Estantes de papel

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Capítulo IV. Txuletón. Judizmendi

El fuego, la carne, y la pasión son los protagonistas de este nuevo capítulo en el que Txorimalo vuelve a matar, esta vez a plena luz del día y en público.
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Basilio apenas repara en la pareja de agentes que le saludan. Su nieto pequeño colgado del cuello, el brazo que apenas puede sujetar los bártulos de la escuela y el bastón, le impiden moverse del sitio. Su mujer le ha preparado la comida del niño en un fiambrera de acero inoxidable y, como ha olvidado con la prisas coger las llaves de casa de su hija, tendrá que darle de comer en el parque. Menos mal que hace buen tiempo.

Aiur no para de correr de un lado para otro. Baja por el tobogán, come un bocado y regresa a los columpios, para seguir jugando. Sentado en el banco le espera, cada vez que regresa incansable, su abuelo con un trozo de comida ensartado en el tenedor y así, con infinita paciencia, consigue que su retoño se coma todos los macarrones y el filete empanado. El viejo no se enfada cuando el chavalín se mancha los pantalones de grasa y le deja beber agua de la fuente a discreción.

Los agentes Oihana y Javier no quieren desaprovechar la oportunidad de hablar con el anciano.  ¿No es mucha casualidad que el señor mayor aparezca siempre que se ha cometido un crimen? ¿Cuáles son esas huellas que nadie ha visto pero que él afirma que existen? ¿Son las palabras de su nieto Aiur pura fantasía infantil o tienen algo de cierto? Los dos policías se conducen con extrema prudencia, pues saben que todo son simples conjeturas que además, exceden de sus competencias.

El señor accede a dibujarles la marca de la pisada que vio en el crimen de Zaramaga, más por complacer a la simpática policía que se lo ha pedido insistentemente con una sonrisa, que por estar dispuesto a colaborar en una investigación que por lo demás, ni siquiera es oficial. Contemplar a la atractiva mujer sentada a su lado, percibir el seductor perfume que emana de su piel tersa, sentir el calor de sus firmes muslos tan próximos, hace reverdecer en el hombre del bastón emociones que creía dormidas.

También a Javier le gusta tener cerca a Oihana. Observar el movimiento de sus caderas al andar, adivinar las curvas que se esconden bajo el uniforme, oír su risa cuando está contenta, verla acariciarse el pelo si está preocupada. Es tan joven su compañera de patrulla que le avergüenza pensar en ella de ese modo; así que se contiene, disimula y trata de ser lo más correcto posible. Su actitud hacia ella ha ido evolucionando con el paso del tiempo, de un trato aséptico y un tanto seco, al principio, hacia otro más amable, donde caben las confidencias, las opiniones y hasta los sentimientos.

Pero en los últimos días, desde que comenzase la ola de extraños crímenes que de manera tan casual les ha tocado presenciar, Javier percibe que una nueva corriente de atracción fluye entre ambos. Las ocasiones de peligro, el reto de las averiguaciones, provocan que cada vez se sientan más cercanos y que sus cuerpos vibren cuando están juntos con una magia desconocida hasta entonces. 

—Hankaluze![1] —exclama Aiur cuando ve pasar una cigüeña volando, en alusión al símbolo de las fiestas del barrio.

Montan de nuevo en el coche. La mujer conduce pero antes, le da a Javier el papel en el que Basilio a dibujado la huella del extraño ser que se metió en casa de la primera víctima. El policía lo guarda en su cartera. Quién sabe si les será de utilidad. Al día siguiente, los dos ertzainas de la comisaria de Vitoria habrán de encontrase de nuevo con Txorimalo, esta vez del modo más inesperado.

Es día de mercado y como todos los jueves, los puestos de la Plaza de Santa Bárbara ya están montados desde primera hora de la mañana. Javier y Oihana se encargan de velar por la seguridad del improvisado recinto bajo la pérgola, donde suelen ser habituales los pequeños hurtos, dada la gran afluencia de público en las horas punta. La última remodelación de la céntrica plaza, situada entre el Mercado de Abastos y El Corte Inglés, ha acabado con el laberinto de parterres que hace años servía de refugio a grupos de vagabundos y borrachines, que tantos quebraderos de cabeza daban a comerciantes y vecinos de la zona. Pues eran muy desagradables las frecuentes peleas entre ellos, las voces malsonantes que proferían sin venir a cuento y el evidente desaliño que mostraban tanto en su atuendo como su apariencia, greñuda y con barba descuidada.

Nada que ver con los usuarios habituales del desaparecido comedor social de la iglesia de Los Desamparados, muy próxima al lugar, al que acudían lo mismo para comer que para cenar, gentes sin recursos de la más diversa procedencia. Pues eran estos menesterosos en su gran mayoría extranjeros, gente realmente necesitada de un plato de comida caliente, a quienes el desempleo o desgraciados avatares del destino, habían llevado a vivir en la calle. Y por ello se preocupaban las monjas de que fueran siempre bien aseados y afeitados, de facilitarles ropa y calzado adecuado del ropero parroquial y de que aprendieran a bajar humildemente la mirada cuando se les hablaba de Dios.

Las Esclavas de Cristo Rey realizaban una encomiable labor de ayuda al prójimo que evitaba que aquellos necesitados dejados de lado por el sistema, vagasen por las calles desnutridos y carentes de lo más básico, practicando la mendicidad, delinquiendo y quién sabe si no enfrentándose violentamente contra quienes más tenían. Finalmente era el honrado trabajo el que venía a redimir a aquellos pobres desgraciados, a quienes algún alma caritativa ofrecía emplearse en el campo, como jornalero, durante un corto espacio de tiempo, recogiendo patatas. Y así poder ganarse el pan con el sudor de su frente, como reza el Libro Sagrado.

La mañana transcurría tranquila, con el trasiego habitual del centro: con su tráfico, su comercio, sus oficinas y su hostelería de café, barra de pintxos[2] y carta de vinos. Cuando de repente, un grito desgarrador llegó a oídos  de todos desde el corazón de la plaza. Una mujer de unos sesenta años, rubia, con tacones y muy bien vestida no para de chillar pidiendo ayuda. Los viandantes se paran a su lado, sin saber qué hacer y le preguntan qué ha pasado.  La señora no acierta a hablar, pues se encuentra presa de un ataque de nervios y entre sollozos les señala hacia el pequeño estanque con chorros que tiene a su espalda. A los pies de la escultura de bronce que representa a una garza de grandes dimensiones, aparece el cadáver de un hombre no muy corpulento con una devastadora herida en el abdomen.

Oihana y Javier son los encargados de acudir corriendo al lugar del incidente y de dar parte, nada más descubrir el hecho. Mandan disolverse a los curiosos, atienden a la involuntaria descubridora de la víctima, que a punto está de sufrir una lipotimia y esperan a que llegue la ambulancia. Los sanitarios, después de intentar una reanimación de urgencia, desisten de su tarea, a todas luces inútil, dada la rigidez que presenta el fallecido. Cubren el cuerpo con una de esas mantas que parecen un envoltorio gigante de bombones y hacen entrar a la testigo en el vehículo de urgencias para administrarle un tranquilizante.

Un corrillo de jubilados se resiste a abandonar la zona del fatal suceso y hacen comentarios entre ellos de lo ocurrido, sin perder de vista el ir y venir de los uniformados. Uno de ellos se acerca hasta los caños y, con la excusa de lavarse las manos, se pone a fisgar sin disimulo. Javier le dice que no puede estar allí, el hombre se disculpa, regresa al grupo y les cuenta lo que ha visto. Todos le escuchan con atención y empiezan a dar muestras de cierto nerviosismo.

—¡Eh, moza! —le grita uno de los viejos a la policía con la intención de llamar su atención —¿Ya habéis visto la cartera? Sí, la que está dentro el agua, en la fuente. A ver si va a ser del muerto — le dice entre aspavientos mientras los demás señores asienten con la cabeza.

Javier se asoma al pilón, se arremanga, mete un brazo hasta el codo y consigue rescatar un billetero de caballero. Nada más abrirlo, se topa con la foto carnet que muestra el rostro de un hombre de unos cuarenta años, moreno, delgado, de pelo corto y nariz aguileña. El mismo que yace sin vida tumbado sobre el banco corrido de madera que hay bajo la escena de la garza, con una rana y un cangrejo autóctono sobre el lomo,  y que rinde tributo a la flora y fauna de los humedales de Salburua.

Oihana le acerca una bolsa de plástico para que deposite dentro el objeto perdido, que servirá como prueba para la investigación del caso. Los viejos celebran como niños el inesperado hallazgo, dando palmaditas en la espalda al avispado observador, que sonríe henchido de orgullo. Al rato llega el juez de guardia para proceder al levantamiento de cadáver  y los agentes reciben la orden de volver a su tarea en el mercado al aire libre.

Ya están destapando el cuerpo —el rostro desencajado, los enmarañados intestinos desbordados fuera del vientre abierto —cuando se acerca hasta ellos, visiblemente alterado, un comerciante del Mercado de Abastos. El delantal blanco manchado de sangre le identifica como carnicero y sus gruesas manos denotan los muchos años de oficio manejando el cuchillo con precisión. El indignado autónomo quiere denunciar que le han robado nada menos que ocho espléndidos txuletones de vaca, de los de menú de sidrería. Casi doce kilos de carne de primerísima calidad.

—A razón de cuarenta euros el kilo, eche usted cuentas, ¡un dineral! —le explica al policía, que apenas le hace caso —. Porque las chuletas son ecológicas, oiga, de kilómetro cero y tienen Label.

Javier mira por última vez al fallecido, que se llama Ibón. Y se fija en el terrible boquete por el que se le ha ido la vida. No es un corte, ni una punzada, de esos que ha visto muchas veces en las reyertas callejeras. Es un trozo de carne arrancado, un tremendo mordisco, lo que delata la herida, mortal de necesidad. Un dentellada propia de  una bestia salvaje que actúa sin piedad.

El tendero continúa con su clamorosa queja ajeno al crítico momento que se está viviendo en la plaza. Como si el muerto no importase, como si nada fuera lo bastante grave como para interferir en su negocio. Y por eso sigue insistiendo. Y cuenta que el ladrón ha actuado con total sigilo, por eso nadie le ha visto, por increíble que parezca.

—Lo siento, señor. Ahora no podemos atenderle. Llame por favor al 112 — le responde Javier sin poder disimular su fastidio por la falta de sensibilidad del indignado ciudadano.

Los del mercado ya han recogido y arrancan sus furgonetas una hora antes de lo previsto. El hallazgo del cadáver despanzurrado a echado a perder la mañana de ventas, porque a nadie le gusta comprar allí donde la muerte ha hecho acto de presencia de manera tan trágica. Solo unos pocos clientes, que han llegado a última hora, hacen sus compras con el apremio de que el vendedor ya se va. De entre ellos, Javier y Oihana distinguen una figura que les es familiar, la un hombre mayor con bastón y visera de colores que habla siempre en voz alta.

—Basilio, ¿qué hace usted por aquí? —le pregunta Javier, que intenta que  su tono no suene a interrogatorio.

—Ya ven, comprando unos perretxikos[3]antes de que me cierren — responde el anciano con total tranquilidad —. ¿Y ustedes? Ya veo que la fiera les ha tomado la delantera de nuevo.

Los dos agentes se quedan paralizados, sin saber qué decir. Piensan que el viejo sabe demasiado. O quizá solo esté bromeando. ¿Ha sido de nuevo una casualidad que él esté allí precisamente ese día? ¿Deberían llevárselo a comisaría? Como si el hombre estuviera adivinando sus pensamientos, les invita a acompañarle al otro lado de la plaza, cerca de los cipreses.

La noche anterior ha llovido y la tierra todavía está húmeda.  La impronta de una huella, casi tan grande como una mano, todavía es perceptible en el barro. Imposible que sea humana. Descartado que pertenezca a un animal de los contornos. ¿De qué singular criatura habla esa pisada? Y lo más importante, ¿corresponde al asesino en serie de los últimos días?

—La fiera —como a Basilio le gusta referirse al enigmático matahombres —estuvo acechando a la víctima mucho tiempo, quizá desde antes del amanecer.

—¿Y cómo sabe usted eso? —pregunta Oihana con cierto tono de incredulidad.

—Porque estuvo tumbado largo rato bajo ese árbol.  ¿No ves el cerco de hierba aplastada? —responde el anciano mientras le señala el lugar con la ayuda de su bastón.

—¿Y no podía haber sido algún otro animal? ¿Un perro grande, como un mastín? —vuelve a inquirir la mujer policía, sabedora de que ninguna de sus interrogantes podrá ofender a su tierno admirador.   

—Mi querida muchacha, ¿debajo de un tejo? No conozco ningún animal de sangre caliente que lo hiciera.

—¿Por qué? —le preguntan casi a la par los dos policías.

—Porque es venenoso. ¿No lo sabían? Los antiguos decían que quien durmiese debajo de un tejo hallaría la muerte o la enfermedad.

Los dos agentes quedan sorprendidos con los curiosos conocimientos del viejo, que al momento se despide de ellos para tomar un autobús urbano de regreso a casa. El octogenario está deseando coger una sartén para prepararse un buen revuelto de perretxikos con jamón. Y antes de marchar, les recita un conocido dicho del refranero popular. “Los de abril, para mí, los de mayo, para mi amo y los de junio, para ninguno”. Los perretxikos, se entiende.

Oihana y Javier regresan a comisaria. Su turno ha terminado por ese día. La mujer conduce, los dos guardan silencio. Sus cabezas bullen de ideas en torno a la cascada crímenes que asolan la ciudad. De repente, Javier le pide que se detenga. Ella le mira desconcertada y, ante su insistencia, aparca el vehículo en una calle poco concurrida.

—Oihana —le dice mientras le mira fijamente a los ojos —tengo un presentimiento. Vayamos a la casa del muerto de hoy. Sé su dirección. La vi en su documentación, al rescatar su cartera del agua. Es ahora o nunca. Antes de que lleguen los demás.

Su compañera se queda muy quieta frente al volante. Piensa. Su mano juguetea  nerviosa con la palanca del cambio de marcha, que está en punto muerto.

—Sé que es una locura. Entendería que no quisieras hacerlo —prosigue él, mientras se retira la gorra con una mano y se atusa el cabello con los dedos de la otra. Las sienes ya plateadas contrastan con su rostro de piel morena.

—Claro que es una locura, Javier pero… ¡vamos a hacerlo! Esan, nora joan behar  dugun?[4] —le contesta resueltamente Oihana con una sonrisa de oreja a oreja. Sus mejillas, encendidas por la emoción, el brillo de sus bonitos ojos del color del mar, reflejan el enorme entusiasmo de la joven policía.

Ambos estrechan sus manos en un fuerte apretón lleno de camaradería. Javier también sonríe, su mirada sea ha iluminado con una ilusión como no sentía desde hacía mucho tiempo. Oihana pega un volantazo, enciende las sirenas y pisa el acelerador. El corazón les late a mil por hora. Saben que se están saltando muchas normas y que eso podría costarles una suspensión de empleo y sueldo, cuando no algo peor. Pero no les importa. Confían el uno en el otro. El misterio ha llamado a su puerta y eso solo pasa una vez en la vida.

Aparcan el coche en la Avenida de Estíbaliz, en el barrio de Judizmendi y se dirigen a una de las casas de estilo regionalista que conforman la que fuera primera urbanización de adosados de Vitoria. La puerta está abierta pero no hay señales de que la policía haya llegado. Entran despacio, sin hacer ruido y con los ojos bien abiertos. No tienen orden de allanamiento, ni nadie les ha requerido en el lugar, así que su acción es totalmente irregular y hasta podría decirse, ilegal.

El interior de la vivienda parece vacío. Ninguna voz, ningún paso, se oye por las escaleras interiores que llevan hasta la segunda y la tercera planta. Solo una cosa llama su atención. De la parte trasera, que da paso a un patio interior, les llega un olorcillo inconfundible de carne cocinándose al fuego.  Avanzan sin demora y descubren un magnífico jardín de casi doscientos metros cuadrados en cuyo centro, como si fuera un altar, rodeado de vapores que recuerdan a sahumerios sagrados, hay instalada una parrilla vasca con ocho txuletones casi tan grandes como otanas[5].

El amplio espacio verde es un inesperado oasis en medio de la ciudad, un pequeño lujo que pocos adivinan detrás de los coquetos caseríos urbanos que se construyeron hace ya más de noventa años. Este en concreto cuenta con un pozo que se alimenta de un acuífero subterráneo y que a buen seguro sirve a sus dueños para regar las plantas del lugar, incluido el pequeño cerezo del fondo. El idílico rincón se completa con una tumbona de balancín de tres plazas, situada a la sombra del árbol frutal.

Los dos policías quedan extasiados. Oihana imagina el placer que sería poder librarse de sus gruesas botas del trabajo y caminar descalza sobre el césped, sintiendo el fresco cosquilleo de las briznas de hierba bajo la planta de sus pies. Javier por su parte se ve a sí mismo desprendiéndose del polo de su uniforme, libre de cualquier prenda, dejando que el sol y la brisa acaricien su viril torso desnudo.

El vuelo rasante de una paloma saca a la pareja de sus ensoñaciones y les hace volver a la realidad. Los gruesos filetes de vaca, de entre cuatro y cinco centímetros de espesor, chisporrotean encima de las brasas ardientes, a un paso de convertirse en la tentación de cualquier amante de la carne. A Javier no le cabe duda de que son los mismos txuletones cuyo robo fue denunciado pocas horas antes por el carnicero del puesto de Abastos. Pero ¿qué tienen que ver las chuletas con el fallecido de esa mañana? ¿Por qué se están cocinando en su casa? Y lo más importante, el que haya montado esa impresionante barbacoa, ¿es acaso el asesino?

 —¿Qué te parece si llamo para avisar de que estamos ante la puerta abierta de un domicilio en el que no hay nadie y que apreciamos riesgo de incendio? —le dice Javier a Oihana girándose hacia ella mientras le guiña un ojo.

—De acuerdo, será lo mejor —responde su compañera, que le sonríe con complicidad —. Eso nos dará más tiempo.

Mientras Javier sale afuera para comunicarse con la base, Oihana se queda sola frente a la parrilla, observando como los txuletones están a punto de quemarse. “Qué lástima”, piensa, “una carne tan sabrosa” y sin pensárselo dos veces se dispone a retirar la carne del fuego con unas tenazas de cocina. Como si estuviera sacando almas del purgatorio, comienza a retirar una a una, con cuidado, las enormes piezas de vacuno a una tartera.

Cuando ya solo le queda por sacar un txuletón, una brasa incandescente provoca de manera inexplicable una enorme llamarada surgida de la nada, que a punto está de quemarle el rostro. Sobresaltada, retrocede un paso hacia atrás y se cubre la cara con el antebrazo de la mano que le queda libre. Se tira al suelo y rueda sobre sí misma para evitar que su ropa arda. El calor que desprende el repentino chorro de fuego es tan intenso que parece salido de un lanzallamas.

Tendida sobre el césped, observa la fatal flama extinguirse de repente, como por encantamiento y una voz misteriosa, la misma de otras veces, le dice como si hablara desde el fondo de una gruta:

—El txuletón vasco sabe a vaca que pasta en los prados junto al mar. Sabe a mazorca de maíz en la ganbara[6], sabe a berza y nabos recién cogidos de la huerta. Su grasa se impregna de estos aromas y por eso cuando la masticamos, cerrando los ojos, nos sentimos como terneros que añoran la ubre de la madre.

Al volver del jardín, Javier encuentra a Oihana tirada en el suelo, con la manga del polo chamuscada y sin poder casi pronunciar palabra por el susto. Ayuda a la joven a incorporarse, pero apenas puede tenerse en pie, así que la toma entre sus fornidos brazos y la lleva dentro de la casa. Sentada en un elegante silloncito de la entrada, la joven pierde el sentido por unos instantes. Su compañero la da palmaditas en la cara, le habla, le hace inclinarse hacia delante para que recupere el riego sanguíneo, pero es inútil. Cuando llegan los refuerzos, le trae un vaso de agua de la cocina, pero nada le hace salir de su estado de shock. Oihana delira, dice palabras inconexas, habla de un duende, de unas vacas y del fuego del infierno.

Cuando llega la ambulancia, la chica agarra fuerte la mano de su compañero de fatigas. Los sanitarios le curan unas pequeñas quemaduras de primer grado en el brazo izquierdo. “Poca cosa”, le dicen, “podría haber sido peor”. Oihana aguanta sin rechistar la primera cura y rehúsa ir al hospital. Javier la observa de lejos, preocupado, pensando qué le ha podido pasar durante el breve espacio de tiempo que él se ha ausentado del jardín.

Y la observa sentada en la camilla, respirando hondo, alzando la mirada como si quisiera recuperar en el aire la cordura momentáneamente perdida. El niqui ignífugo de la mujer policía está tirado en una esquina, dentro de una bolsa de plástico, prácticamente inservible. La única prenda que cubre su pecho es un sostén deportivo de color gris, ribeteado en verde fosforito. Las copas del sujetador de alto impacto envuelven los senos de la joven dándoles una discreta forma redondeada, a pesar de lo cual no deja de ser evidente la tentadora turgencia de sus curvas. No hay concesión a la coquetería en la ropa interior de Oihana, aunque a Javier le haya parecido tremendamente sexy en el breve lapso de tiempo que ha podido vislumbrarla.  Desde los tirantes, que ascienden hacia la femenina clavícula para descender y cruzarse sobre la espalda, hasta el broche que cierra la prenda íntima en la mitad del dorso. Porque todos ellos parecen estar esperando a que unos hábiles dedos lo desaten o los bajen para poder admirar la belleza que tan celosamente preservan.

—Hoy, por poco, tu compañera termina como San Lorenzo —le dice otro uniformado en tono jocoso.

Javier sale de su ensimismamiento. El comentario de su compañero le parece poco apropiado y se lo hace saber con tan solo una mirada desafiante que deja al otro balbuceando una disculpa.

—¿Quién es ese Lorenzo? — replica Oihana que ha irrumpido de repente en la conversación entre los dos hombres. Una compañera le ha prestado un polo que siempre lleva de repuesto en el maletero.

—Un santo al que mataron quemándole vivo sobre una parrilla —le responde Javier, que recobra la sonrisa al ver a Oihana ya recuperada del sobresalto y curada de sus heridas.

—¿Y eso cuándo fue? — vuelve a preguntar intrigada.

—La tira de años. Se celebra cada diez de agosto. Cuando las famosas lluvias de Perseidas —ante la cara de perplejidad de la joven, Javier termina de explicarle sucintamente —. Lluvia de meteoritos. Estrellas fugaces. También se les llama Lágrimas de San Lorenzo. Se ven mejor en esas noches de verano —le va contando mientras se dirigen al coche. Está deseando salir de allí enseguida. Antes de ponerse al volante, el hombre se detiene y pregunta a Oihana con verdadero interés:

—¿Estas ya mejor? —la voz suena cálida a pesar de su semblante serio.

—Sí, solo tengo ganas de llegar lo antes posible a mi casa —le contesta la joven con aire cansado.

Alejados del revuelo de sirenas y vecinos, pues hasta los bomberos se han personado con una unidad móvil, los dos agentes permanecen de pie, frente a frente, a escasa distancia el uno del otro. Oihana percibe la profunda respiración de su compañero, la varonil fragancia que desprende su robusto cuerpo, el nerviosismo de sus manos cruzadas por delante de la pelvis en posición de descanso. Y por un momento se siente tentada de apoyar su cabeza sobre el musculoso pecho masculino y dejarse abrazar.

—Te dejo en tu casa, no te preocupes — se ofrece Javier, que se toma la libertad de posar, por unos segundos, una de sus manos sobre el brazo sano de la mujer.

El leve contacto con la piel de la joven le hace estremecerse por dentro. Y su mirada recorre esos labios carnosos que quisiera besar, la grácil cintura que le gustaría estrechar contra su cuerpo y esa melena rubia tan suave que se muere por acariciar.

Cuando vuelven a comisaría, todos se preocupan por el estado de Oihana y la felicitan porque el incidente no haya revestido mayor gravedad. “Vete pidiendo otro polo cuanto antes”, le aconseja una de las compañeras del sindicato, mientras otra le recomienda aceite de rosa mosqueta para la cicatriz. “Verás como así, casi no te queda marca”.

Tal como le había dicho, Javier le espera a la salida para llevarle a casa en coche. Tardan más de lo previsto, pues la rotonda de Euskalherria vuelve a estar colapsada a causa del intenso tráfico, el paso del tranvía y el carril-bus. A Javier le resulta raro ver a Oihana sentada en el asiento del copiloto, que habitualmente ocupa su esposa, y por un momento fantasea con la idea de que ella fuera su mujer.  La radio retransmite las noticias y vuelve a hablar de un nuevo caso de asesinato en Vitoria, el tercero en una semana.

Cuando llegan frente al piso de la joven, Javier detiene el coche en doble fila y ella sale del auto sin decir nada. Durante el trayecto, se ha ajustado la coleta varias veces, con aire circunspecto, como si algo la preocupase. Antes de cerrar la puerta, se vuelve y acercándose a la ventanilla, le anuncia sin poder contenerse:

—¡Javier, tengo algo que contarte!¡Algo que ha ocurrido esta tarde en el jardín, frente a la parrilla!

El experimentado policía le mira y le dice  con tono sosegado:

—Mejor otro día. Ahora descansa. Ha sido una jornada de muchas emociones. Si estás bien, puedo venir a recogerte aquí mismo mañana a primera hora. ¿De acuerdo?

—Conforme —responde ella a pesar de sentirse contrariada —. Bihar arte[7] —pues sabe que el horario laboral de ambos ha tocado a su fin por ese día.

Javier se queda mirando a Oihana mientras cruza la calle camino al portal, hasta que la puerta se cierra tras ella. Mientras conduce, piensa que los últimos días en el curro se están convirtiendo en una locura: su compañera de patrulla, los hombres asesinados, los delirantes platos de cocina, el extraño ser que mata.

De repente, un mensaje de watsapp ensu móvil le hace regresar a la realidad cotidiana de su casa, junto a su familia. En la pantalla aparece el nombre de Arantxa. Le pregunta si ya ha comprado la cena para esa noche.

Autora: Feli Armiño


[1] Pierna larga

[2] Tapas de los bares

[3] Seta de primavera muy apreciada en Euskadi y Navarra

[4] Dime, ¿a dónde tenemos que ir?

[5] Hogaza de pan de Vitoria

[6] Desván, despensa

[7] Hasta mañana

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