Estantes de papel

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Capítulo XI. Bizcocho de María. Arrazola. Atxondo

Mientras Javier está en La Rioja con Oihana, su mujer visita a una vieja amiga en Atxondo. Arantxa necesita preguntarle a las cartas qué pasa con su matrimonio.
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A la mujer de Javier le pusieron el nombre de Arantxa porque cuando nació, sus padres ya vivían en Oñate. Recién llegados de un pueblecito de León a finales de los años sesenta, la primera niña del matrimonio se llamó igual que la patrona de Gipuzkoa. Ni María del Carmen como la madre, ni Adoración como la abuela paterna; María Aranzazu, como aquella pequeña virgen, escondida entre una mata de espinos, que al ser descubierta por un pastor hizo que éste exclamara, en un arrebato de adoración mística: “Arantzan zu?”, “¿Entre espinos, tú?”

De lo que no tenían ni idea los progenitores de Arantxa es que el árbol de ramas espinosas y hojas aserradas, sobre el que hizo su trono la mismísima Madre de Dios, es en realidad un árbol sagrado que simboliza el amor y la protección. Cualidades que han caracterizado  desde pequeña a la esposa de Javier, dotándola de un marcado instinto maternal que le lleva a cuidar siempre de sus seres queridos. Pero hay algo más. El espino, conocido por los antiguos como el Árbol de las Hadas, es también la entrada al Otro Mundo, ése por el que Arantxa siempre ha sentido fascinación.

Por eso, cuando siendo ella sólo una niña, el cabeza de familia anunció que se trasladaban a Vitoria por motivos laborales, Arantxa, la más pequeña de la casa ni se inmutó y sin dejar de jugar con su muñeca Nancy, exclamó: “Ya lo sabía”. Los padres se miraron extrañados, pues nadie más aparte de ellos tenía conocimiento de la decisión tomada tan solo una semana antes, en la privacidad de su dormitorio. La amorosa madre levanta entonces el mentón de la chiquilla y le pregunta cómo es posible que lo sepa. “Tximist vino a decírmelo anoche”, desvela la niña Arantxa. Y todos ríen la infantil ocurrencia, porque no hay casa donde no haya una pila tximist de las que se fabrican en Cegasa, la misma empresa donde trabaja aita[1].

En lo que nadie repara es en que el día anterior hubo tormenta y que un geniecillo travieso al que le gusta jugar con los rayos y truenos estuvo merodeando cerca del domicilio, al anochecer. Arantxi, como gustan llamar a la pequeña Arantxa en su familia, se asoma entonces a la ventana de su habitación, sin que el miedo le disuada de abandonar su cama en mitad de la noche. Mientras todos duermen y los truenos retumban, ella apoya las palmas de sus manos sobre el cristal del ventanal y deja que su mirada se pierda más allá de la oscuridad del cielo nocturno.

Una fuerza sobrenatural en forma de descarga eléctrica atraviesa entonces su cuerpo a través de la sensible yema de los dedos y por unos instantes, la menor pierde la consciencia. Cuando Arantxa abre los ojos de nuevo, asiste anonadada al espectáculo de la aparición de Ortzi, el dios de los cielos en la mitología vasca, que se le muestra  sentado en su trono de gloria, rodeado de nubes y blandiendo en su robusto brazo un rayo a modo de espada.

Equivalente a Zeus en el Olimpo de los vascos, sobre Ortzi cabalgan a diario las diosas del sol y de la luna, dando lugar al ritmo circadiano que rige la vida de los seres vivos sobre la faz de la Tierra. Por el día, la diosa del sol, Eguzki Andrea, se yergue sobre Ortzi con sus refulgentes rayos de fuego. Y por la noche, la diosa de la luna, Ilargi Andrea, navega a través de Ortzi con su tenue brillo de plata. Cuando llega el amanecer, la diosa Ilargi regresa al seno de la Madre Tierra, Ama Lurra en euskera, para descansar; lo mismo que hace la diosa Eguzki cuando aparece el primer lucero del atardecer. Y de ese modo se suceden la una a la otra, las diosas del sol y de la luna, completando cada una su ciclo, en un baile sin fin con Urtzi que es el origen de la vida.

Junto a Ortzi, Arantxa puede ver también al chispeante Tximits, el hijo díscolo y travieso del padre celeste, que según la religión de la antigua Vasconia disfruta provocando tormentas y aguaceros.

Después de esa visión, Arantxa experimentó muchas otras, que se fueron espaciando más y más en el tiempo, a medida que ella fue creciendo, hasta que al llegar a la edad adulta, prácticamente desaparecieron. Solo con la ayuda de ciertas técnicas de yoga o meditación, conseguía la mujer retornar de vez en cuando a aquel paraíso perdido de percepciones extrasensoriales, que le acercaban a otras realidades más allá de lo racional.

Arantxa por lo demás llevaba una vida dentro de la normalidad. Casada, con dos hijos ya adultos, trabajaba como enfermera en el hospital de Txagorritxu y desde hacía ya unos años su vida transcurría por fortuna de forma apacible y segura. Hasta la aparición de Txorimalo. La sangrienta carrera de ataques mortales que mantenía en vilo a toda la sociedad vitoriana había coincidido de manera causal, que no casual, con el comienzo de una profunda crisis en su matrimonio.

Al principio fueron detalles que cualquier esposa hubiera sabido descubrir. Salidas sin justificar, mensajes a escondidas, pequeños lapsus. Todos señalaban a su nueva compañera de trabajo, una chica más joven y guapa. Nada nuevo bajo el sol. Pero no era la infidelidad lo que más preocupaba a Arantxa. Al fin y al cabo, las aventuras se van igual que vienen  y para los hombres siempre es más fácil. Lo que más inquietaba a la mujer de Javier era el nuevo brillo que irradiaba la mirada de su marido, una luz que iluminaba su corazón de un modo desconocido para ella, que tantos años había compartido a su lado.

En momentos de crisis, Arantxa miraba al cielo, como cuando era niña. Pero no lo hacía como su madre, para suplicar a los santos y encomendarse a la divina providencia, sino para reencontrarse con los dioses paganos que habían sobrevivido al paso del tiempo desde aquella lejana Edad Dorada de la que hablaban los clásicos. Un tiempo utópico de pacífica convivencia, basada en la cooperación y no en la jerarquía, la participación, la confianza y las relaciones basadas en el apoyo mutuo y el amor.

Arantxa decide llamar entonces a su amiga del alma en busca de consejo y apoyo, pues presiente que un cambio muy importante se avecina en su vida. Un acontecimiento que solo las cartas que aquella maneja pueden ayudarle a comprender. Por eso telefonea a Maritxu, una mujer extraordinariamente sensitiva y sabia que vive en un caserìo de Arrazola, en el valle de Atxondo, a los pies del mítico monte Amboto, donde la diosa Mari tiene su morada, en una gruta, en lo alto de la montaña.

—Arratsalde on, Maritxu. Arantxa naiz. Zer moduz?[2] — le dice Arantxa, nada más oír del otro lado del teléfono: “Bai, esan, nor da?”[3]

—Arantxa, aspaldiko! Zer nahi duzu?[4]

—Nahi nuke zurekin egon ea kartak botatzen didazun, mesedez.[5]

—Zeri buruz, maitia?[6]

—Nire senarrak kezkatzen nau.[7]

—Zer gertatzen zaio Javieri?[8]

—No sé, creo que hay otra mujer.

—Ya sabes, querida, que no me gusta preguntar al Tarot  sobre esas cosas. Porque lo  correcto sería preguntar qué pasa con tu matrimonio, ¿no crees?

—Tienes razón. ¿Podemos entonces hablar?

—Claro, dime qué día te viene bien y estaré encantada de recibirte en mi casa.

Arantxa conoció al que fuera su marido en un euskaltegi[9] y al curso siguiente, se hicieron novios. Estudiaban juntos muchas horas en la biblioteca y antes de salir con los ojos cansados de tanto memorizar leyes y reglamentos, a Javier le gustaba hojear los libros de astronomía, en la sección de ciencias naturales. Los secretos del firmamento, con sus estrellas, planetas y constelaciones le gustaban desde niño y quizá fuese esa pequeña afición lo que más le atrajo de él.

Todavía recordaba la primera vez que fueron juntos en un 127 Rojo a observar el firmamento, con un pequeño telescopio, al Jardín Botánico de Santa Catalina, en Trespuentes, cerca de Iruña de Oca. Fue  una noche de verano, de cielo despejado, en que la Osa Mayor, atravesando el cielo en su carro de luces, era visible con gran nitidez. Pero ella miraba al cielo de otra manera.  No era el interés científico, ni tampoco la trascendental búsqueda de Dios en el infinito lo que la impulsaba a levantar la vista hacia arriba, sino la búsqueda de los saberes perdidos.

 Por eso se sintió atraída por las cartas del Tarot desde la primera vez que las vio. Al principio, las láminas le parecieron en su  mayoría incomprensibles, como a la mayoría de los neófitos,  pero cuando descubrió las cartas de La Estrella, La Luna y El Sol supo que ese juego tenía significado para ella.

Por eso aquella tarde decidió llamar a su maestra Maritxu, para que la echara las cartas. Arantxa no era partidaria del uso adivinatorio del Tarot ni de otras mancias, por considerarlo pueril y superficial, pero a veces recurría a su consulta en busca de asesoramiento y porque no, de protección. Para ello, contaba con una persona de entera confianza, a la que conocía desde hacía muchos años y que poco tenía que ver con esas brujas de pacotilla a quienes solo anima la búsqueda del vil metal.

—Las cartas son bien claras —concluye Maritxu después de extender unos cuantos naipes sobre una tela de terciopelo negro—. Mira —le dice señalándole con un dedo índice que luce un ostentoso anillo de plata con una amatista engarzada — aquí está la carta de El Enamorado, que pese a lo que muchos creen, no es la carta del amor, sino la de la encrucijada — y prosigue con voz enigmática — ¿Ves al hombre que está entre las dos mujeres? Debe elegir entre la señora mayor que le aconseja regresar a la corte o entre la bella joven que le invita a seguir otro camino en dirección opuesta. Las dos le agarran del hombro; una le señala  la bolsa del dinero que lleva colgada de la cintura y la otra posa su mano sobre su pecho para recordarle que debe escuchar a su corazón.

—¿Y qué va a hacer? —pregunta Arantxa anhelante de respuestas.

—Ni él mismo lo sabe —responde la pitonisa —. Está indeciso, tal como indican sus pies, que apuntan hacia ambos lados, sin que todavía se encaminen de forma clara hacia un lugar en concreto. La cuestión es si volverá a la seguridad de lo que ya conoce o si se aventurará a iniciar una nueva vida. La figura de la esposa y madre le conmina a regresar con ellas. La novia y amante por otra parte le dice: “no mires atrás y sígueme”.

—Y tú, ¿qué crees que hará? —la consultante está ávida de certezas.

—No es lo que yo crea, potxola[10], hay que seguir mirando con atención, solo así nos hablan las cartas —le contesta con intención didáctica Maritxu —. ¿Te has fijado en el angelote con alas de ahí arriba? ¿Le reconoces, verdad? Es Cupido, el dios del amor, el que enamora con sus flechas. Su arco apunta hacia la chica.

—¿Significa eso que el hombre se va con la mujer más joven?—Arantxa teme un augurio poco favorable.

—No, solo significa que se ha enamorado, que su corazón está del lado de la joven. Podemos enamorarnos de tantas cosas en la vida, maitia[11]: de una persona, de un lugar, de una profesión. ¿Quién no ha sentido alguna vez la tentación de dejarlo todo y dedicarse a lo que de verdad le gusta? A viajar, a escribir, a pintar. Puede que tu sueño sea subir al Himalaya o vivir cerca del mar. Cualquier cosa que te haga sentir viva de verdad.

—¿Entonces vuelve conmigo?¿Es solo una aventura pasajera? —la esposa se empeña en arrimar el ascua a su sardina.

—¿A quién mira este hombre, Arantxa, el de la carta? —Maritxu quiere que su consultante saque conclusiones por sí misma.

—A  la mujer mayor, a la que está a su derecha.

—Exacto, porque El Enamorado siempre regresa a la corte, al mundo de artificio donde reinan los poderosos y lo único importante es tener y aparentar. Al final todo queda en un simple devaneo, un pudo ser y no fue, del que quizá algún día se arrepienta.

—¿Así que todo quedará en una simple aventura?

—No quieras adelantar acontecimientos, Arantxa, esta carta no habla del futuro, sino del momento presente —Maritxu sonríe y su cabello ensortijado de color zanahoria adquiere matices dorados bajo el tibio sol de la tarde —. En la carta, tú y Javier aparecéis reflejados con claridad. También la otra mujer. Fíjate bien. Es evidente que él es la figura masculina representada en el centro.

La varita de incienso que reposa sobre la mesa irradia un suave olor a sándalo que favorece la concentración, como si el tiempo se hubiese detenido y nada más importase.

—No hace falta que te diga quién eres tú —Arantxa no lo tiene tan claro y titubea —. La señora con corona de laureles y semblante serio —le confirma la lectora de cartas—. La chica guapa que adorna sus cabeza con flores y sonríe.es la otra mujer. Mírala, es como Marilyn Monroe en La tentación vive arriba —comenta Maritxu en un tono a medio camino entre la admiración y la ternura.

Un pequeño claro en el cielo hace reverdecer los prados salpicados de ovejas latxa que conforman el bucólico paisaje. Las nubes pasan rápido como si en lo más alto una carro de fuego se abriese paso por encima de las cumbres. Solo los viejos pastores que improvisan bertsos[12] en soledad perciben la presencia de la Dama de Amboto cruzando el firmamento y se preguntan a qué otra de sus morada se dirigirá.

—Ahora, céntrate y ponte en el papel de la esposa —alerta Maritxu a Arantxa— A ver, ¿qué le tienes tú que decir a El Enamorado?

La consultante observa la carta  por unos instantes hasta responder:

—¡Qué estamos casados!¡Qué no puede irse por ahí con otra mujer! —se la nota enfadada. Está que echa humo.

—¿Qué más le dice, Arantxa? —Maritxu quiere que se desahogue.

—Pues…que si ya no quiere estar conmigo, debiera decírmelo, pero no engañarme —argumenta la mujer mientras da un palmazo sobre la mesa—. Yo nunca le haría algo así —exclama con la dignidad que le otorga su condición de consorte agraviada.

—¿Cómo te sientes, Arantxa? —pregunta Maritxu, más como amiga que como adivina.

—Traicionada —respira hondo —. Decepcionada —apoya la frente sobre una mano —. Herida —las palabras salen de su boca como si fueran bolas de pelo.

—Es comprensible que te sientas así. Al fin y al cabo, él ha roto su promesa.—y añade como si estuviera declamando los versos de un tragedia griega —¡El compromiso! ¡El contrato! ¿Qué es tu matrimonio, Arantxa?—la voz de la tarotista ha abandonado su tono dramático y ahora suena más calmada— ¿Un acta firmada en un papel? ¿Un libro de familia? ¿Una hipoteca? —sus palabras escuecen como si fueran un chorretón de alcohol cayendo sobre una herida abierta— ¿Una cuenta corriente conjunta? ¿Dos alianzas y una cama compartida? —Arantxa quisiera taparse los oídos —. Respóndeme — le pide con firmeza.

—Es más que todo eso —Arantxa medita su respuesta —. Son dos hijos en común. Un proyecto de vida —los ojos se le llenan de lágrimas —. El sacrificio, los malos momentos que pasamos juntos, el esfuerzo de cada día — su voz empieza a ganar contundencia —. El mutuo cuidado. La familia. ¡Mi familia!— aprieta los puños cuando dice estás últimas palabras.

—¡La familia! Por favor, Arantxa, pareces Don Vito Corleone en El Padrino —sonríe la tarotista, a quien le gusta relativizar las cuestiones serias de la vida

A veces siento tanta rabia —estruja con rabia entre sus manos el pañuelo de papel que poco antes le ha servido de paño de lágrimas— .Quisiera pillarles juntos o mejor aún, ponerles un detective privado —la ira le impide pensar con claridad.

—Todavía estas muy verde, Arantxa — le dice la adivina en clara alusión a que el conflicto no ha hecho más que empezar — .Toma, coge esta carta y medítala cada día —le dice entregándole la carta VI, la de El Enamorado  — Ponte en el lugar de cada uno de sus personajes, son cuatro, no te olvides del travieso angelote que revolotea por ahí arriba. Habla como ellos, piensa como cada uno de ellos, actúa como si fueras ellos. Escríbelo, grábalo, represéntalo —Maritxu mueve los brazos para dar énfasis a sus recomendaciones—Y ya me contarás —concluye sonriente.

—No sé si seré capaz. Es tan doloroso todo esto —Arantxa se comporta ahora como una víctima —. Nunca pensé que pudiera ocurrirme esto a mí —afirma llena de incredulidad —Nos quedaba muy poco para cumplir las bodas de plata, ¿sabes? — gimotea —. Las cosas nos van bien —dice como si se resistiese a aceptar los hechos.

—Por cierto — Arantxa se suena los mocos —. ¿Podrías decirme cómo es ella? —de repente siente ganas de saber más de la otra mujer— ¿Es solo sexo o hay algo más? — quiere saber con interés morboso — ¿Habría alguna manera de atraerle de nuevo hacia mí? —pide a la desesperada.

—No, no y no. Y terminemos esta conversación aquí, antes de que me pidas un amarre o un muñequito vudú —le responde Martixu de manera chistosa para quitarle dramatismo al asunto.

La bruja conduce Arantxa hasta el jardín, donde tiene preparada la merienda en un bonito rincón soleado. Las dos se acomodan en un asiento de balancín con sombrilla que las hace sentirse como niñas sobre un columpio. El intenso aroma de los membrillos que reposan sobre la mesa en un bonito plato de cerámica les recuerda que la época de la cosecha ha terminado y que el inverno está cerca.

—He preparado esta infusión de ginseng especialmente para esta ocasión —le dice Maritxu—.  Espero que te guste.

—¿El bizcocho también lo has hecho tú? —pregunta la invitada.

—Claro, como todo —le responde su anfitriona sin querer dar más detalles.

—Parece muy especiado —Arantxa se acerca al postre para observarlo de cerca pues parece estar hecho con una yerbas que le dan un ligero color verdoso — ¿No lo habrás preparado con una de esas plantas que cultivas detrás de la casa? —pregunta mientras lo husmea con discreción. La pastelera evita contestarle y hace como si no le hubiera oído.

—¡Maritxu, no será este bizcocho de…ya sabes! —exclama Arantxa escandalizada.

—Come y calla —le dice Maritxu mientras le sirve un buen pedazo de bizcocho casero en su coqueta vajilla de Limoges.

Al poco rato las dos amigas ríen a carcajadas mientras se columpian en el balancín. La pequeña dosis de cogollos de marihuana triturados bien emulsionada con la mantequilla casera y añadida a la masa de repostería les hace por un momento olvidarse de sus problemas y disfrutar. El cálido toque de vainilla y canela sobre la harina bien tamizada, los huevos camperos recogidos esa misma mañana y la crujiente capa de azúcar sobre la corteza bien dorada les hacen celebrar cada bocado como si fuera una fiesta.

Cuando se abrazan para despedirse, ambas tienen un presentimiento en común: un acontecimiento crucial se acerca a la vida de Arantxa, algo que trastocará su forma de pensar y de sentir. Un verdadero reto que pondrá a prueba todos los saberes que ha adquirido hasta el momento acerca del mundo y de sí misma.


[1]  Padre

[2] Buenas tardes, Maritxu. Soy Arantxa. ¿Qué tal?

[3] Sí, dígame, ¿quién es?

[4] ¡Arantxa, cuánto tiempo sin verte! ¿Qué quieres?

[5]  Quisiera estar contigo para que me eches las cartas, por favor

[6] ¿A cerca de qué, cariño?

[7] Me preocupa mi marido

[8] ¿Qué le pasa a Javier?

[9] Academia para aprender euskera

[10] Bonita

[11] Querida

[12] Tonada popular tradicional en euskera

[13] Academia para aprender euskera

[14] Buenas tardes, Maritxu. Soy Arantxa. ¿Qué tal?

[15] Sí, dígame, ¿quién es?

[16] ¡Arantxa, cuánto tiempo sin verte!

[17]  Quisiera estar contigo para que me eches las cartas, por favor

[18] ¿A cerca de qué, cariño?

[19] Me preocupa mi marido

[20] ¿Qué le pasa a tu marido?

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