Estantes de papel

Blog de escritura creativa

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Capítulo IX. Sopas de ajo con pan sopako. Lovaina.

Aitor se entrevista con el padre Luca y por fin encuentra a alguien que le crea. Su testimonio acerca de los crímenes de Txorimalo resulta revelador. Solo las sopas de ajo de una monja vasca podrán ayudarle a conciliar el sueño al emisario del Papa.
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El padre Luca se dirige hacia la sala de interrogatorios, donde le espera desde hace casi una hora, el primer y único testigo de los desmanes de Txorimalo. Después de disculparse por la tardanza y una vez hechas las presentaciones, el sacerdote invita a Aitor a conversar en un lugar más acogedor.

—¿Qué le parece si damos un paseo mientras charlamos con más tranquilidad? —el padre Luca contiene a duras penas, tras una sonrisa forzada, su tremendo cabreo con el comisario Ugarte, que ha predispuesto de forma negativa a su principal informante, después de retenerle durante largo rato en una fría sala de comisaria. El hombre asiente condescendiente, no sin antes mostrar su disconformidad por ser llamado de nuevo a declarar.

—¿Qué más quiere que le cuente? Se lo dije todo a la policía. Además, ya he hablado con los periodistas. Ellos son los únicos que me han creído.

Caro amico —se permite decirle el sacerdote con la mayor cordialidad —. Estoy seguro de que los que llevan el caso no han echado en saco roto su declaración, pero créame, ninguno le va a escuchar como prometo hacerlo yo. Por otra parte, los periodistas solo buscan notoriedad, un titular. Y dudo que lo que publiquen llegue a buen puerto.

Aitor queda impresionado por las palabras del sacerdote, el cual poco a poco va ganándose su confianza. Acompañados del agente Txomin, que ha recibido órdenes tajantes de no perder de vista al cura y a su acompañante, salen de comisaria y comienzan a caminar hacia la tranquila cafetería de un hotel de lujo próximo. Cómodamente sentados frente a un café,  —Aitor se ha pedido una caña —, en un discreto rincón alejado de la barra, los dos hombres conversan de forma amigable hasta que el espía del Vaticano le pregunta como quien no quiere la cosa:

—¿Cree usted en Dios, señor Ortiz de Urbina?

—Siento decirle que no, padre. Las cuestiones de fe nunca me han preocupado de manera especial. Estudié en un colegio de curas y todo eso. Me casé por la iglesia, más por complacer a la familia que por plena convicción. Y ya no me acuerdo de la última vez que fui a misa. Solo creo en las buenas personas. La religión es un rollo.

—¿Y en el demonio?¿Crees usted que existe el Mal?

—Vaya si lo creo. El mundo está lleno de indeseables que pueden hacer de tu vida un infierno. En el demonio, sí que creo. Lo he visto con mis propios ojos.

—¿Era como éste? —el cura le muestra la antigua ilustración del súcubo que guarda en la galería de imágenes de su móvil. La cara de asombro de Aitor lo dice todo.

—¿Por qué no me cuenta lo que vio ese día?

—Ya se lo conté a la ertzaina con pelos y señales, a pesar de su incredulidad. Pero eso ahora, para mí, es lo de menos. Lo peor vino después, padre Luca.

—¿A qué se refiere?

—A las visiones, a los sueños. He visto todos y cada uno de los crímenes cometidos por ese diabólico ser a través de sus ojos y de los de la propia víctima. Sé que parece increíble, pero así es. Se trata de sueños muy vívidos, como si estuviera viendo en una película todo lo ocurrido. — Aitor sabe que lo cuenta es difícil de creer.

—¿Y cuándo se producen esos sueños,  antes o después de haber sucedido los homicidios? — el sacerdote quiere saber si se trata de sueños premonitorios.

—Una vez ya han ocurrido. Siempre es a posteriori. Imagínese cuando al día siguiente podía comprobar a través de las noticias que lo que creía había sido solo una pesadilla, había ocurrido en realidad.

—¿Ha tenido una visión cenital durante esos momentos de inconsciencia? — Aitor no parece entenderle bien —. Me refiero a si los ha visto desde arriba, como si estuviera sobrevolando la escena. Como si se estuviese grabando todo desde un dron.

—Ahora que me lo dice, sí — Aitor entra en detalles —. Aún no he conciliado el sueño, cuando siento como si saliese de mi cuerpo, hasta el punto de que puedo verme a mí mismo desde arriba, como si estuviera flotando a ras del techo.

El padre Luca va tomando notas con su estilográfica en una pequeña libreta  de tapas negras. A pesar de las nuevas tecnologías, los agentes del Vaticano siguen manteniendo antiguas directrices, como la de registrar sus averiguaciones por escrito, para que así consten de su puño y letra, en unos cuadernillos que imprimen ex profeso una monjas Clarisas de Croacia. “Viaje astral” es una de esas anotaciones, al hilo de lo que el testigo le va contando.

—Míreme, apenas he pegado ojo en los últimos días,  —prosigue Aitor— por miedo a que esos sueños vuelvan a repetirse. Se lo he contado al siquiatra, a mi abogado, a mi esposa. Pero todos se limitan a escucharme en silencio, sin atreverse a decirme lo que en realidad piensan.

—Yo sí le creo — afirma el foráneo con gran seguridad.

—¿De verdad? — responde Aitor con tono de alivio —. Y dígame, padre Luca, ¿cómo puedo librarme de esto? Si sigo así, creo que voy a volverme loco —le confiesa sin poder disimular la desesperación que le carcome por dentro.

Y de ese modo, Aitor comienza a contar al padre Luca cada uno de los crímenes de Txorimalo, tal como los ha visto en sus sueños, como si se tratase de una singular confesión en la que no mediaran oraciones ni actos de contrición. El sacerdote le escucha con gran  atención, escrutando cada gesto de su confidente, valorando cada inflexión en su voz. De vez en cuando, el diplomático garabatea con rapidez unas notas que sólo él puede entender. Y es que la historia que para el común de las personas sería calificada como de sorprendente, cuando no del todo inverosímil, cobra a oídos del hombre de fe un significado más profundo, más próximo al mundo de lo paranormal que al de la ciencia.

La transcripción de las notas del padre Luca dan lugar primeramente a los dos relatos que se exponen a continuación. Ambos son el resultado de la combinación de las investigaciones que los hombres de negro del Papa han llevado a cabo de forma paralela a la policía autónoma, sumadas a las peculiares vivencias de Aitor. Sus protagonistas son las dos víctimas de los últimos días: el obrero de la zona industrial de Gamarra y el ejecutivo de las oficinas de la calle Postas.

Saúl. El descoyuntado. Lujuria

Son más de las diez de la noche y Saúl sale fuera del taller donde trabaja, para darse un respiro. Ya le queda poco para completar el encargo que tenía que haber terminado para ese mismo día, pero que una indisposición de las que suele padecer, le había impedido cumplir. Antes de apagar su cigarrillo, el hombre divisa al otro lado de la carretera a una joven prostituta de origen nigeriano que se comunica con él por señas. La chica es joven, viste un diminuto vestido que apenas le tapa el trasero y calza botas de tacón alto hasta la rodilla.

Saúl no puede resistirse a los cantos de la bella sirena, que no duda en abrirse el abrigo para mostrarle con descaro su prominente delantera, de la que da buena cuenta un generoso escote. Después de acordar el precio, la mujer le conduce hacia un lugar oscuro para tener sexo rápido detrás de unos matorrales.

El hombre se desata el mono de trabajo a la altura de la bragueta y deja que la belleza de ébano le manosee entre los muslos hasta que consigue una ligera erección. De manera brusca, Saúl acerca la cabeza de la muchacha a su entrepierna y le conmina a que abra la boca para que le practique una felación. El miedo es más fuerte que la arcada y la mujer cierra los ojos mientras sostiene el pene flácido de su cliente, que huele a orines y grasa de máquina. 

Las primeras succiones hacen que el hombre cierre los ojos de gusto, hasta que recibe un pequeño mordisco en sus partes que le hace exclamar enfadado: “¡Cuidado!”. Continua la mamada, una de las más placenteras que haya recibido en su vida, hasta que de nuevo otro mordisco, éste más fuerte, le hace bramar: “¡Que tengas cuidado, joder!”. Pero la fulana no parece escucharle y continúa chupándole la polla de forma cada vez más agresiva, hasta el punto de que el hombre la aparta de su lado de un manotazo que la hace caer al suelo.

Convertida en un bulto amorfo que no se mueve, la mujer no responde a las demandas del putero, el cual se agacha sobre ella para rebuscar entre sus bolsillos con la intención de recuperar su dinero. Cuando ya ha conseguido el billete de diez euros y se dispone a abandonar el lugar, sin preocuparse lo más mínimo por el cuerpo que yace inconsciente, una voz más allá de las sombras le llama por su nombre. Asustado, echa a correr hasta el taller, pero comprueba con horror que la puerta está cerrada. Corre entonces hacia un bar cercano, que todavía no ha echado la persiana y atraído por una pequeña luz que llega desde la cocina, se adentra hasta el almacén.

Ninguna voz responde a sus llamadas, como si el local hubiera sido abandonado de repente, tanto por empleados como por clientes. El hombre aprovecha el eventual abandono del negocio hostelero para abrirse una cerveza, sin intención alguna de abonar la consumición. La bebida alcohólica alcanza su reseco gaznate en un par de tragos largos que al poco se convierten en un grosero eructo que delata su presencia.

“¿Hay alguien por ahí?”, pregunta al aire cuando oye unos pasos acercarse. Unos gruñidos como de animal salvaje ponen en guardia a Saúl, que no duda en agarrar con fuerza la llave inglesa que lleva guardada en un bolsillo. El cansancio tras una jornada de trabajo intensiva, los efectos acumulados del alcohol —pues la cerveza que se ha agenciado gratis es la última de las muchas que se ha tomado a lo largo del día— provocan que se le nuble la vista. Siente los sentidos embotados, un pitido ensordecedor en los oídos y sus rodillas se doblan por efecto de un súbito temblor que le paraliza.

Nuevos pasos, esta vez sobre el techo, le hacen levantar la vista. Cuando de repente, surgido como de la nada de entre las tinieblas de la noche, se le abalanza una bestia furiosa, una especie de perro salvaje del que se defiende como puede. La lucha es encarnizada. Los golpes metálicos que le asesta con la herramienta que lleva consigo apenas pueden con la criatura, que demuestra una fortaleza sobrenatural. Los mordiscos, las dentelladas se suceden y la sangre vertida a través de las heridas abiertas parece enloquecer aún más al animal.

Finalmente, una desafortunada caída hace que Saúl reciba un fuerte golpe en la cabeza al caer sobre una garrafa de cerveza y que fallezca prácticamente en el acto al desnucarse. Sabedor de que el impacto ha sido mortal, el monstruo se acerca con cautela, olisquea al moribundo, que da sus últimos estertores y espera a que deje de moverse. Cuando la mirada del hombre queda clavaba por la súbita muerte, la bestia le arranca una pierna de cuajo y deja que su víctima se desangre en cuestión de pocos minutos.

La cocina sigue con la luz encendida. Nadie ha podido ver ni oír nada. Txorimalo observa los peroles recién fregados y no puede resistirse a la tentación de encender los fogones. Cuando descubre una pieza de bonito de más de doce kilos en el congelador, decide dar el cambiazo y poner la pierna de su víctima aún caliente en su lugar. Una voz desde el fondo del mar le dice lo que tiene que hacer con una sola palabra: marmitako.

Ibón. El destripado. Avaricia

Seis de la mañana. Aún no ha amanecido y las farolas siguen encendidas. Un hombre camina por la calle desierta. Ha pasado toda la noche trabajando en su despacho. La decisión ya está tomada. Un despido colectivo en forma de ERE que reducirá de manera drástica el personal de ventas mediante el cierre de casi un treinta por ciento de los puntos de atención al cliente.

No es la primera vez que se acomete un proceso similar en la empresa, la cual lleva concatenando en los últimos años sucesivos expedientes de regulación de empleo así como cambios sustanciales de las condiciones de trabajo, los cuales se han ido alternando en un proceso continuo de devaluación de las condiciones de trabajo. El resultado en cualquier caso es siempre el mismo: más recortes y más precariedad. Y siempre para los mismos.

El procedimiento es ya conocido por todos. Un mes y medio de negociaciones durante el cual se vivirá cierta convulsión social dentro de la empresa; dos o tres convocatorias de huelga y al final, un acuerdo con los sindicatos mayoritarios con ciertas concesiones por ambas partes, empresa y representantes de los trabajadores. De por medio, la misma milonga de siempre acerca de los malos resultados económicos que obligan a un cierre masivo. Y vuelta a empezar. El caso es tener satisfechos a los accionistas. Así es como funciona una multinacional con sede en un paraíso fiscal.

Ibón no siente el más mínimo remordimiento, porque las reestructuraciones de personal están a la orden del día. Además, desde recursos humanos tienen experiencia en lidiar con estos y otros asuntos problemáticos, los cuales suelen resolverse mediante la vieja táctica del “divide y vencerás”. Por otra parte, nadie es ajeno a las serias dificultades que viene arrastrando la empresa a causa del descenso de las ventas y que se ha agravado a causa de la crisis post- covid.

Los tiempos cambian y el comercio on-line se ha revelado como una inmejorable oportunidad de negocio, en la que numerosos gastos se reducen de manera drástica, desde alquileres a sueldos, pasando por impuestos y facturas diversas. El futuro ya está aquí, se llama era de la digitalización y todos la hacemos posible a través de nuestras pequeñas y grandes decisiones como ciudadanos y consumidores.  

—Y si no lo hacemos nosotros, lo hará la competencia —se repite Ibón—. El resto serán daños colaterales, pero tampoco hay que dramatizar.

Atraviesa por la plaza de Santa Bárbara en dirección al aparcamiento, cuando de repente una alucinación sume su mente en el caos. Siente cómo sus pies dejan de pisar asfalto y comienzan a hundirse bajo un suelo pantanoso. Las farolas han sido sustituidas por árboles y los sonidos de la urbe —vehículos, sirenas de ambulancia — han desaparecido bajo una multitud de pequeños ruidos producidos por animales —trinos, aullidos, graznidos— que lo sumen en un paisaje de agreste naturaleza. Sale como puede de las orillas de la laguna, en la que se ha visto empantanado de forma tan inexplicable y comienza a caminar sin dirección abriéndose paso con dificultad entre la espesa vegetación. Una densa niebla apenas le deja ver más allá de un metro y su humedad consigue traspasar la fina tela de su traje chaqueta hasta hacerle tiritar, no sabe bien si de frío o a causa del miedo. El berrido de un ciervo le alerta de su proximidad y por temor a ser sorprendido por el astado decide esconderse entre unos arbustos, cerca del agua.

Un objeto punzante comienza a golpearle por sorpresa en la cabeza y cuando se gira para ver de qué se trata, descubre a una garza de dimensiones fuera de lo normal en actitud amenazante. El hombre intenta zafarse del furibundo ataque del ave zancuda pero unas extrañas raíces surgidas de las profundidades de la tierra se lo impiden asiéndole con fuerza de los tobillos. Ibón grita, pide auxilio pero es en vano porque ninguna persona puede oírle. Unas excavadoras comienzan entonces a sonar a lo lejos, ahogando el eco de sus alaridos, que se hacen cada vez más desesperados. La desproporcionada ave carnívora empieza a arponearle con el pico, que más que de hueso pareciera estar hecho de metal.

El maletín de alto ejecutivo cae al suelo y todos los papeles echan a volar aventados por una extraña brisa que tiene su origen en el mismo corazón de los humedales. La garza asesina se ensaña con el humano, clavándole su afilado pico por todo el cuerpo como si fuera un puñal. Las agónicas llamadas de socorro del infortunado directivo son acalladas por un coro de cigüeñas cómplices, que abandonan sus nidos para crotorar al unísono alrededor del herido de muerte.

Los picotazos alcanzan a Ibón en un ojo, hasta el punto de hacerle estallar el globo ocular y se ensañan con especial dureza en su abdomen, provocándole una herida tan profunda que deja al descubierto buena parte de sus intestinos. Las aves del humedal no cesan en su ataque hasta que una extraña criatura aparece en escena y las conmina a detenerse. Su sola mirada reptiliana es suficiente para hacerles humillar el largo cuello y no dudan en obedecerle con singular mansedumbre. El demonio les ordena en un idioma élfico que abandonen el lugar y una vez se queda a solas con la agonizante víctima, le susurra unas enigmáticas palabras al oído que provocan su muerte instantánea por parada cardiaca.

Cuando el hombre exhala su último suspiro, su cuerpo sin vida regresa al mismo lugar donde se inició la terrible visión, es decir a la plaza de Santa Bárbara, mediante un fenómeno de telequinesis provocado por la mente prodigiosa de Txorimalo. Para ser más exactos, el cadáver es teletransportado hasta la zona escultórica que recrea los humedales de Salburua, lo que sucede poco antes de abrirse el mercado al aire libre de los jueves.

El aire fresco de la mañana, abre el apetito del ente diabólico, que pronto repara en el camión de reparto que transporta desde el matadero de Zubillaga sabrosas cintas de chuletas de vacuno para las carnicerías del mercado de Abastos. Unos suculentos txuletones llaman poderosamente su atención y por eso decide liberarlos de su cautiverio dentro de una triste cámara frigorífica, para darles el glorioso final que se merecen, cocinadas sobre unas buenas brasas por unas manos expertas. El resto es menú de sidrería.

—Disculpen padre Luca y compañía — el ertzaina Txomin, que ha permanecido fuera durante la conversación, apostado en la puerta del hotel de cinco estrellas, se acerca para avisarles de que su turno está próximo a su fin.

—Por supuesto, señor —responde el padre Luca con gran comprensión —. Olvidé su hora de salida. Supongo que tendrá una familia que le espere en casa, ¿no es así?

El policía autónomo sonríe y le cuenta que está casado desde hace más de veinte años y que es padre de familia de tres hijos, todos varones. “Dos son mellizos”, puntualiza.

—Le felicito señor Txomín, los hijos son una bendición de Dios —le dice mientras junta las manos y mira al cielo —. Por cierto —y se vuelve hacia Aitor —. No me ha dicho si usted también tiene descendencia.

—Dos chicas, de veinte y catorce años —responde el civil dibujando una sonrisa de satisfacción en su rostro. Por otra parte, su conversación con el sacerdote le ha reportado una serenidad interior como no sentía en mucho tiempo.

—Le agradezco que me haya escuchado con tanto interés y sobre todo que se haya tomado en serio mi relato. Sé que no es fácil —le confiesa cuando regresan por el mismo camino a comisaría.

Los dos se despiden, no sin antes concertar una nueva cita para el día siguiente, pues todavía quedan en la memoria de Aitor algunos crímenes por relatar. El padre Luca se ha revelado como la única persona hasta el momento capaz de desentrañar los hondos significados de tanto horror. Por eso el testigo no ha puesto pegas en volver a encontrarse, aunque sea durante el fin de semana, anteponiendo su encuentro con el enviado de la Santa Sede a otros planes de ocio. Pues, ¿de qué sirven todos los placeres de este mundo —una buena mesa, una buena compañía, un paraje idílico — si te falta paz de espíritu?

Esa noche el padre Luca toma acomodo en la pequeña y pulcra habitación que el Obispado le ha proporcionado con gran hospitalidad en sus dependencias del centro de la ciudad, cerca de la Catedral Nueva. Antes de acostarse, una de las hermanas llama a su puerta para ofrecerle una infusión a modo de recena.

—Por si las sopas de ajo de la hermana Consolación le hubieran sentado pesadas, padre — le dice la religiosa muy servicial mientras le deja la humeante taza de manzanilla con anises sobre la mesa del escritorio.

La verdad es que, a pesar de sus reticencias iniciales, la sustanciosa sopa tan popular en las mesas del norte peninsular le ha sentado de maravilla. Y eso que lleva como condimento, no solo el humilde ajo, tan presente en la cocina mediterránea, sino también pimentón o paprika, además de guindilla seca. Todo ellos bastante picantes.

—¿No será demasiado fuerte para la cena? —pregunta el italiano cuando unas horas antes le anticipan el menú de la noche.

Aunque lo que en realidad le preocupa, tanto o más que los estragos que pueda causar el picante en su delicado estómago, sea el aliento con sabor a ajo que le puede acompañar durante toda la noche y hasta bien entrada la mañana del día siguiente. Peccata minuta de vanidad.

—Descuide, padre Luca—le dice uno de los sacerdotes locales que se sienta junto a él en la mesa, el cual le explica amablemente la receta para disipar cualquier objeción del extranjero al sabroso plato—. El ajo se dora ligeramente en el aceite para que le dé sabor y se retira para freír en la misma cazuela, un poco de panceta fresca. Lo que hace especial a estas sopas de ajo  —prosigue el anciano cura, que en poco se diferencia de sus feligreses por la llaneza en su forma de hablar y vestir — es el pan sopako con el que se elabora y cuya traducción literal en euskera es “para sopa”. Mire — se dirige a la cocina para volver con una de las finas barras tostadas con  forma de aro que da nombre al plato —. La miga es compacta y seca, por eso no se deshace en el caldo y su corteza le da un color y sabor muy especiales. También se le conoce como pan de Oñate, por ser oriundo de esa localidad del interior de Gipuzkoa.

—Y  lo mismo sirve para a las sopas de ajo, que para las de pescado, incluida la zurrukutuna, una sopa típica del País Vasco que se hace con ajo y bacalao — añade la ayudante de cocina, una vigorosa monja nacida en un caserio de Cestona y curtida en décadas de labor misionera en el África tropical.

El recio pan moreno de los vascos sorprende gratamente al foráneo cuando descubre que, tras el pan seco con marcado sabor a levadura y masa madre, se esconde un interior consistente que al hidratarse con el caldo, adquiere una textura melosa al paladar que se funde en la boca. Toda una alegoría del carácter de los vascos que tienen en la cocina unos de los máximos exponentes de su cultura.

Cuando los religiosos reunidos para la cena responden al unísono “amén”, una vez concluida la bendición de la mesa, el presbítero que la preside entona un enérgico “on egin”[1] que hace que todos los presentes se giren sonrientes hacia el extranjero en señal de amorosa bienvenida. El padre Luca, sinceramente agradecido, levanta su vaso y les responde con su inconfundible acento cantarín: “Salute”.


[1] Buen provecho

Autora: Feli Armiño

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