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1 PARTE-EL SUCESO CAPÍTULO 1: EL MISTERIO DEL TRECE IZQUIERDA

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No había alcanzado el sol su cenit cuando dos dotaciones de la Ertzaintza estacionan encima de la acera de la calle Zabalotegui de Bergara. Los agentes sienten el intenso calor que desprende el asfalto cuando se calan sus gorras reglamentarias antes de avanzar hacia el grupo de vecinos que les esperan junto al portal de su inmueble. Ninguno de los congregados en ese cónclave improvisado recordaba un día tan caluroso ni una situación tan sorprendente como la que estaban viviendo en su torre de viviendas de trece alturas.

—Ha sido en el último. Y el ascensor está averiado… por el calor —afirma con rintintín una de las doce vecinas reunidas junto al portal.

Los cuatro uniformados alzan la mirada hasta ver el alero del tejado. La fémina del grupo suspira.

—Subiremos yo y Toni. Vosotros esperad aquí —ordena el de más rango.

En el quinto piso, el agente primero tiene que detenerse, el sudor corre por su frente. No es que esté falto de forma, sino que desde siempre el calor le agobia. Patxo –con tx, como le gusta a él decir cuando se presenta– mira a Toni, ocho años más joven que él, que continua subiendo. Se lo han asignado desde hace una semana como compañero para que le enseñe el oficio y en estos momentos piensa que es un cabrón engreído al continuar ascendiendo por las escaleras sin derramar una gota de sudor. Sin embargo, se retracta de sus pensamientos impuros al ver que Toni se detiene en la entreplanta y le espera.

Patxo, colocándose de nuevo la gorra, reanuda el ascenso. Al llegar a la altura de su compañero, le palmea la espalda y le invita a que suba primero.

—Si me paro otra vez… no me esperes.

Último piso. Los dos ertzainas llegan a la vez. La vecina que llamó al 112 abre la puerta de su vivienda al verlos por la mirilla.

—Buenos días, agentes. He sido yo la que les ha llamado, me llamó Saioa —pronuncia la vecina dirigiendo su mirada al apartamento de la mano izquierda—. El hedor que sale de la vivienda alerta de que algo ocurre en su interior.

Los policías no huelen nada, pero Patxo tiene una corazonada. La insistencia de la vecina y la notificación por parte de esta de que lleva días sin ver a los vecinos salir del apartamento, los anima a actuar. Hacen caso a la vecina y llaman al timbre del trece izquierda, nombre con el que ahora se conocerá este caso.

—No hay nadie, ya he llamado yo —afirma la mujer.

Patxo le lanza una mirada representativa y le invita a que entre en su casa y les deje actuar. Vuelve a llamar al timbre. No obtiene respuesta. Hace una llamada a comisaria, espera.

—Toni, abre la puerta —le ordena Patxo. Y usted, señora, entre de una vez en su casa.

—Ya.

Saioa obedece a medias. Se queda dentro de su vivienda con la puerta abierta observando como irrumpen en el apartamento los dos ertzainas. Al cabo de cinco minutos, los dos uniformados salen del piso con la cara descompuesta. Toni no puede más y vacía su estomago en el descansillo. Patxo, aguantando el tipo como puede, telefonea a su superior.

La manzana está acordonada y el número inusual de agentes apostados ese domingo en la calle anuncia a los ciudadanos, que siguen el operativo desde sus ventanas, que algo gordo ha sucedido en el vecindario.

La suboficial Goizalde Azpieta acude al lugar del siniestro antes de que llegue la científica porque su pauta, desde siempre, ha sido inspeccionar la escena del crimen antes que los especialistas intervengan. Ella atraviesa el cordón policial, saluda, entra en el portal y sube las escaleras. Al llegar al piso trece izquierda, Patxo deja la conversación que mantiene con Saioa y se acerca a ella.

—¿Y tu compañero? —pregunta la suboficial.

—Le he mandado bajar… a tomar el aire. A echado todo al ver el cadáver.

—¿No le habrás recriminado?

—Goizalde… esto es lo más duro de nuestro trabajo y nos tenemos que hacer poco a poco. Esto no se ve todos los días.

Su superior afirma en silencio.

—Ahora cuéntame.

—Tenemos un fiambre tumbado en una cama en estado de descomposición. Puede llevar muerto cuatro o cinco días. A simple vista no se aprecian pruebas de agresión. La vecina, Saioa, freelance en el Diario Vasco, me ha contado que lleva días sin ver a ninguno de los inquilinos y eso fue lo que le alertó.

—Viven dos… —afirma Saioa, que, como buena periodista, no ha perdido detalle de la conversación que mantienen los dos policías––. Son una pareja joven que vive en alquiler desde hace dos años. Con el hombre, casi no he hablado. Sin embargo, con Jaione coincidía muchas tardes en el supermercado. Y agentes, llámenme Sai. Así es como me conocen todos.

—Gracias, Sai. ¿Sabe el nombre completo de la mujer?

—Jaione Basterreche Jáuregui. Sin antecedentes, en paradero desconocido. Se lo he preguntado antes a esta mujer y he llamado ha comisaria para confirmar sus datos —añade Patxo. Goizalde afirma.

—Nunca había visto algo así. ¿Quién podría haber hecho algo tan terrible? —expresa con temor la freelance.

A Azpieta le sorprende las palabras pronunciadas por la vecina. Calla, no le dice nada. Ya tendrá tiempo de interrogarla.

—Patxo… voy a entrar. Si llegan los de la científica les dices que esperen hasta que yo salga.

Goizalde abandona el edificio de la calle Zabalotegui en el mismo momento en que llega la científica. Ahora son ellos los que tienen que hacer su trabajo, pero intuye que tienen poco donde rascar. El piso está vacío, sin objetos personales. O sus moradores eran muy extraños o alguien ha hecho muy bien su trabajo. Debe esperar a que levanten el cadáver y se realice la autopsia para conocer más detalles. Sin embargo, una pregunta le ronda por la cabeza, ¿por qué está abierta la ventana de la habitación y el aire acondicionado a tope?

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