Estantes de papel

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Capítulo V. Marmitako. Gamarra

Un sueño erótico, un delicioso hamaiketako y de nuevo, un cruel asesinato perpetrado por Txorimalo que solo la atractiva pareja de agentes de Vitoria podrá resolver.
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Es domingo por la noche y Javier está enjabonándose en las duchas de comisaria. Las oficinas del piso superior están vacías, con las luces ya apagadas. El calabozo alberga solo a un par de rateros reincidentes, que son viejos conocidos de la policía. Se encuentra solo y el lugar le resulta inusualmente espacioso y confortable, como si las instalaciones se acabasen de estrenar. Mientras, un agente hace guardia en la garita de la entrada, controlando las cámaras del exterior.

En los vestuarios contiguos a los baños, una atractiva mujer joven comienza a quitarse la ropa poco a poco, sin prisa. Primero el cinturón policial, después el uniforme de color oscuro. La ropa interior femenina queda al descubierto a medida que se va desprendiendo capa a capa del atuendo de trabajo. Los masculinos pantalones de corte recto, con bolsillos laterales, dan paso a unas bonitas piernas; el clásico polo negro, de cuello camisero y cierre con botones, descubre unos brazos y un busto envidiables. El austero calzado de seguridad protege los delicados pies femeninos. Y la práctica visera que ha guardado en su taquilla deja al fin de cubrir la hermosa cabellera de reflejos dorados. Solo un pequeño detalle de encaje, bordado en la más íntima de sus prendas, alivia la estricta uniformidad exterior a la que le obliga su puesto como agente de Seguridad Ciudadana.

Cuando ya está desnuda, se envuelve en una toalla de felpa de color azul oscuro y después, suelta el recogido que sujeta su larga melena rubia a la altura de la nuca. No lleva ninguna joya, solo un piercing en el cartílago de una oreja y el único maquillaje que no ha retirado es el color Paradoxal de Chanel para uñas, en los pies. Un tatuaje adorna su piel inmaculada. Uno grande y poco expuesto a las miradas ajenas, en lo alto de su muslo derecho: una sinuosa serpiente enroscada entre unas flores abiertas, que asciende voluptuosa hacia la cadera.

La mujer camina sigilosa hacia las duchas de los hombres, donde Javier continua duchándose solo, de espaldas a la puerta, sin haberse percatado al parecer de su presencia. Contempla el vigoroso cuerpo masculino cubierto de diminutas gotas de agua que rebotan desde lo alto de la ducha contra su fornida espalda. Antes de entrar, la intrusa se detiene por unos segundos, como si dudase, pues lo último que quisiera es comprometer su buen nombre o el de su compañero y que eso afectase  a su carrera profesional. Pero su deseo puede más que “el qué dirán” y por ello decide dar el paso.

Los firmes glúteos del hombre, le resultan encantadores. Los musculosos muslos, las anchas espaldas, todo en él le parece tremendamente varonil. Así que avanza decidida, mordiéndose los labios con nerviosismo. A cada paso, su corazón late más fuerte y las piernas, le tiemblan. Cuando llega a la  altura de Javier, susurra su nombre de manera seductora y él, que reconoce su voz al instante, se gira despacio para verla.  Cuando se da la vuelta, descubre complacido a Oihana, más bella que nunca, mirándole con sus cristalinos ojos azules

A la pareja no le hace falta pronunciar ninguna palabra para entenderse, porque el lenguaje del cuerpo habla por ambos. Permanecen inmóviles por unos instantes, saboreando el momento tan largamente esperado. Quizá no sea el lugar más adecuado para estar juntos pero de nuevo, el instinto se ha impuesto sobre la razón en la pareja de agentes. Y quién sabe hasta dónde puede llevarles el sendero que tan arriesgadamente están tomando. Un camino que se adentra en la espesura, lejos de la civilización, hacia el mundo salvaje de Txorimalo, donde el Bien y el Mal no existen.

El hombre permanece quieto, como si temiera que un paso en falso, un gesto brusco pudiera romper el encanto del furtivo encuentro. Su pecho, de pectorales bien definidos, está cubierto de un vello ensortijado que rodea los pequeños pezones arrebolados. Los musculosos brazos, que descansan sin despegarse del torso y el abdomen, contraído por la respiración entrecortada, denotan la contención de quien a duras penas puede disimular su ardor. Javier no puede dejar de mirar a la mujer que tiene ante sus ojos y el deseo de tocarla, de besarla se hace cada vez más intenso.

Consciente de la enorme tensión sexual que hay entre los dos, Oihana aproxima su boca entreabierta a los labios de Javier para besarle. Y al dar un paso hacia adelante, la toalla que la cubre se desata súbitamente desde la altura del seno y resbala por su cintura hasta caer al piso mojado. Los pechos femeninos quedan al descubierto sin pudor, al igual que todo su cuerpo y ambos sienten como una llamarada de fuego recorre su piel de pies a cabeza a causa de la excitación.

El apasionado beso entre los dos amantes se precipita cuando Javier, en un gesto de audacia, apoya una de sus manos sobre la cadera de Oihana y le acerca hacia su pelvis con suavidad. Los dos se besan durante unos segundos, un beso que es la culminación de un deseo que ha estado latente desde el primer momento en que empezaron a trabajar juntos.

Javier acaricia a Oihana. Le besa en el cuello, le besa los hombros. Toca sus pechos con la punta de los labios. Desliza su lengua hasta su vientre. Y cuando alcanza la línea del bikini, siente un placer muy intenso, el mismo que experimenta su compañera. En ese preciso momento, de manera totalmente imprevista, se dispara de repente una alarma contra incendios y todo el edificio se llena de un estruendoso ruido de pitidos y sirenas que hace que la pareja quede paralizada en el tiempo.

Javier se despierte sobresaltado. Van a dar las seis y el despertador suena inmisericorde para anunciar que una nueva jornada comienza. Abre los ojos un tanto confuso a causa del excitante sueño que acaba de tener y celebra que su mujer no haya llegado aún del turno de noche, porque no sabría cómo explicarle la triunfal erección matutina con la que se ha levantado. Así que se da prisa en ir a la ducha, corrido de vergüenza como un adolescente, pensando que el sueño de esa noche ha sido tan lúcido que pareciera haber ocurrido de verdad.

A la hora convenida, pasa a recoger a Oihana por su casa, quien nada más entrar dentro del  coche, después de saludar con su habitual y risueño  “Egun On[1], hace a su compañero de patrulla la siguiente confesión:

—No vas a creerte lo que he soñado esta noche.

Javier arranca el vehículo sin despegar la vista del parabrisas. Ha dedicado la primera hora de esa mañana a quitarse de la cabeza la imagen de Oihana besándole desnuda bajo la ducha, pero le resulta harto complicado, porque cuanto más lo intenta, menos lo consigue. ¿Cómo puede ser posible que el inconsciente le haya jugado esa mala pasada? ”Es poco profesional, joder”, se repite a sí mismo. Pero algo en su interior le dice que escuche a su piel y siga la senda de su instinto.

Oihana mientras tanto no sabe si interpretar el silencio de su compañero como enfado o preocupación, así que ante la duda, prefiere esperar a que él diga algo. La noche anterior no ha sido fácil para ella y no solo por la quemadura del brazo, que todavía le duele. En su mente retumban las palabras de la voz misteriosa que le ha hablado en los últimos días cada vez que se ha quedado sola en la escena del crimen. ¿A qué se refieren exactamente esas breves alocuciones? ¿Hablan de cocina o de algo más? Y lo más importante, quien las pronuncia, ¿es el asesino?

Ambos presienten que el día que comienza no va a ser una jornada más, sino que traerá consigo acontecimientos sorprendentes, tanto o más que los de fechas anteriores. Y eso les hace sentirse exultantes, llenos de energía, como si en el fondo de sus almas supieran que el destino lo tenía reservado para ellos.

—Perdona, estaba pensando en otra cosa —se disculpa Javier —. ¿Qué te parece si nos tomamos un café y me lo cuentas? —propone a su compañera.

Como tienen que patrullar por el polígono industrial de Gamarra, eligen un bar-restaurante cerca de la antigua carretera hacia Bergara, que abre desde temprano. El conocido local hostelero atiende a una clientela formada en su mayoría por trabajadores que buscan según el momento, el económico plato del día, las contundentes cazuelitas del hamaiketako[2] o los socorridos bocadillos calientes para llevar. Cuando la pareja de patrulleros llega, la barra les recibe repleta de repostería casera selecta y de unos pintxos calientes que parecen decir “cómeme”. Un reconfortante olor a café inunda la sala, en la que las conversaciones de los clientes se mezclan con el run-run de la televisión.

La mujer policía no puede resistirse a una porción de carrot cake cubierta de  glaseado de queso crema y el hombre decide caer en la tentación de un trozo de tortilla de patata recién hecha. El huevo cuajado en su punto justo le da a la popular tortilla una jugosidad extraordinaria, que hace que Javier recupere su buen humor habitual. Oihana por su parte, no puede evitar entornar los ojos de placer al degustar la deliciosa tarta, con ligero sabor a zanahoria y suavemente especiada.  Los dos piensan que habría que felicitar al cocinero. Pero antes, Javier tiene que hablar con Oihana y le pregunta cómo está y qué tal ha pasado la noche.

—Estoy mejor. Ayer me fui temprano a la cama. Me sentía agotada. Y tuve un sueño. Uno muy especial, Javier.

Su atento interlocutor le mira con los ojos muy abiertos, contiene la respiración y traga saliva. Siente como una gotita de sudor le resbala por la espina dorsal desde la nuca hasta el final de la espalda, debido al grado de emoción que la situación le produce.

—En mi sueño he visto a la bestia, la que está matando hombres —le dice Oihana muy seria y en voz baja, para evitar que las mesas adyacentes puedan escuchar la conversación.

—¿Entonces, has soñado con la bestia? —repite su compañero, aliviado de que las visiones oníricas de su compañera en la noche pasada hayan sido tan diferentes de la suya.

—Exacto, esa de la que nos habla Basilio y cuyas huellas vimos ayer sin ir más lejos — relata la mujer —. Es una especie de engendro que no mide más de un metro de alto, con la boca muy grande y llena de dientes, como la de un itxasapua[3]. Hasta ahora solo me había hablado y bastaba que le escuchase, para que sus palabras me llenasen de temor. Pero desde que le he tenido delante, le he perdido el miedo.

—¿Le escuchaste ayer, cuando por poco te quemas el brazo retirando los txuletones de la barbacoa?

Oihana asiente con la cabeza

—¿Y cuando te quedaste paralizada ante aquel frigorífico repleto de goxuas en el comedor escolar?

De nuevo dice que sí con un gesto.

—¿También en el primer caso, el de los dedos en la porrusalda?

—Las tres veces —responde la joven —. No te conté nada porque ni yo misma podía creérmelo. Pero hay algo, Javier. Lo sabes tan bien como yo. Algo que no se va a descubrir con los métodos habituales de investigación, porque escapa al modo de pensar racional.

Javier observa a Oihana mientras habla: su modo de mover las manos para enfatizar cada palabra, el tono de su voz, unas veces convincente y otras inflexible. La determinación de su mirada, la seguridad con la que se conduce, poco tienen que ver con la recién licenciada, a veces insegura, un poco tímida y excesivamente humilde, que conoció al principio. Y ahora la ve demostrar valentía, tener las ideas claras, donde otros con más fuerza física o arrogancia hubieran sucumbido. Pues, ¿no es el caso lo suficientemente complejo como para poner a prueba la estabilidad mental de cualquiera? Y no es por Txorimalo y sus terribles crímenes. Pero ¿quién en su sano juicio les creería?  Y es que ir a contra corriente siempre ha sido difícil. Muy difícil.

—Nos van a tomar por locos, ya lo sabes —dice el veterano ertzaina —. Así que si te parece, seguiremos actuando como hasta ahora. Discretamente, le seguiremos la pista a ese malnacido y acabaremos con él antes de que siga matando a más personas.

De imprevisto, se oye un gran alboroto en la cocina, con ruido de platos rotos y gritos de socorro. Los dos agentes corren hasta el lugar a toda prisa y encuentran a la cocinera presa de un ataque de pánico. La mujer llora y apenas acierta a hablar. Es brasileña y la mezcla de palabras en portugués y castellano, hace más dificultoso poder entenderse con ella. Aterrorizada, les señala hacia la parte trasera del restaurante, donde se almacenan los barriles de cerveza y se apilan las mesas de la terraza.

El lugar está en sombra, el suelo es de tierra allanada y un terraplén le sirve de muro, pues el resto del perímetro está vallado. Un gran rastro de sangre que llega desde la cocina, conduce hacia el fondo del almacén al aire libre, que está cubierto de una placa sintética. Oculto tras unas cajas de Bitter Kas[4], los agentes distinguen el cuerpo inmóvil de un hombre tirado en el suelo y parcialmente cubierto con un toldo de plástico. Lo retiran y se acercan para comprobar si está vivo, aunque es evidente que no.

La víctima de unos sesenta años, regordete y medio calvo, viste un  buzo de trabajo de color añil y lleva en una mano, fuertemente agarrada, una llave inglesa con la que presumiblemente intentó defenderse. Pero lo más espeluznante es la brutal amputación de una de sus piernas a la altura de la ingle y que los policías descubren cuando se agachan frente al cadáver. De nuevo, la marca de la bestia, piensan Oihana y Javier, que rápidamente ordenan salir a todo el mundo del lugar de los hechos.

Gabriela, que así se llama la cocinera, se seca las lágrimas y sostiene nerviosa entre sus manos curtidas el teléfono móvil. Sentada en una vieja silla de formica, no para de encomendarse a todos los santos y ruega a Jesús Bendito para que la libre de todo mal. Cuando llega su jefe, le reprende severamente; primero porque haber llamado antes a la policía que a él y segundo, por haber desatendido sus labores al frente a los fogones.

—Yo solo soy una pinche, ya lo sabe usted bien —replica la mujer de tez morena con gesto contrariado, mientras estruja entre las manos el delantal que lleva puesto—. Además, no fui yo quien les llamé, ya estaban aquí, tomando algo — puntualiza la empleada refiriéndose a los ertzainas.

—La señora tiene razón —interviene Oihana con gesto serio, dirigiéndose directamente al dueño del negocio —.Ahora apartase y deje que la Ertzaintza haga su trabajo.

El hostelero, un hombre de mediana edad, cargado de espaldas y de mirada huraña, masculla entre dientes una disculpa y vuelve a la cocina, donde entra como un elefante en una cacharrería. Enrojecido por la ira, el pequeño empresario empieza a tirar cacharros a la fregadera, a levantar tapas y abrir botes con evidente disgusto, mientras que recrimina entre gritos a Gabriela su falta de diligencia y pulcritud en el trabajo. La inmigrante, al borde del llanto, apenas puede replicar a su empleador, para quien cualquier explicación no son más que excusas que evidencian “pocas ganas de trabajar”.

—¿No te dije que dejases el marmitako para la semana que viene? —vocifera malhumorado el propietario del restaurante.

—Eso no lo he preparado yo —responde la cocinera.

—¡Pues está de puta madre! —le contesta el jefe, que por primera vez sonríe mientras saborea una cucharada del humante guiso de pescado.

Al destapar la marmita para remover el caldo, toda la estancia se inunda del sabor del Cantábrico, de los barcos atuneros llegando al puerto, de las fiestas de verano en los pueblos de la costa. Es el marmitako, también conocido como sorroputún entre cántabros y asturianos. Porque es el guiso de bonito y patata estandarte de la cocina marinera, de esa que se elabora a bordo sin muchas complicaciones, para quitar el hambre a los arrantzales[5] después de mucho faenar en la mar. Y qué mejor muestra de la sencillez y falta de pretensiones de este plato de cuchara, que la olla de metal en la que se cocina sirva para dar nombre a una de las recetas más típica de la gastronomía vasca.

Convencidos de la autoría del cruento ataque, Oihana y Javier observan con cuidado la escena del crimen, en busca de pistas que puedan ayudarles a dar con el culpable. Los dos se preguntan a dónde habrá ido a parar la pierna del desafortunado cadáver, que al parecer trabajaba en un taller de tornillería cercano. Como en casos anteriores, no hay señal del uso de objetos cortantes, pues la extremidad inferior aparece arrancada de cuajo, como si una fuerza descomunal hubiera tirado de la misma hasta descoyuntarla.

Una vez que llegan los de homicidios, los de la patrulla se retiran, no sin antes poner oído a las conversaciones y comentarios que hacen los encargados del caso. Según estos, la sucesión de extraños crímenes está generando una alarma social que ha llegado a oídos de las más altas instancias, las cuales han decretado no escatimar medios ni personal en resolverlos cuanto antes. Para volver a la normalidad, dicen.

—Mirad bien en la cocina —oyen como ordena uno de los detectives —. Cazuela por cazuela. No sea que encontremos las tripas del muerto en un taper, como el día anterior.

Oihana y Javier vuelven a su vehículo para proseguir la ronda del día. El caso está en manos de los mejores profesionales. De repente, un tremendo alarido se escucha desde el interior del local hostelero, que ha sido desalojado y quedará precintado hasta nuevo aviso. Es el dueño. Acaba de encontrar la pierna del muerto dentro de uno de sus arcones de congelación.


[1] Buenos días

[2] Almuerzo del mediodía

[3] Rape, pescado

[4] Refresco sin alcohol, de color rosa y con un punto amargo

[5] Pescadores

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