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Capítulo VI. Bacalao al Pil-Pil. San Martín

Un nuevo personaje, el periodista Endika y otro que ya conocemos del primer capítulo, Aitor, se dan la mano en esta nueva entrega de La Sociedad Maldita. No te pierdas el diálogo entre los agentes Oihana y Javier. La próxima víctima de Txorimalo te sorprenderá.
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El departamento de homicidios de la comisaria de Vitoria está que echa humo. Médicos forenses trabajan codo con codo con criminalistas y detectives para resolver el caso que tiene conmocionada a la ciudad y cuyos sucesos ya han traspasado las fronteras de Euskadi. Todos los informativos hablan de la terrible ola de crímenes que ya se ha llevado por delante la vida de cuatro personas, cuatro hombres que han muerto  de una manera cruenta y salvaje. Los motivos son todavía desconocidos y hasta la propia policía se muestra desconcertada, por lo que solicita la colaboración ciudadana para poder poner fin a tanto derramamiento de sangre.

La presión sobre los altos mandos es máxima porque se considera intolerable que un asesino ande suelto y esté matando impúdicamente a honrados ciudadanos y además, sin motivo aparente. ¿Qué tenían en común las víctimas? ¿Conocían a su asesino? ¿A qué extraños rituales corresponden esa forma de matar? ¿Por qué no se han encontrado huellas ni rastro alguno de la persona o personas involucradas en los asesinatos? La falta de testigos, la ausencia de armas —el agresor mata con sus propias manos, con sus propios dientes, como una alimaña rabiosa— dificulta aún más las pesquisas.

Pero hay datos que todavía desconciertan más a los investigadores y que cuidan de que no trasciendan a la opinión pública; datos que solo conocen sus inmediatos superiores y que se guardan en carpetas de tapa dura, archivadas bajo llave. Son datos que pertenecen al secreto de sumario, al que solo unos pocos tienen acceso. Indagaciones  que la mayoría de los periodistas quisieran saber pero que solo unos pocos profesionales de la información  alcanzan a conocer, a la espera de poder revelarlos más adelante, cuando el relato de los hechos lo precise. Solo los  más avezados reporteros de sucesos se aventuran en la búsqueda de otras voces, de otras pistas, que quizá tengan algo que ver con el odiado asesino, al que ya se empieza a conocer con el sobrenombre  de “devorador de hombres”.

Endika es uno de esos periodistas que siguen el caso, aunque su periódico sea tan pequeño que apenas cuente con medios y él solo sea un trabajador en precario en el mundillo de la  información. El joven llega con el tiempo justo para candar su bicicleta y acudir a la rueda de prensa a la que han sido convocados todos los medios de comunicación. Encabezada por el más alto jefe de la policía autónoma, al encuentro con los medios acuden también autoridades municipales y representantes vecinales, los cuales  desean dar una imagen de confianza y firme determinación a una preocupada ciudadanía que, como es lógico, demanda seguridad y certezas.

Después de una extensa exposición, en la que se pormenorizan datos que todo el mundo ya conoce, llega el turno de las preguntas, al que se lanzan con tremenda competitividad decenas de brazos alzados. Todos los informadores desean su minuto de gloria con esa pregunta definitiva, certera, capaz de dejar sin palabras a su interlocutor, aunque solo sea por unos breves segundos.

—Señor,  ¿es cierto que el devora hombres es un animal salvaje escapado de un circo? —pregunta una señorita puesta en pie con un vistoso micrófono entre las manos.

—No, nos consta —contesta el jefe de la Ertzaintza —.Aunque como ya hemos dicho, no se descarta ninguna línea de investigación.

—¿Es el asesino un obseso de la gastronomía vasca? —pregunta otro periodista que levanta con una mano su bolígrafo mordisqueado mientras con la otra sostiene una libreta de notas.

—¿A qué se refiere exactamente? —pregunta muy serio el máximo responsable, sin que pueda disimular cierto grado de nerviosismo en su tono de voz.

—A que en todos los escenarios del crimen alguien ha cocinado sabrosos platos —responde queriéndoselas dar de listo.

Un uniformado con galones de plata —hoja de roble y dos eguzkilore[1]— se acerca por detrás al superintendente y le dice algo al oído. El otro hace un gesto de asentir y después de un leve carraspeo, se acerca al micrófono y dice:

—La investigación sigue en curso —proclama mientras mira al resto de comparecientes como si buscase su aprobación —. Queremos que quede bien claro, que la Ertzaintza no cejará en su empeño de detener al culpable y poner fin a esta serie de homicidios que tanto nos preocupan. Muchas gracias. Eskerrik asko [2].

Un gran revuelo inunda la sala de comentarios y nuevas interrogantes que los periodistas, ávidos de noticias, siguen lanzando al aire sin obtener a cambio ninguna respuesta convincente. Endika repasa sus apuntes, comprueba las fotografías que ha hecho con el móvil y manda un whatsapp a la redacción para que sepan que estará de vuelta  en media hora. A la salida, coincide con un par de compañeros que conoce de otros medios locales y comentan algunos datos del caso.

Una de las periodistas, una joven con los lados de la cabeza rapados que colabora en una radio alternativa, tiene su propia interpretación de los hechos. La joven parte de la base de que todas las víctimas son hombres, blancos y heterosexuales, es decir, la personificación a pie de calle del racismo, el clasismo y el patriarcado. Machismo, en definitiva.

—¿De dónde sacas lo de machista? —le dicen sus otros dos compañeros, que no entienden el calificativo.

—Los cuatro pertenecían a una sociedad gastronómica del Casco Viejo que no permite que las mujeres sean socias y eso, chicos,  solo tiene un nombre: discriminación por razón de sexo —la mujer prosigue con la narración de sus averiguaciones —.La hija de un socio fallecido les llevó a juicio porque le negaron la plaza a la que tenía derecho como descendiente. El juez falló a favor de la sociedad, alegando que así lo estipulaban los estatutos. Una mierda, vamos —. La reportera continúa después de pegar un trago largo al botellín de agua que lleva en la mochila —. El caso está ahora en manos del Ararteko[3]. Pero clama al cielo que en pleno siglo XXI todavía haya casos tan flagrantes de machismo. Abrid los ojos: vivimos en una falocracia, tíos. ¡Qué asco!

—¿Quieres decir que esa mujer podría ser la posible asesina?

La joven se encoge de hombros. No está dispuesta a compartir más información con sus colegas, por más que sean viejos conocidos de sus tiempos de universidad en el campus de Leioa. 

—Me parece muy aventurado lo que dices — objeta uno de ellos, antes de quedarse con la palabra en la boca.

—Eso lo dices porque no te has leído Taller de chapa y pintura—replica su compañera de oficio mientras se lía un cigarrito.

Los hombres arrugan el ceño, del mismo modo que hacemos todos cuando no entendemos algo que por lo demás nos resulta indiferente. La chica es una de esas feministas radicales que no dudan en enseñar las tetas cuando toca protestar. No usa sujetador, ni se depila. Una loca extremista que va a todas partes calzada con botas de senderismo y que ese día luce camiseta de La Polla Record.

—¡Es un libro, la Virgen! —puntualiza mientras se le ponen los ojos en blanco ante la ignorancia de sus oyentes—.Tres chicas cansadas de la violencia sexual que sufren por todas partes se lanzan a pagar con la misma moneda a todos los violadores y acosadores que se cruzan en su camino. La antitésis de Thelma &Louise —les resume en pocas palabras la mujer, que lleva tatuado el símbolo del anarquismo en un antebrazo.

Los dos hombres se miran horrorizados sin poder dar crédito a lo que oyen. Nunca hubieran imaginado una distopía de ese calibre. Otros mundos posibles han sido recreados de mil y una maneras diferentes, tanto en el cine como en la literatura,  desde clásicos como Orwell, Huxley y Bradbury, hasta éxitos de la televisión por cable como Walking Dead,  Los juegos del hambre o El cuento de la criada. Pero, ¿mujeres que se toman la justicia por su mano y matan a los hombres que les hacen daño? ¿En Vitoria? ¿A plena luz del día? Una posibilidad inquietante que hace que a los dos jóvenes se les encojan los escrotos como si fueran uvas pasas.

No se ha repuesto del susto nuestro intrépido periodista, cuando de repente un coche se detiene frente a él y llamándole por su nombre, un hombre le pide que por favor suba. Un individuo de unos cincuenta años, barba canosa y mirada desesperada, le espera con el motor con marcha. Cuando le dice quién es y que le envía el director de su periódico, Endika no duda en montarse en el vehículo. 

Por fin puede poner cara a la voz que desde hace unos días telefonea a la redacción, para pedir hablar con alguien sobre los crímenes de Vitoria. El singular informante afirma saber la identidad del asesino y busca quién pueda creerle con la única intención de poder ayudar a detenerle. La llamada, como otras muchas recibidas en los últimos días, había sido en principio desestimada por considerarla del todo increíble y fantasiosa. Pero a medida que los hechos luctuosos se han ido sucediendo, sus palabras han ido cobrando, contra todo pronóstico, mayor credibilidad. “Me llamo Aitor”, le dice cuando arranca el coche.

Mientras tanto, no muy lejos de allí, la pareja de agentes formada por Oihana y Javier hacen una ronda a pie por el tranquilo barrio de San Martín, cerca de las oficinas centrales del Ayuntamiento. Las agradables temperaturas de primera hora de la tarde hacen más llevadera sus tareas de vigilancia, las cuales han transcurrido dentro de lo habitual, lo que significa que no ha habido más muertes, lo que no es poco, con la que está cayendo.

Aprovechando que regresan al coche patrulla, Javier hace la siguiente proposición a su compañera. Una idea que desde hace tiempo le viene rondando la cabeza, pero que hasta ese momento no se ha atrevido a plantear.

—Quisiera invitarte a comer —le dice Javier sin más preámbulos mientras van caminando.

—¿A comer? —La agente levanta la cabeza del móvil y le mira con los ojos muy abiertos.

—Sí, comer juntos —repite Javier con aplomo mientras apoya sus manos en las caderas.

—¿Solos, tú y yo? —La boca de Oihana dibuja una “o” de sorpresa.

—Sí, los dos. Hemos tomado café muchas veces, durante los descansos. A veces hasta nos hemos comido un pintxo. Pero nunca nos hemos sentado a comer tranquilamente. —Se justifica el hombre, que se ha detenido para hablar y le mira directamente a los ojos.

—¿Y por qué quieres que vayamos a comer juntos? —pregunta ella con tono de extrañeza.

—Todos los compañeros de trabajo lo hacen —argumenta Javier como si fuera lo más natural del mundo.

—Todos, no —afirma tajante la mujer policía—. Además, nosotros somos ertzainas. Recuerda que trabajamos en la misma comisaría —le responde ella de manera cortante.

—¿Y qué más da? ¿No salen juntos los abogados y los médicos? —replica su compañero, que no está dispuesto a dar su brazo a torcer— ¿No quedan fuera del curro gente que se conoce de la fábrica o de la oficina? Solo te estoy proponiendo comer un día juntos, Oihana. Nada más.

—¿Y tu mujer? No sé, no me parece bien. —Es la siguiente objeción de Oihana.

—Ella ya sabe que tú eres mi compañera de trabajo —Javier le sostiene la mirada con seguridad—. Además, ¿no me dijiste que tenías muchas ganas de ir un día a comer chuletillas a La Rioja? —pregunta de manera distendida para desviar la atención hacia otro tema.

—Sí, eso comenté un día pero… —Javier se adelanta antes de pueda acabar la frase.

—Pues yo te llevo. Conozco un asador con bodega magnífico. —Es la última intentona del agente.

 —Las chuletillas son de cordero. Las brasas las hacen con ramas de vid secas —puntualiza ella mientras retoma la marcha pensativa.

—Sí, chuletillas al sarmiento. Solo llevan un poco de sal por encima. El sabor es espectacular —Javier se agarra a su última oportunidad de que la mujer le diga que sí.

—Realmente es tentador —Oihana se para a mitad de camino y deja que su mirada se pierda en el horizonte. Mientras imagina, sus labios se fruncen ligeramente.

—Entonces, quedamos este sábado —Es la siguiente contraofensiva de su pretendiente.

—Pero si hoy es jueves, Javier —le dice la mujer girando su cabeza hacia él.

—Un buen plan no debe posponerse demasiado tiempo. A no ser que tengas otro mejor, claro —Javier saca el llavero de su bolsillo y se dispone a abrir la puerta del conductor.

—Por supuesto que tengo otros planes, no uno sino varios, para este fin de semana —le contesta la mujer resolutiva—. Pero no quisiera perderme la oportunidad de probar esas famosas chuletillas de…

—Al sarmiento —puntualiza Javier desde el otro lado del coche.

Oihana se detiene, le mira fijamente y le dice con tono retador, mientras se apoya sobre el capó con las dos manos abiertas: 

—Ya pueden estar buenas, colega —pronuncia mientras adelanta la barbilla.

—Vas a chuparte los dedos. Te lo aseguro. —Sonríe triunfante Javier.

Txorimalo observa a los dos agentes alejarse, oculto tras unos arbustos. Ha pasado la noche dentro de la antigua ermita de Abendaño. Lleva más de veinticuatro horas sin probar la sangre y ya tiene elegida a su próxima víctima: un hombre mayor, vestido de oscuro y con maletín al que ve dirigirse hacia el Seminario. El alzacuello y la cruz de plata que descansa sobre su pecho le identifican, no solo como hombre de Dios, sino como uno de sus pastores principales. El sacerdote se gira cuando oye un ruido inusual a sus espaldas. Se limpia las gafas con el pañuelo de tela que lleva en el bolsillo de la chaqueta y después de agudizar el oído, prosigue su marcha.  Todavía no sabe que ese será el último día que reciba la Sagrada Comunión.

—Buenas tardes, señor Obispo. —Le recibe uno de los jóvenes seminaristas nada más llegar a la puerta de la residencia—. Bienvenido a esta su casa —le dice después de hacer el gesto de besar su anillo.

—Gracias, hijo mío —responde el prelado—. Me complace mucho acompañaros hoy en vuestros ejercicios espirituales.

—Y a nosotros, señor Leturia. Nos honra con su presencia. Se quedará a cenar con nosotros, ¿verdad? Así podría  tener la deferencia de dirigir nuestras oraciones en el refectorio.

—Lo haré con gusto, porque con la ayuda de Dios y la Santísima Virgen, vosotros habréis de ser los nuevos pastores que guíen al rebaño en estos tiempos de tribulación —añade el monseñor refiriéndose a la escasa  media docena de aspirantes que estudian en el Seminario Diocesano.

Puré de calabacín, tortilla francesa y manzana cocida componen la frugal comida prevista para esa noche en el colegio de futuros curas. Un menú sencillo que a ojos de Txorimalo no está a la altura del destacado visitante ni de su importante cargo dentro de la jerarquía eclesiástica. Así que el diabólico duende está decidido a echarlo todo por tierra, como suele hacer cada vez que mete la zarpa en la cocina, y sustituir la insulsa cena de los novicios por una de sus elaboraciones culinarias preferidas: el bacalao al pil-pil.

Feli Armiño


[1] Cardo salvaje que crece en los montes. Planta protectora de los vascos, ahuyenta malos espíritus

[2] Muchas gracias

[3] Defensor del pueblo, Ombudsman vasco

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