Estantes de papel

Blog de escritura creativa

CAPÍTULO 3: LAS NOTAS DEL TÚNEL

1 0
Read Time:3 Minute, 20 Second

Siente pesadez en el cuerpo, la humedad le traspasa la ropa y el aire enrarecido por la falta de ventilación le agobia. Cuando cruzó la puerta que el vikingo protegía, ella estaba firmemente convencida de que encontraría sin demora lo que allí abajo se escondía. Y no ha sido así. Cinco días lleva la treintañera recorriendo una y otra vez los distintos pasadizos que conforman el vial subterráneo de la localidad del Alto Deva.

Apoyada en la pared rocosa, la joven guipuzcoana suspira y vuelve a repasar el mapa que tiene almacenado en su terminal: una copia idéntica del dibujo que llevaba tatuado en su espalda Garikoitz. ¿Por qué no encuentra las señales?

Ingeniera de Caminos, Jaione realizó la carrera superior en Nueva York. Cuando finalizó los estudios, la contrató una empresa británica para diseñar diferentes infraestructuras por todo Norteamérica, incluidos varios túneles para ferrocarril. Durante ese periodo aprendió todo lo referente a las máquinas tuneladoras, incluso su conducción.

Recibe un mensaje en su teléfono satelital. Su contacto en el exterior le informa sobre la situación que ha dejado arriba. Se golpea la frente con la palma de la mano hasta que el dolor es tan intenso que debe parar. La muerte de Garikoitz no estaba prevista, parece ser que la dosis que le suministró para mantenerlo inconsciente fue excesiva. No ha deseado la muerte del que ha sido su compañero los dos últimos años. Hubo un tiempo en el que le cogió cariño. Es cierto, cuando necesitaba consuelo. Para él, Jaione era su primer amor. ¿Cuantas veces se lo escribió? Lo recuerda bien, 730 veces. Incluso la vez que le pegó al intentar quitarle la llave que siempre llevaba él colgada del cuello. Hasta en esa ocasión, Garikoitz le regaló esas palabras. No merecía morir, era un buen hombre que cumplía una misión igual que ella. Otro daño colateral. El de su marido y sus gemelas también lo fue. Y puede que no sea el último si las cosas se le complican.

Le llegan imágenes de sus hijas en la orilla de la playa. Las observa sentada, corren y sortean las olas junto a su padre en un mar revuelto en Moliets et Maa. No le importa que se mojen los pies o la ropa mientras sus voces gozosas se mezclen con el sonido de las olas al chocar contra la arena, con el burbujeo de la espuma y el crujido de las conchas. Mira un poco más allá, las olas corren paralelas a la playa como caballos dejando una estela a su paso. Tal vez ese fue el regalo más mágico que le otorgó la vida, tantas buenas sensaciones juntas en un solo momento. Y, sin embargo, la misma vida, la que le entregó tantos placeres, le arrebató lo que más amaba.

Recoge su cabeza entre las piernas, llora. Sus lágrimas se mezclan con el húmedo suelo arcilloso. Chilla, hasta que no puede más, hasta que la garganta le duele. Grita, ¿¡por qué a mí, señor… por qué a mí¡?

Al guardar silencio, escucha la respuesta de lo más profundo del túnel: unas notas, un compás, el rítmico sonido del goteo que le indica que debe seguir. Por su marido, por las gemelas.

La ingeniera despeja los pensamientos fatídicos de su mente y se centra en lo que ha ido a buscar: el acceso a la cavidad donde se supone que está almacenado el mineral. Enciende otra vez el potente frontal que tiene instalado en su casco. Enfoca la luz hacia un lado de la galería y comienza a andar, mejor dicho, a desandar lo andado. Llega hasta la puerta que le dio acceso a la gruta. Será la undécima y realizará las veces que haga falta ese recorrido hasta encontrar lo que busca.

Antes, escribe un mensaje a su contacto: «Kaixo, necesito que me suministres más víveres».

Y comienza a caminar iluminando la cavidad con su foco, siguiendo el sonido de fondo de ese concierto. Uno que le ha dado una idea.

Happy
Happy
0 %
Sad
Sad
0 %
Excited
Excited
0 %
Sleepy
Sleepy
0 %
Angry
Angry
0 %
Surprise
Surprise
0 %