Estantes de papel

Blog de escritura creativa

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Capítulo VII. Salda [1]. Adurza.

Un nuevo crimen tiene como escenario el Seminario. Las investigaciones prosiguen. Los sentimientos se precipitan
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La enorme cazuela de barro reposa sobre un salvamanteles con una tapa encima que la protege y la mantiene caliente. Pocas veces habrá habido una tentación culinaria  mayor en la cocina del Seminario, donde cada día se elabora un sobrio menú a base de verduras, legumbres y mucha fruta. La carne y el pescado nunca requieren de grandes elaboraciones, puesto que siempre se compran filetes listos para freír en sartén y las tajadas que vienen de la pescadería, nunca pasan de un simple rebozado.

Pero aquello es distinto. Como caídos del cielo, los inmaculados trozos de bacalao desalado reposan sobre una sublime cama de salsa dorada que ha sido ligeramente ligada para que el aceite quede claro. Todavía es posible escuchar en el recogido silencio de la cocina monacal, el leve chisporroteo del hervor, como si fuese el siseo tentador de la Serpiente enroscada alrededor del Árbol del Bien y del Mal, allá en el Jardín del Edén. Porque es la receta del bacalao al pil-pil un bocado delicioso, de los que hacen relamerse de gusto al personal. Un placer culinario famoso en la gastronomía vasca que constituye el abecé de cualquier sociedad que se precie.

Cuando monseñor Leturia lo ve, en su visita a las dependencias de la cocina —pues como bien decía Santa Teresa “entre pucheros anda Dios”— no puede por menos que detenerse, levantar la tapa discretamente y elogiar a su autor. Todos los presentes se miran  entonces sorprendidos, sin saber qué decir, pues desconocen quién ha sido el artífice del magnífico plato.

—¡Estupendo! —exclama el señor Obispo con la mirada encendida de alegría, pues no es ningún secreto que es un amante de la buena mesa —. Mis felicitaciones al cocinero. Sé que no es fácil ligar la salsa, pero ésta parece estar en su punto. Igual que la que  prepara un primo mío en su sociedad del Casco Viejo —añade.

Como quisiera el prelado probar, aunque solo sea la salsa, del suculento plato que tanto le gusta —en realidad, es su debilidad — se apresura uno de sus acompañantes a acercarle un hermosa cuchara, de aquellas que servían para tomar la sopa y que valen por dos. Llevado por un súbito arranque de gula — qué Dios le perdone —, el de la cruz pectoral aprovecha para cargar abundantemente el cubierto, no solo de salsa, sino también de una buena porción de pescado que consigue  desprender con facilidad  de una de las tajadas. Se lleva la cucharada hasta los labios, los cuales por miedo a quemarse, tiemblan trémulos a la vez que soplan y el tierno bocado llega hasta su  boca. Las láminas del bacalao se deshacen en su paladar como si se tratase de un pequeño milagro del arte de la restauración. Todos a su alrededor guardan silencio, mientras observan a su Pastor experimentar el excelso momento de disfrute gustativo.

El bocado parece complacerle. Lo degusta, lo mastica. Asiente con la cabeza como si diera su beneplácito. Pero de repente, algo parece sacarle de su estado de beatífico deleite y después de unos confusos momentos de agitado malestar, pierde el sentido y se desploma en el suelo. El revuelo entre los presentes, el ir y venir de los sanitarios a quienes se avisa con urgencia y la inesperada noticia del fatal desenlace, se precipitan en una cascada de acontecimientos que a las pocas horas ya han saltado a la luz pública.

—Javier, perdona que te moleste a estas horas. ¿Has visto el teleberri[1] de esta noche? —alerta Oihana por teléfono a su compañero de patrulla.

—¿La muerte del obispo? —le responde él mientras hace una señal a su mujer de que se va a otra habitación para hablar sin interrupciones.

—Eso es. Tenemos que ir al Seminario, ya. La bestia está desatada y si nosotros no hacemos algo, esto no va a parar.

—Tienes razón, Oihana. Esta misma mañana hemos pasado por allí. Se está riendo de nosotros delante de nuestras narices. Dame unos minutos y paso a recogerte.

—No, estoy llegando. Te espero bajo la torre del reloj. Date prisa.

Al revuelo habitual de luces y sirenas que acompaña a cualquier muerte cuando se produce en circunstancias sospechosas, se suma en este caso la presencia de números medios de comunicación, que desean retransmitir en directo el hecho luctuoso. La muerte súbita del obispo de la diócesis durante una visita informal al Seminario constituye de por sí una noticia, pero los extraños hechos que han rodeado a su deceso, lo convierten en todo un notición. Los rumores se disparan, se habla de asesinato y la proximidad en el tiempo de otros crímenes parecidos, hacen que los periodistas se arremolinen en torno al olor de la carnaza y se lancen en búsqueda de los datos más morbosos  y sensacionalistas del suceso.

Amparados en la noche y bajo un gran aguacero, de esos que obligan a los coches a aminorar la marcha por falta de visibilidad, Javier y Oihana consiguen colarse dentro del edificio, donde todavía reposa el cuerpo sin vida del obispo. El cadáver, acomodado por consideración a su ministerio en una salita adyacente a la cocina, sobre una mesa de comedor, está cubierto de una sábana blanca a la espera de que se hagan cargo del mismo los servicios funerarios. Oihana, con gran sangre fría, destapa la cabeza del difunto y descubre que tiene los labios fuertemente amoratados, casi de color negro.

—Pozoitua[2]? — plantea Oihana como primera hipótesis.

—Hori uste dut[3] —responde Javier dándole la razón.

Los labios del finado presentan un estado cianótico hasta el extremo que indica claramente que ha sido envenenado, aunque todavía sea pronto para afirmarlo y haya que esperar a que el informe forense lo confirme. Y no sería extraño que también la lengua estuviera en el mismo estado. La mujer saca una foto con su móvil al cadáver para poder seguir investigando por su cuenta. Y antes de irse por donde han venido, le pide a su compañero pasar por la cocina. La puerta está abierta y la luz, encendida así que aprovechando que no se ve a nadie, los dos entran hasta los fogones. Todavía está allí la cazuela de bacalao al pil-pil. Nadie se ha atrevido a tocarla, por miedo a correr la misma suerte que el desafortunado fiambre.

La tapa sigue donde la dejó el señor Obispo, la cuchara que le sirvió para su última cena, tirada en el suelo. La colorida guindilla troceada destaca sobre el suculento conjunto y consigue llamar poderosamente la atención de Oihana con su hipnótico color púrpura. De repente, la mujer se queda como si le faltase el oremus. Igual que otras veces, la misma voz de siempre, empieza a hablarle desde no se sabe dónde y le dice así:

—La receta requiere de pocos ingredientes. Básicamente consiste en cuajar los jugos del bacalao con el aceite. Pero sí requiere de mucho tiempo y dedicación. Primero, las largas horas a remojo, casi dos días,  necesarios para desalar el bacalao. Y después, emulsionar la salsa, que no ligarla, porque al pil-pil, debe quedar el aceite transparente, como si se hiciera una salsa verde. Y las tajadas deben ser confitadaspoco a poco, nunca se fríen. Finalmente, el movimiento de muñeca que le imprime su creador es el toque definitivo del plato y su sello personal.

—Viene alguien. ¡Vámonos!— le apremia Javier sin levantar la voz.

El hombre tira de la mujer y los dos se esconden en el armario de la despensa. A través de una rendija pueden ver a los dos inspectores que se encargan del caso, los mismos que llevan el resto de crímenes de Txorimalo. Observan cómo abren la puerta de debajo del fregadero y sacan un envase de pesticida. Hablan entre ellos de “estricnina”.

—Seguramente lo echaron en el café que se tomó poco antes — les oyen decir en sus deliberaciones. Y es que hasta las dosis más altas de este potente veneno, que puede disolverse en un líquido, necesitan entre diez y treinta minutos para poder ejercer su acción letal.

En cuanto vuelven a estar solos, la pareja de agentes sale de su escondite y consiguen escabullirse entre las sombras, hasta desaparecer del lugar sin dejar ni rastro. Cuando se disponen a traspasar de nuevo el cordón policial, el mismo agente que primero les dejó pasar, les da el alto bajo la intensa lluvia.

—¡Coño, Javier, no te había reconocido! —le dice Txomin, al que conoce desde sus tiempos en Arkaute —. ¿Ya habéis terminado ahí dentro?

El chaparrón arrecia afuera, hasta el punto de obligar a los agentes a guarecerse bajo unos soportales. Empapados de la cabeza a los pies, consiguen llegar hasta el coche de Javier, aparcado a una manzana de distancia. Cuando se detiene frente al portal de la joven, ésta le invita a subir a su casa para quitarse la ropa mojada, a lo que él responde educadamente que no.

—¡Vamos, no seas txotxolo[4]! Además, tengo algo que enseñarte —le impele Oihana sin que Javier pueda negarse.

La chica vive en un piso compartido y en ese momento no hay nadie más que ella. Invita a Javier a  entrar en su habitación y le da una toalla para que se seque. Sin mediar palabra, Oihana comienza a desnudarse con tanta rapidez que, antes de que Javier pueda darse cuenta, ya se ha puesto un pijama de pantalón corto y camiseta.

—Voy a secarme el pelo al baño. Espero que cuando vuelva ya te hayas quitado la ropa, sino pillarás un resfriado —le dice a su  compañero, que permanece inmóvil en un rincón sin saber muy bien qué hacer —. Puedes dejar tus pantalones sobre el respaldo de la silla —son las precisas indicaciones que recibe de ella.

Cuando empieza a oír el sonido del electrodoméstico, el hombre comienza a desvestirse poco a poco, con la cautela de quien no sabe si está haciendo lo correcto. Desprenderse también de los calzoncillos le parece una falta de respeto hacia el gesto de hospitalidad de su anfitriona y por eso decide mantenerlos en su sitio, mientras se ajusta la  amplia toalla por encima de la cintura. La habitación no cuenta con muchos adornos y mientras espera a que Oihana regrese, no puede evitar pasear la vista a su alrededor.

La atenta mirada de Javier descubre a través de los objetos de uso cotidiano que observa en el dormitorio, los rasgos más sobresalientes del carácter de su dueña: las zapatillas de deporte frente al armario, la maleta tipo trolley  escondida bajo la cama, la ilustración de Rosie the Riveter sobre el cabecero, el neceser que ha dejado abierto sobre la mesilla de noche. Y pegadas en una pared junto al espejo, un montón de fotografías de sus seres queridos. Instantáneas de comidas familiares, de paseos por el monte, de lugares de vacaciones. Y en medio de todas, destacando sobre las demás, la de su grupo de amigas, que posan sonrientes durante una noche de fiesta. De entre ellas, sobresale una chica muy guapa, con un llamativo color de piel canela.

—Ponte mi bata— le propone Oihana a Javier lanzándole un albornoz de franela en color fucsia —. Así entrarás en calor —añade mientras enciende su ordenador portátil —. En el segundo cajón tienes calcetines, así no andarás descalzo —es la siguiente indicación que le hace.

Al hombre le tiemblan las manos mientras rebusca entre la ropa de un cajón de la cómoda, pues junto a los calcetines, Oihana guarda además su ropa interior así como objetos de higiene femenina. No sabe qué le incomoda más, si el ridículo atuendo del que su compañera le ha provisto sobre la marcha para no quedarse en paños menores o hurgar entre su ropa íntima la primera vez que entra en su casa.

—Etorri, mesedez. Eta begira[5] —le dice mientras se sienta a su lado, arrimándose a él, para enseñarle la pantalla.

—He conseguido los informes de las últimas pesquisas que están llevando a cabo en homicidios —le revela la joven al veterano ertzaina, que no puede creerse que Oihana haya llegado tan lejos.

—¿Quién te ha dado ésto? —pregunta él sin poder disimular su  inquietud.

—Una, que tiene sus contactos — Javier le mira de forma inquisitiva —. Vale. Un chaval que se preparó conmigo en la academia y que es un cerebrito. Me debía un favor —se justifica la mujer, que en realidad se siente orgullosa de haber hecho sus propias averiguaciones.

Las investigaciones contienen información detallada de cada una de las cuatro primeras muertes, desde la hora de la defunción y su causa, la mayoría por paro cardiaco, hasta el modus operandi del asesino, incluidos testigos, huellas, antecedentes y datos personales de los fallecidos.

—Fíjate, todos tienen en común pertenecer a la misma sociedad gastronómica —le cuenta Oihana.

—¿Cuál?

Gure Ametsa, en el Cantón de Santa Ana, cerca de la Catedral Vieja, frente al antiguo depósito de aguas —es la valiosa información que queda grabada en la memoria de los dos agentes — ¿Y sabes lo más interesante? —agrega  la agente, que lleva toda la tarde estudiando el expediente al que ha conseguido tener acceso.

—¿Qué? —Javier está deseando conocer más de los informes confidenciales que Oihana atesora.

—Que tienen un testigo, si es que se le puede llamar así. Alguien que dice haber visto al asesino.

—¡No jodas! —exclama Javier lleno de expectación.

—Sí, pero mira lo que dice en su declaración. Un duende le amenazó con matar a todos los socios para quedarse con la cocina. ¡Un duende! —Oihana mira a Javier con los ojos muy abiertos —. Con garras. Con dientes afilados. Y con muy mala uva. ¿Entiendes?

—Sí —Javier comprende al instante que es el mismo ser que Oihana vio en sueños y que le hace entrar en trance para hablarle desde el lugar del crimen—. ¿Y le creyeron?—pregunta intrigado.

—Aquí dice que aconsejan valoración siquiátrica antes de tomar su testimonio en consideración.

—Vaya. Menudo lío.

—Pero al menos tenemos a alguien, Javier.  Alguien que afirma haber visto a esa criatura. Ya no soy la única persona que lo ha visto. La descripción que da ese hombre, coincide con la de mi visión. Parece de locos, pero es así. Y esto explica porqué la bestia cocina cuando mata: quiere quedarse con la sociedad. La quiere solo para él. Y no se detendrá hasta conseguirlo.

Javier mira a Oihana mientras le habla y no puede evitar que su mente se desvíe de las palabras de la mujer para detenerse en su boca y después perderse a lo largo de  su atractiva anatomía. Su atención queda clavada en los erguidos pechos de la joven, que se agitan por debajo de la camiseta de manga corta que usa para dormir. Del mismo modo, no puede evitar fijarse en las piernas de ella, que por primera vez puede ver si ropa alguna, sosteniendo el portátil sobre sus firmes muslos, todavía bronceados, a pesar de que el verano ya pasó. Se distrae con la larga melena rubia que cae sobre sus hombros y que aún está húmeda  a causa de la fuerte txaparrada[6]. Y cuando ella habla de la bestia, puede notar cómo se le eriza el vello, pues está tan próxima a su piel que casi puede sentir su respiración.

Sentados el uno junto al otro sobre la cama, como si fuera un sofá, Javier tiene por un instante la tentación de acariciar a Oihana, quitarse la bata rosa que lleva encima y estrecharla entre sus brazos para besarla apasionadamente. Se imagina ayudándola a quitarse esa camiseta de tela fina que le marca los pezones, deslizando sus manos por debajo de sus pantalones cortos. También quisiera que ella le rodease con sus brazos y le dijera al oído cuánto le desea.

—Entzuten didazu?[7] —Oihana interrumpe las libidinosas ensoñaciones de Javier en un tono de ligera reprimenda.

—Sí, claro —Javier miente, arrepentido de no haber prestado atención a las últimas palabras de la crucial conversación —Si no te importa, ¿podría tomar un café o algo caliente? Me estoy quedando frío —en realidad se siente muy acalorado.

—No hace falta que lo digas. Ya veo que estas tiritando —le responde Oihana mientras se levanta — Etorri nirekin sukaldera[8] — Y Javier la sigue tapándose bien con la bata de corazoncitos, aliviado de no haberse desprendido de su ropa interior cuando se desvistió minutos antes en el dormitorio de la mujer.

Ohiana saca del frigorífico una olla con caldo y pone a calentar un generoso cuenco en el microondas. “Es de casa, lo hace mi ama[9]”, le anuncia. Y realmente está delicioso. Javier mira a Oihana y sabe que desearía pasar toda la noche en su compañía, aunque solo fuera para seguir charlando con ella, sentados bajo la luz del fluorescente de esa vieja cocina de los años ochenta, rodeados de horribles azulejos  de estampados florales y descalzo sobre un frío suelo de terrazo. Pero no es posible, no en ese momento. Javier sabe que ésa no es su casa, que su hogar está en otro lugar y que pronto tendrá que marcharse, porque su esposa le está esperando.

Mientras él se viste deprisa —su ropa apenas se ha secado —, Oihana recoge la vajilla y cuando regresa hacia la habitación, él ya le está esperando en la entrada. Los dos se detienen frente a la puerta, sin saber muy bien cómo despedirse. A ella le gustaría besarle; primero en la mejilla, después en los labios. Abrazarle alrededor del cuello, acariciarle la nuca. Sentir sus manos agarrándole de la cintura, ascendiendo hacia la espalda por debajo de su ropa. Acercarse más para sentir su corazón palpitar bajo su pecho. Quitarle la ropa y meterle en su cama.  Abrasarle con el fuego que le quema por dentro hasta hacer que se derrita. Amarse con pasión mientras la lluvia golpea los cristales.

—Agur, Oihana. Mañana nos vemos —se despide Javier —Gracias por el caldo. Guarda bien el pendrive.

—Bai noski, bihar arte[10] —responde ella mientras una sombra de tristeza se asoma a su ojos.

Javier se queda parado frente a la puerta cerrada, mientras oye como la joven echa el pestillo. Hace ademán de querer llamar con los nudillos pero se detiene. Espera cabizbajo a que los pasos de su querida compañera se pierdan por el pasillo y, mordiéndose los labios, deja que una lágrima de frustración se deslice por su mejilla. Oihana también llora en silencio dentro de su cuarto. Los sentimientos encontrados, los pensamientos dominados por ideas absurdas, la sumen en un estado de gran confusión, del que solo la investigación que está haciendo por su cuenta y riesgo, con la complicidad de Javier, consigue resarcirla.

Encaramada al tejado de enfrente, una criatura de otro mundo les observa en silencio bajo la luz de la luna, en esa desapacible noche otoñal. La mirada salvaje de Txorimalo atraviesa los muros y traspasa los corazones de la atribulada pareja en una simbiosis difícil de explicar. La bestia, al igual que los humanos, siente en lo más profundo de su ser como si una olla a presión estuviera a punto de estallar. La espita silba desesperada, dando vueltas sobre sí misma como una peonza,  ¿Hasta cuándo conseguirán refrenar ese impulso que les encamina hacia el Mal?

Autora: Feli Armiño


[1] Boletín Informativo de la ETB

[2] ¿Envenenado?

[3] Eso creo

[4]  Tonto

[5] Ven,  por favor. Y mira

[6] Chaparrón

[7] ¿Me escuchas?

[8] Ven conmigo a la cocina

[9] Madre

[10] Sí claro, hasta mañana

[1] Caldo

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