Estantes de papel

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Capítulo VIII. Café Espresso . El Ensanche.

Un emisario de Roma. Un dibujo del siglo XVI. Unas mujeres furiosas. Y un Txorimalo que disfruta viendo a los humanos sumidos en el caos.
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La muerte del obispo de Vitoria ha sido la gota que ha colmado el vaso y desde el departamento vasco de Interior se decide tomar cartas en el asunto, visto el nuevo cariz que han tomado los acontecimientos. Lehendakaritza[1] recibe una llamada desde el Vaticano en la que solicita permiso para poder investigar también los hechos, sin interferencias por supuesto y siempre en estrecha colaboración con la Jefatura de la Ertzaintza. La poderosa mano de los servicios secretos del Papa ha movido cielo y tierra para no encontrar oposición y por ello la petición de la Santa Sede no encuentra ningún obstáculo, al contrario, cuenta con la bendición de la Conferencia Episcopal así como el visto bueno de la diplomacia española.

Al día siguiente, poco antes del alba, llega al aeropuerto de Loiu en vuelo privado, desde la capital de Italia, uno de los enviados de la curia romana, el Padre Luca, un apuesto genovés de la orden de los jesuitas que no es la primera vez que visita el País Vasco.

—El año pasado estuve en el santuario de Loyola con motivo del aniversario de nuestro fundador —le dice al superintendente de Lakua, dentro del saludo protocolario que éste le dispensa.

Juntos recorren someramente las dependencias policiales y hacen las correspondientes presentaciones con el grupo de homicidios que lleva el caso. Los inspectores disimulan de mala gana el recelo que les provoca lo que ellos consideran una intromisión en su trabajo. Más cuando advierten el impoluto alzacuello blanco del enviado por Roma, que luce un impecable traje negro estilo clergyman que le sienta como un guante. “¿Este es el cura que viene a resolver los crímenes?”, es el pensamiento que recorre toda la sala con solo mirarse unos a otros. Pero el Pájaro Espino, que es el mote que le han dado lo más veteranos nada verle subir por las escaleras de la entrada, va a darles alguna que otra sorpresa.

—Signore e signori—comienza a decirles con un inconfundible acento italiano que hace que las damas caigan rendidas a sus pies con solo escucharle —.No he venido hasta aquí para investigar un simple crimen. La muerte en terribles circunstancias de nuestro querido hermano monseñor Leturia tiene para Su Santidad tal trascendencia que nos obliga a hacer un seguimiento exhaustivo hasta su completa resolución. Quizá ustedes no puedan entenderlo, pero para nosotros es de vital importancia que se descubra al asesino, pues la sombra del Maligno planea sobre tanto horror.

Un intenso rumor recorre la estancia y hasta puede oírse una risita burlona. Los curtidos agentes de homicidios, adiestrados en los difíciles años del terrorismo, cuando los coches bomba y los tiros en la nuca asolaban las calles, no pueden por menos que mirar incrédulos al emisario del Vaticano. Los más jóvenes simplemente piensan que resulta desalentador haber trabajado tan duro hasta conseguir su plaza para tener que lidiar con semejantes sandeces.

—No quiero ser un estorbo para ustedes —dice el jesuita, como si supiera lo que todos están pensado, aunque como excepción haya alguna fémina que esté encantada con su presencia  y no le quite ojo al atractivo cura que parece salido de un anuncio de Armani—. Mi investigación va en paralelo a la suya pero apunta a motivos más altos —les anuncia señalando hacia arriba con el dedo índice, en clara alusión al Altísimo —. Solo les pido que me faciliten toda la información que recaben de ahora en adelante y que pueda conocer in situ todos los escenarios, pues cualquier dato, por nimio que les parezca, puede ser esclarecedor para mis averiguaciones.

La improvisada reunión se resuelve en poca más de quince minutos y los de homicidios regresan a sus tareas, que son muchas, si tomar en mayor consideración las palabras de aquel hombre que les parece cuando menos un personaje singular y cuya presencia creen que es más anecdótica que otra cosa. “¿Dios? ¿El Mal? ¿Acaso también van a mandar a la Inquisición a investigar el caso?”, comentan entre ellos.  Hasta el comisario jefe alberga sus reservas de que el cura italiano tenga que estar merodeando por allí mientras sus hombres trabajan duro en esclarecer unos hechos que han provocado que hasta el Lehendakari haya querido hablar con él directamente.

—Quisiera entrevistarme con alguno de sus agentes—pide el padre Luca antes de que el jefe Ugarte se despida de él —. No son ninguno de los que me ha presentado en esa sala. Se trata de una pareja de agentes de la escala básica: el agente primero Francisco Javier Barroso y la agente Oihana Usobiaga.

—Lamento decirle que en casos así, es asuntos internos quien se hace cargo —se adelanta el máximo responsable, sin saber a dónde quiere ir a parar el intrigante sacerdote.

—¡Oh!, no es porque hayan hecho nada malo. Es solo que me ha llamado la atención que su patrulla haya sido siempre la primera en llegar a los escenarios del crimen. ¿No se habían dado cuenta? En fin, son cosas que pasan —la fingida condescendencia del cura y su mirada de superioridad consiguen sacar de quicio al comisario Ugarte, que no está dispuesto a que nadie cuestione su autoridad.

—Quiero hablar con ellos —solicita con firmeza el sacerdote —. No me lo me lo ponga más difícil o tendré que hablar con sus superiores. Sabe que mis credenciales me legitiman para eso y mucho más. Podemos hacerlo hoy, por las buenas, en su despacho o en las dependencias de la delegación del gobierno.

—Les haré llamar de inmediato, si es lo que desea —responde el jefe de la comisaria mientras aprieta con rabia los puños —. En cuanto lleguen, descuide, mandaré avisarle.

Grazie, señor Ugarte —sonríe con aparente afabilidad.

Cuando Javier y Oihana reciben el aviso de regresar cuanto antes a su ertzainetxea[2] por requerimiento de su inmediato superior, no pueden imaginar que haya sido el máximo responsable quien les cite en su despacho. A Oihana le tiemblan las manos, pues sabe que en los últimos días han sido muchas las ocasiones en las que se han saltado las normas y teme una reprimenda de campeonato, cuando no una severa sanción. Javier le tranquiliza aunque en el fondo él también está preocupado.

La presencia de un cura italiano les deja más que sorprendidos, por más que su jefe les explique el motivo de su visita. La joven mira a su compañero y trata de no olvidar su consejo: “hablar poco y no ponerse nervioso”. El padre Luca comienza su intervención repasando una a una las escenas de los sucesivos crímenes, hasta llegar a la siguiente pregunta:

—¿Por qué ustedes siempre estaban allí?

Los dos agentes se encojen de hombros, pues ni siquiera ellos mismos se habían planteado esa cuestión.

—¿Han visto antes algo así? —el sacerdote les muestra una lámina antigua con un dibujo hecho a plumilla que representa a un ser monstruoso de aspecto demoniaco. Oihana no puede evitar dar un respigo sobre la silla porque de inmediato reconoce a la odiosa figura de su sueño, que es la misma que le susurra extraños consejos de cocina. La serena presencia de Javier le ayuda a aguantar la presión del momento manteniendo la calma.

Ante el silencio de sus interlocutores, que asisten a la entrevista bajo la estricta mirada de su máximo superior, el padre Luca continúa con su explicación, convencido de que el mutismo de los agentes es una clara muestra de que saben bien de lo que les está hablando.

—La ilustración es de mediados del siglo XVI; este es una copia, por supuesto, porque el original se guarda en el Archivo Vaticano. Es obra del Maestro Girolamo, un estudioso de las ciencias ocultas que trabajó para la corte de los Medici —el italiano prosigue su relato sin que sus oyentes sepan a dónde quiere llegar —. Representa a un súcubo o demonio lascivo que según las leyendas medievales adopta la forma de una mujer sensual para seducir tanto a hombres como a mujeres a través de los sueños. Su equivalente masculino son los íncubos.

—Por favor, padre Luca. No tenemos toda la mañana. No me diga que ha venido expresamente desde Roma solo para contarnos estas historias — el comisario Ugarte ya está empezando a perder la paciencia.

—Sabía que no lo entendería. Pero, por favor, déjeme terminar y dejaré que los dos agentes puedan volver a sus tareas cuanto antes — responde el religioso en tono de súplica —.La pintura no es una invención, el espíritu fue invocado desde los infiernos y su autor lo retrató tal como se le apareció,  con ojos de serpiente, colmillos, un par de cuernos y alas de murciélago.

—¡Ya está, ya es suficiente! —el comisario se levanta de su asiento porque no está dispuesto a seguir escuchando más disparates y da por finalizado el encuentro.

Los dos agentes reciben la orden de abandonar el despacho y regresar a sus obligaciones, pero antes de marcharse, el padre Luca mira fijamente a la agente Usobiaga y le dice:

—Si vuelve a ver a ese demonio, hágamelo saber, por favor. Estaré cerca.

Los ojos verde esmeralda del jesuita adquieren una inusitada calidez al pronunciar estas palabras. Sus facciones se dulcifican al establecer contacto visual con la joven y se transforman de tal modo que lo asemejan al perfil clásico del David esculpido por Miguel Ángel. Oihana siente cómo una pequeña descarga eléctrica le recorre la espina dorsal al estrechar la mano del enviado del Papa. Al asentir con la cabeza a su educada petición es como si le confirmase  al italiano que sus sospechas son ciertas. Sí, ha visto al íncubo y coincide en algunos aspectos con la descripción del demonio que alguien dibujó hace más de cuatro siglos.

—Bueno, pues si esto es todo por hoy, —añade Ugarte una vez que la pareja de ertzainas ha salido —con su permiso, voy a seguir con mis quehaceres.

—Todavía no he terminado —responde el padre Luca con un tono tajante que deja helado al comisario —. Quisiera hablar con su único testigo, ése que dicen que está loco. Se llama Aitor Ortiz de Urbina y ya le han tomado declaración. Le agradecería que  pudiera hacerlo venir a estas mismas dependencias antes de que termine el día —añade antes de salir —¡Ah! Y quisiera hablar con él a solas, de modo confidencial —exige antes de cerrar la puerta.

Cuando por fin se queda a solas, el comisario Ugarte tiene que sacar un pañuelo de su bolsillo para secarse la frente. Siente su corazón sobrepasado de pulsaciones, como si estuviera a punto de darle un infarto. Se agarra fuerte a los reposabrazos de su sillón con respaldo alto y fija la mirada hacia adelante mientras trata de controlar su respiración. En la pared de enfrente, un grabado en bronce de la Virgen Blanca parece sonreírle divertida. Debajo lleva una dedicatoria, dice: “Obsequio de la Ciudad de Vitoria-Gasteiz a quienes velan por su seguridad”. Ugarte se pone su pastillita para la tensión debajo de la lengua y suplica a Dios para que esta pesadilla termine cuanto antes.

Tampoco la jornada está resultando fácil para el padre Luca, que como buen italiano siente la imperiosa necesidad de tomarse un buen café negro que le insufle la energía suficiente para seguir laborando lo que resta de mañana. Después de consultar su iPhone último modelo, pide un taxi que le deja junto al Memorial Víctimas del Terrorismo y desde allí no le es difícil encaminarse hasta la célebre cafetería Casablanca, en la calle Dato. El espresso que le sirven a pie de barra, acompañado del vaso de agua que él mismo solicita, le sabe a gloria. El sabor, la potencia, de la pequeña taza del aromático elixir de granos tostados le reconforta y le hace sentir como en casa.

Después de tomar de un sorbo su café,  el padre abandona la pequeña arteria peatonal de la ciudad y dirige sus pasos hacia un lugar más tranquilo, el Parque de la Florida, situado junto al Parlamento Vasco. Al acercarse puede ver a un grupo de mujeres frente a las puertas del poder legislativo demandando mejores condiciones de trabajo mientras enarbolan una pancarta. Su ruidosa protesta está llena de gritos y proclamas que acompañan con el estridente pitido de unos silbatos. Lanzan octavillas al aire, vociferan desde el megáfono y cuando una furgoneta de la brigada móvil se sube encima de la acera, lejos de retroceder, intensifican su alboroto.

La actuación de los antidisturbios se precipita al hacer amago una de las manifestantes de encadenarse a las verjas del edificio institucional,  lo cual es impedido de inmediato por dos agentes con verduguillo que, agarrándola por los brazos, se la llevan del lugar en volandas. La tensión crece por minutos. Las mujeres se enervan al ver cómo su osada compañera va a ser detenida. Blanden los mochos de las fregonas que traen del trabajo y claman para que suelten a la mujer, la cual se resiste a caminar y es arrastrada por el suelo de mala manera. Los viandantes se paran en mitad de la acera, los pasajeros que descienden del tranvía se ven sorprendidos por la inesperada escena y el padre Luca, que simplemente pasaba por allí, se convierte en involuntario testigo de los hechos.

Un par de mujeres de mediana edad situadas al lado del sacerdote empiezan entonces a increpar a los ertzainas por su actuación. Tienen el pelo teñido de diversas tonalidades de rojo, visten vaqueros de corte recto y llevan bandolera cruzada sobre el pecho. Sus vistosos pendientes de artesanía se agitan al ritmo de la intensa vehemencia con la que se dirigen a los efectivos de la policía vasca, sobre los que vierten  mil y un improperios que brotan con rabia de sus gargantas. Hablan un lenguaje incomprensible para el prelado, que gracias a sus conocimientos de latín, sabe que no pertenece a ninguna lengua romance ni tampoco tiene su raíz en las lenguas germánicas. “Seguramente sea el idioma de los vascos”, piensa con razón.

Los antidisturbios sacan sus porras al sentirse acorralados por la horda de furiosas mujeres, a la espera de recibir órdenes.  Un suboficial se obstina entre tanto en  mantener un diálogo imposible con una líder sindical que se niega en redondo a  disolver la concentración, a la par que le exige su número de placa. Algunos medios de comunicación, que precisamente salen de una rueda de prensa, empiezan a grabar con sus cámaras, circunstancia que es aprovechada por las manifestantes para empezar a correar sus consignas y enfrentarse a los antidisturbios parapateadas en su pancarta.

Los ánimos se caldean, suena una detonación y de repente se arma un gran revuelo de micrófonos que caen al suelo, de gente que chilla y de uniformados con casco que se emplean a fondo en controlar la difícil situación. El padre Luca es detenido y después de muchos tiras y aflojas a cuenta de su pasaporte diplomático, consigue que los agentes no solo le dejen en libertad, sino que también le lleven hasta las dependencias de Lakua en compensación por las molestias causadas. Cuando llega a comisaria montado en una furgoneta de los antidisturbios, el comisario Ugarte lleva un buen rato esperándole y está que trina.

—¡Pero dónde se ha metido alma de dios! — le recrimina al sacerdote, que se despide de una de las detenidas mientras ésta le devuelve el saludo con un puño en alto.

—Sabía que la conflictividad laboral era mucho mayor aquí que en el resto del Estado,  pero nunca imagine que fuera así —le dice el padre Luca mientras se ajusta sus gafas redondeadas de metal.

  • Lo de esas limpiadoras no es nada comparado con lo de Tubacex.  Allí sí que hubo “conflictividad” como usted dice —le responde malhumorado el ertzaina jefe,  sin que el extranjero pueda entender muy bien a qué se refiere. Cuando ya están dentro de comisaría, se vuelve hacia el cura y le dice:
  • Su hombre lleva un buen rato esperándole. Pero no creo que le sirva ya de mucha ayuda.
  • ¿Por qué lo dice, señor Ugarte? – el padre Luca no se espera lo que viene.
  • Ha hablado con la prensa y ya lo ha contado todo —suelta a bocajarro el mando de la Ertzaina —. Le habíamos advertido de que no lo hiciera, pues el caso se encuentra bajo secreto de sumario. Aproveche a entrevistarse ahora con él, porque seguramente sea reclamado desde los Juzgados una vez que se ordene el secuestro de la publicación. 

El enviado de Roma no puede disimular su contrariedad.

  • Por cierto, he pensado que será mejor que no ande solo mientras esté entre nosotros — añade el comisario —. Así que le he asignado un agente para que le acompañe en todo momento. Se llama Txomin. Asegura que de niño fue monaguillo.

Antes de que el padre Luca rechace el ofrecimiento, concluye:

  • Tómelo como una muestra de cortesía. De lo contrario seré yo quien hable con sus superiores. Capisci, mosignore?

El padre Luca levanta la barbilla y sin mediar palabra, se marcha. Entra al baño de caballeros, vacía la vejiga y mientras se seca las manos bajo el chorro de aire caliente no puede evitar proferir un sonoro “porca putana” que resuena contra las baldosas del excusado.

Txorimalo observa la escena a través de su mente, reflejada en el agua estancada de un simple charco que le sirve como improvisada bola de cristal. Permanece oculto entre la vegetación del cercano Parque de Arriaga esperando a que llegue su momento. Es tan fácil para una criatura de la naturaleza moverse a través de la Green Capital de árbol en árbol, de parque a parque. Primero, escondido en la gruta de la Florida, esa que una vez al año alberga el misterio de Navidad en el que ya nadie cree. Después, por los jardines de la Catedral Nueva. Y luego, siguiendo el curso del agua del riachuelo que recorre la Avenida Gasteiz entre plantas de ribera y pequeños vertebrados.

La bestia se encuentra satisfecha, pues nada le divierte más que ver a los humanos sumidos en el caos, viendo cómo su mundo se desmorona y todo se pone patas arriba. Cuando las sombras del atardecer empiezan a sumir en la oscuridad al pequeño pulmón de la ciudad, Txorimalo sale de su escondite y, evitando que las luces mortecinas de las farolas puedan delatarle, entra dentro de la ermita juradera de Arriaga. Un ventanuco abierto por descuido le sirve para colarse dentro y allí  esperará a que llegue la noche para volver a cometer otro de sus crímenes.

Autora: Feli Armiño


[1] Presidencia del Gobierno Vasco

[2] Comisaría

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