Estantes de papel

Blog de escritura creativa

Capítulo X. Chuletillas al sarmiento. La Rioja

La comida de Oihana con Javier cada vez está más cerca, pero antes pasan otras cosas. Un rescate, un encuentro fortuito, una coincidencia.
4 0
Read Time:17 Minute, 49 Second

Cuando Oihana y Javier salen de comisaria después de su encuentro con el padre Luca en el despacho del comisario Ugarte, no pueden por menos que respirar aliviados a pesar de los momentos de tensión vividos. Su mayor temor, el de ser descubiertos en la investigación paralela y completamente irregular que están llevando a cabo de los crímenes en serie, no se ha cumplido y la sombra del régimen disciplinario que tanto podría perjudicarles, tanto ahora como en un futuro, se disipa. Con todo, los nuevos interrogantes que se plantean no dejan de ser cada vez más inquietantes.

—Bueno, pues ya pasó todo —comenta Javier más tranquilo cuando regresan al coche patrulla —. No ha sido tan grave como esperábamos —añade mientras se abrocha el cinturón de seguridad.

—Podía haber sido peor — coincide Oihana —. Pero no me negarás que tener al comisario mirándonos con cara de pocos amigos, mientras un cura enviado por el Vaticano te cuenta que el diablo que has visto en sueños existe y se  mete en el cuerpo de las personas, no es como para acojonarse. 

Javier no puede evitar soltar una risa ante el espontáneo comentario de su compañera, que todavía no se ha recuperado del susto.

—Te aseguro que he vivido situaciones más tensas en algunas reuniones de la mesa del comité —le comenta en un intento de quitarle hierro al asunto.

—¿Tú, en un sindicato? —se sorprende Oihana mientras aparta por un momento la vista de la vía.

—Sí, no sé de qué te extrañas — le responde él mientras le señala con un dedo hacia el parabrisas para evitar cualquier mínima distracción al volante —. ¿No tienen los funcionarios su representación sindical? Pues nosotros lo mismo, igual que cualquier trabajador. ¿O crees que hasta aquí no llegan los recortes?

— ¿Y crees de verdad que sirve de algo afiliarse a un sindicato aquí dentro? — le replica ella mientras aparca cerca del portal donde han recibido un aviso urgente.

— Depende del sindicato, como en todas partes —contesta el veterano agente mientras alza la vista hacia el alfeizar de un tercer piso por el que camina de forma despreocupada un bebe de poco más de dos años—. Para mí se trata de una cuestión de clase y de conciencia —le explica mientras se apresuran hacia el lugar, que ya ha sido acordonado por la Udaltzaingoa[1]—. Pero no me hagas mucho caso. Así ya solo pensamos los viejos —le dice mientras se abren paso entre una multitud de vecinos, viandantes y comerciantes que asisten con pánico a la escena del menor en riesgo de caer al vacío.

—A mí no me pareces viejo — puntualiza Oihana mientras suben con celeridad por las escaleras para asistir a los bomberos en el rescate.

—Eso es porque me ves con buenos ojos — le dice en voz baja cuando llegan al rellano —. Prepárate, Oihana — el tono de la conversación cambia y se centra en lo estrictamente profesional —. Serás tú quien se asome a la ventana para coger al niño. Cuando ven a una mujer se tranquilizan antes. En serio.

Después de respirar hondo y una vez se ha quitado la gorra de servicio para que se le vea bien la cara, Oihana se asoma a la ventana con la mejor de sus sonrisas, intentando atraer al niño con mil y una argucias mientras sujeta uno de sus peluches en la mano. No es la promesa de golosinas ni de juguetes, ni tampoco la invitación a ir al circo lo que decide al chavalín a lanzarse en brazos de la agente, sino la falsa noticia de que su madre acaba de regresar y le espera en la cocina para darle la merienda.

Cuando por fin consigue meterle en casa, todos los efectivos suspiran con alivio y felicitan a la joven por su buen desempeño. Mientras tanto, la adolescente que había quedado al cuidado del menor, no para de llorar con gran disgusto, pues nadie en la casa había previsto el riesgo que suponía colocar la camita del bebe justo debajo de la ventana.

La madre llega al poco rato, presa de un ataque de nervios y se hace de cruces cuando le explican que su retoño había conseguido abrir con sus tiernas manitas las pesadas láminas correderas del ventanal. La mujer les explica desesperada la necesidad imperiosa que tenía ese día de acudir al trabajo para ganarse un jornal y cómo la falta de otros apoyos le había llevado a solicitar la ayuda de la hija de una vecina, la única que se había prestado a cuidar de su hijo durante esa tarde a cambio de una pequeña cantidad de dinero.

—¿No te dije que no le quitarás el ojo de encima, desgraciada? —arremete con furia la madre contra la cuidadora, obligando a los agentes a separar a las dos mujeres para evitar que puedan agredirse.

Oihana asiste a la escena con el niño en brazos, que no para de llorar, esta vez asustado de verdad por los gritos y la violencia desatada dentro del hogar. La mujer policía se lleva al bebe a otra habitación y espera a que los ánimos se calmen mientras intenta distraer al menor con unos juegos. En menos de una hora están de vuelta en el coche patrulla.

—Asuntos Sociales está al tanto del caso y mañana mismo hará un informe —le dice Javier a su compañera cuando regresan a la base —. Lo has hecho muy bien, Oihana. No era fácil entre tanto revuelo.

—Eskerrik asko[2] — le dice su compañera con cierta desánimo mientras mira por la ventanilla. Y añade —. No puedo entender cómo unos padres pueden descuidar así a su hijo.

—No es fácil. No intentes juzgarlos. Quizá algún día, si tienes hijos, puedas entenderlo.

—¿Quieres decir que los que no tenemos hijos no podemos opinar? — protesta Oihana.

—Claro que puedes dar tu opinión. No te enfades, por favor —intenta calmarla —. Lo que quiero decir es que nadie te ayuda cuando tienes hijos. En Suecia, sí pero aquí, no. ¿Nunca te has preguntado quién cuida de los niños durante las vacaciones escolares o cuando se ponen enfermos? No todo el mundo tiene abuelos. Ni dinero para pagar una niñera. ¿Y sabes lo que te responden en el trabajo cuando les dices que no tienes con quién dejar a tu hijo pequeño? Exacto: búscate la vida.

—No digo que sea fácil traer hijos al mundo y menos en la sociedad en la que vivimos. Pero a veces se ve cada caso…—exclama la agente, que no puede evitar que los casos que involucran a menores le afecten de manera especial.

—Y lo de hoy no ha sido nada para lo que a veces nos toca ver. Te lo aseguro.

Una vez dejan aparcado el vehículo policial en el garaje de comisaria y entregan sus armas reglamentarias para que sean custodiadas en el bunker de Lakua, los dos agentes acuerdan encontrarse a la salida, después de cambiarse de ropa. Cuando vuelven a verse, el semblante de Oihana ya no refleja la crispación con la que había encarado su última conversación con Javier. Como si el simple hecho de desprenderse del uniforme ayudara a dejar al margen de la vida personal, lo vivido durante una complicada jornada de trabajo.

—Bueno, ¿entonces mañana nos vamos a comer esas txuletillas a La Rioja? —plantea con buen ánimo la joven.

—Por supuesto. Hice la reserva el mismo día que me dijiste que sí.

—¿Seguro que a tu mujer no le importa? —insiste ella.

—No, claro que no. También Arantxa sale con sus compañeros de trabajo y a mí no me molesta — aclara él —. De hecho, este fin de semana ha hecho planes para visitar a una antigua compañera de clase que vive fuera.

—Entiendo —asiente Oihana —. Supongo que después de tantos años de casados habéis aprendido a ser más tolerantes el uno en el otro.

La conversación se ve interrumpida  por el agente Txomin, que saluda a la pareja con un guiño. La última vez que le vieron fue la noche que mataron al obispo de Vitoria, a las puertas del Seminario, empapados de agua bajo una lluvia torrencial e intentando colarse en la escena del crimen.

—¿A dónde vas solo? ¿Tú no estabas en el grupo 3?— le pregunta Javier a Txomin con la confianza que da el conocerse desde hace muchos años.

—Acompaño al cura y a su testigo — les dice mientras los dos agentes fuera de servicio se miran con reciprocidad —. No sé quién está más loco: si el que lo cuenta o el que le cree.

Oihana observa al testigo al que hacen mención los informes confidenciales de los inspectores a los que ella ha tenido acceso de forma extraoficial. Parece un hombre normal a simple vista. Nada en su apariencia le delata como un demente o como alguien que tenga segundas intenciones. Por un momento, siente la tentación de acercarse al individuo y decirle que también ella ha visto al súcubo o como se llame. Pero se contiene, como si algo en su interior el dijera que todavía no ha llegado el momento de conocerse.

Quien sí ha visto bien a la mujer ertzaina ha sido el padre Luca, que no duda en saludarla desde cierta distancia, pero sin llegar a detenerse, como si otro asunto más urgente reclamase su atención. Lo que no escapa al agudo instinto  del sacerdote romano es el interés con el que los dos patrulleros se quedan mirando al hombre que le acompaña, como si también ellos supieran de quién se trata y quisieran hacerle preguntas. Aitor por su parte, pasa por delante de ellos sin apenas reparar en la pareja, con la mirada baja y las manos en los bolsillos, como si en su cabeza no cupieran más preocupaciones.

Cuando los tres hombres se alejan calle adelante, Oihana y Javier aprovechan para hacerse algunas confidencias referentes a los asesinatos que tanto les intrigan. Se preguntan cuál será el relato de Aitor y el motivo de que el padre Luca esté tan interesado en conocerlo, a pesar de que en homicidios apenas lo hayan tomado en serio.  Lamentan no haber llegado a tiempo a la publicación de un medio local con el que ha hablado el testigo, pues la noticia ha sido rápidamente borrada por orden del juez y todo lo que se ha sabido después, no son más que historias tergiversadas y carne de meme. 

—Si pudiéramos hablar con ese hombre — piensa Oihana en voz alta —. Porque está claro que el padre Luca no va a compartir sus averiguaciones con nosotros — comenta haciendo el gesto de cerrarse una cremallera delante de sus labios.

—O contactar con el periodista que le entrevistó —propone Javier quien, enseñándole su móvil, le dice —. Mira, se llama Endika Pinedo y trabaja para el Gasteiz Egunero. No sería difícil. Aunque supongo que en los próximos días va a terminar harto de tener que contestar a las preguntas de policía y fiscalía.

—Quizá si yo le explicase mis visiones, estaría más dispuesto a escucharme y a compartir su información con nosotros — concluye sagazmente Oihana.

—Sobre todo si una chica guapa como tú se presentase en la redacción y pidiera hablar con él en privado —piensa Javier sin poder contener esos pensamientos desbocados que le asaltan de vez en cuando y que no sabe de dónde le vienen.

—¿Qué te parece si la semana que viene nos acercamos por el periódico y preguntamos por Endika? —propone Oihana a su compañero.

—De acuerdo. Pero recuerda que antes tenemos pendiente una comida —le contesta— ¿A qué hora quieres que pase a buscarte mañana?

El sábado a primera hora de la mañana, Javier pasa por casa de Oihana para recogerla en su coche. La espera fuera, en la calle y cuando la ve salir del portal, no puede por menos que quedar impresionado. Su compañera está bellísima, con una imagen muy distinta de la habitual, pues por primera vez la ve vestida con falda y lucir un bonito escote.

La melena suelta y una atrevida trenza de raíz en un lateral, evidencian el laborioso trabajo de unas manos expertas, lo mismo que en el maquillaje y la manicura. Los ojos azules de la joven se ven realzados por un rotundo perfilado en color lila oscuro que los hace más profundos. Su boca se muestra jugosa gracias al juvenil labial rosa con brillo. Y sus pestañas parecen aletear como delicadas mariposas cada vez que baja la mirada. El perfume que lleva es el que utiliza de forma habitual, pero profusamente vaporizado por todo su cuerpo, por lo que resulta embriagador.

La joven se siente un poco atorada por los tacones y el bolsito de mano, pues no es el estilo casual de vaqueros ajustados y bolso tipo bandolera que utiliza todos los días. Los pendientes largos, las medias  de cristal, el sostén con realce la incomodan un poco, hasta el punto de preguntarse a sí misma porqué se ha dejado engatusar con tanta facilidad por todos los afeites y artificios del salón de belleza. Aunque da por bien empleado el tiempo y el dinero, ya que su piel se ve más bonita que nunca gracias a la exfoliación y a los masajes y por ello luce radiante.

El hombre por su parte, también presenta una imagen diferente a la de diario. Para la cita ha dejado de lado los polos y camisetas que usa de costumbre y ha optado por una elegante camisa que acompaña de una cazadora de cuero y unos vaqueros oscuros. Los pocos complementos que lleva  —calzado, cinturón, reloj —destacan por su calidad y no son ostentosos. Su perfume en esta ocasión es distinto al que usa de manera habitual, pues ha sustituido la fragancia deportiva y con notas frescas que utiliza de ordinario, por otra con más lujosa y masculina que le hace oler de manera única. El paso por las cuidadosas manos de un barbero ha hecho el resto.

 “¿Con quién sales hoy?”, le pregunta a Oihana su compañera de piso, una estudiante de postgrado de Filología Inglesa que suele pasar los fines de semana en casa con su novio. Y es que, aunque ella no quiera reconocerlo, se ha preparado como si se tratase de una ocasión especial. “Con uno del curro”, es la escueta respuesta que le da a Maitane. “Pues pareciera que has quedado con tu boyfriend”, le responde la universitaria apoyada en el quicio de la puerta mientras la ve marcharse.

La chica lanza un suspiro al despedirse de Oihana, pues ese fin de semana su novio le ha dicho que no podrán verse por motivos de trabajo. El chico es periodista y trabaja en un diario escrito de Vitoria. La famosa ola de crímenes de la capital vasca le ha tenido muy ocupado desde la última semana con multitud de ruedas de prensa y una entrevista en exclusiva que apenas le dejado tiempo para descansar.

Endika le ha contado a Maitane de modo confidencial que la única persona que dice conocer al asesino en serie ha hablado con él largo y tendido, en una conversación grabada de más de dos horas de duración en la que relata unos hechos extraordinarios. Ciertos o no, el caso es que concuerdan a la perfección con los informes policiales e incluso los complementa en sus numerosas lagunas.

Sin embargo, la publicación de la primera parte de la entrevista ha encontrado un  escollo casi insalvable a causa de las medida cautelares que han conseguido censurar el escrito y que han obligado a su borrado en la edición digital, así como a su retirada de los kioskos en el formato papel. A pesar de ello, el joven comunicador se resiste a que la historia sea silenciada y, aunque sus jefes le han pedido que por el momento deje de escribir sobre el caso, él se resiste a abandonar ese filón informativo. Por ello continúa transcribiendo las cruentas experiencias de su testigo, llamado Aitor, en forma de sangrienta crónica periodística, guiado de un deseo irrefrenable de dejar constancia por escrito de unos hechos y unas declaraciones que de lo contrario, corren el peligro de caer en el olvido.

—Maitane —le dice Endika a su novia en conversación telefónica—no cuentes conmigo para este finde. Algo muy gordo se está cociendo en esta ciudad y detrás de los crímenes, se esconden más cosas de las que nos están contando. Me consta que altas instancias están involucradas en el tema y todo apunta a que habrá más crímenes en las próximas veinticuatro o cuarenta y ocho horas.

La joven estudiante se asoma por al balcón para ver salir a Oihana con su apuesto acompañante y antes de regresar dentro de la casa, a su tesis doctoral y a otro fin de semana más por la zona de Cuesta con la cuadrilla[3] del campus, piensa que le hubiera ido mejor con un novio dentista.

—Egunon, Oihana! Oso polita zara[4]—le saluda Javier muy galante sin poder apartar los ojos de la joven.

—Mila esker[5] —le responde ella sin saber muy bien cómo encajar el cumplido — Ya veo que tú tampoco te has venido en chándal —le dice medio en broma para intentar disimular que también ella ha quedado gratamente sorprendida por la atractiva apariencia de Javier.

La realidad es que los dos están nerviosos y por eso no se atreven ni a saludarse con un beso en la mejilla. El coche está más limpio que nunca, se nota que ha pasado por el túnel de lavado. Y los dos se han acicalado con esmero, como si acudiesen a la boda de un amigo o algo parecido. ¿A quién pretenden engañar? ¿Es la comida una excusa para tener una cita de pareja? ¿Es una simple quedada entre compañeros de trabajo o algo más? Ambos saben que sí. Por eso Javier le ha contado a su mujer que solo es un encuentro entre viejos amigos y Oihana ha excusado su asistencia a una cena con el grupo de amigas de su pueblo.

Pero una vez que salen de la ciudad y toman la carretera hacia las Conchas de Haro, todos los prejuicios quedan atrás: la edad, el estado civil, la relación laboral. Y solo quedan dos personas unidas por una relación muy especial, mezcla de amistad y franca camaradería, que pocos podrían entender. El feeling es evidente y va más allá del simple flirteo. Los silencios, las miradas, una simple sonrisa, un comentario, una broma son los cimientos en los que día a día se ha ido fraguando una relación casi fraternal. Una amistad entre hombre y mujer, acompañada de una enorme atracción física, que  la mayoría calificaría como de “amigos con derecho a roce” y que los más groseros llamarían simplemente de “folla-amigos”.

La comida es deliciosa y transcurre de forma amigable entre una conversación distendida, no exenta de comentarios graciosos y también de confidencias. Oihana ríe y todo el comedor se ilumina con su sonrisa y su belleza. Javier a veces no puede evitar distraerse con los pequeños detalles: las pulseritas que tintinean alrededor de su grácil muñeca cuando hacen brindar sus respectivas copas de vino, la cucharilla de postre que acaricia sus labios con cada dulce bocado, la servilleta que reposa sobra su regazo y que se impregna de la tibieza de su cuerpo. Oihana se siente a gusto, relajada y a él le complace verla así, porque su sola presencia le hace feliz.

De vez en cuando, la joven mira la pantallita de su móvil y ve los watxap[6] de sus amigas de Ondarroa, que se han ido sucediendo a lo largo del día con multitud de emoticones y comentarios picantes.

—Baina, zein da Javier hori?[7] —pregunta la más despistada del grupo, que trabaja en Madrid.

—Oihanaren Gasteizko larru-laguna[8] —responde otra enseguida, acompañando el mensaje de una larga hilera de dibujitos con forma de plátano.

—Eta ohera elkarrekin doaz?[9]—quiere saber la de la capital del Reino.

—Auskalo![10]— aunque el mensaje va acompañado de un montón de corazones flechados que lo confirman.

—EZETZ![11] —puntualiza la mencionada—. Que sólo hemos venido a comer txuletillas a La Rioja.

—¡Ese lo que quiere es que le comas el txitxarro,[12] txotxola[13]! —exclaman a carcajadas sus amigas desde el otro lado.

—Os repito que solo es una comida del trabajo —insiste Oihana sin mucho éxito.

—Lasai, neska[14] —puntualiza entonces otra amiga —Oso ondo ulertzen zaitugu[15]. Irse a comer txuletitas o como quieras llamarlo. Pero, ¿para eso hace falta irse tan lejos? —dice con ironía mediante mensaje de voz.

—¡Qué son chuletillas al sarmiento! —insiste Oihana, a sabiendas de que nada va a hacer desistir a las del grupo de continuar la broma.

A lo que otro audio, replica un poco más tarde:

—Oihana, ¡déjate de ostias y dile a ese tío que te lleve de sidrería, a comer buen txuletón!


[1] Policía Local de los municipios vascos

[2] Gracias

[3] Grupo de amigos con os que se sale de tragos

[4] Buenos días, estas muy guapa

[5] Gracias. Tú también estas muy elegante

[6] Whatsapp

[7] Pero, ¿quién es ese Javier?

[8] El amigo con derecho a roce de Oihana en Vitoria

[9] ¿Y ya se acuestan juntos?

[10]  ¡Quién sabe!

[11] ¡Qué no!

[12] Chicharro o jurel. Sinónimo de pene

[13] Tontita, alelada.

[14] Tranquila, chica

[15] Te entendemos perfectamente

Happy
Happy
0 %
Sad
Sad
0 %
Excited
Excited
100 %
Sleepy
Sleepy
0 %
Angry
Angry
0 %
Surprise
Surprise
0 %