicación con la base.

—Bai, noski, primeran![5]—respondió ella sin poder evitar que su cuerpo contradijera ostensiblemente sus palabras. La mano con la que aún sostenía la tapa de la cazuela temblaba en el aire como una hoja, mientras que con la otra apretaba con fuerza la funda de su pistola. De repente, la olla se rebosó y un denso líquido comenzó a desparramarse sobre la vitrocerámica, provocando que se disparase su pequeño pitido de alerta.

—Kontuz![6] —exclamó el agente mientras apartaba a la mujer de la cocina para evitar que se quemase.

La joven seguía en estado de shock cuando pudo ver el espanto reflejado en el rostro del veterano ertzaina. Ambos fijaron su vista sobre el perol de porrusalda y pudieron ver alucinados cómo un trozo de carne humana emergía entre las verduras. Era un dedo de una mano, sin duda uno de los amputados al hombre cuyo cadáver permanecía tirado en el suelo. Un pulgar ensangrentado, violentamente arrancado de la carne, con el hueso asomando entre jirones de piel y la uña partida. Un dedo que señalaba el atroz homicidio ocurrido aquella madrugada en el barrio de Zaramaga y que los medios no tardarían en pregonar como el crimen del cadáver sin dedos.

Autora: Feli Armiño


[1] Policías vascos

[2] Abuela

[3] ¿Me has llamado?

[4] ¿Estás bien?

[5] ¡Sí, claro, de primera!

[6] Cuidado

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