Estantes de papel

Blog de escritura creativa

EPÍLOGO

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Jaione se encontraba ya en la trastienda, lo más difícil estaba hecho. Sin embargo, era conocedora de su escaso tiempo. El reloj corría en su contra. Había drogado a su compañero para despojarle de la llave y sabía que él haría todo lo posible por recuperarla. Cuando recobrase el conocimiento, Garikoitz iría a por ella.  Y esta vez no la perdonaría.

El dependiente retiró la alfombra que ocultaba la trampilla que daba acceso al sótano. Encendió una lámpara y condujo a Jaione por la escalera de caracol hasta una sala fría y enmohecida. Una gruesa cortina púrpura ocultaba la puerta.

—Aquí te dejo. Ahora comienza tu misión.

Ella le miró a la cara y recordó por unos instantes como llegó hasta allí. Cuando entró en el local pronunció las palabras clave que memorizó en su día, y tras recitarlas como una poesía aprendida desde la infancia, el dueño de la tienda de antigüedades de Bergara, El vikingo, sin preguntar nada más, le condujo a la trastienda y bajaron juntos al sótano.

Ahora se encontraba delante de la entrada de la cripta afrontando su destino.

Nerviosa, pero complacida por poder materializar su misión, se detuvo delante de la puerta, introdujo la pluma de la vieja llave partida en su medallón, y la giró.

El chirriar del portón y la brisa que se deslizó al abrirla erizaron su vello.

Llevaba mucho tiempo esperando ese momento, estaba impaciente. Sin embargo, dudó. Ella era la única capaz de salvar todos los obstáculos que en ese supuesto mundo subterráneo se ocultaban. Solo ella era la elegida, solo ella podía cruzar su umbral.

Al viejo pelirrojo no le importaba quien era, ni si era en verdad la propietaria de la llave. Tan solo era el vigilante de la puerta.

Y ella, el último eslabón.

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