Estantes de papel

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LA SOCIEDAD MALDITA.Capítulo III. Goxua. Salburua.

Un nuevo crimen pone a Oihana y Javier sobre la pista de Txorimalo. Los dos agentes sienten una extraña atracción por el caso que cada vez les une más.
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Javier lee los post-it que su mujer le ha dejado pegados en la puerta del frigorífico. La rotación de turnos les obliga todos los meses a pasar casi una semana sin verse apenas, pues cuando uno llega del turno de noche, el otro ya está de camino al trabajo. Los escuetos mensajes contienen listas de la compra, fechas de cumpleaños y citas médicas.

Todavía no le ha contado a su esposa que su nueva compañera en el curro es una escultural joven, como quien dice recién salida de la academia, alta, rubia y de ojos azules. La chica, como todos los de su promoción, es cien por cien euskaldún, luce tatuajes en los brazos y no entiende la razón por la que habría de ocultar a su entorno cuál es su profesión. Su euskalki[1] vizcaíno le resulta ininteligible y por ello la mayoría de las veces hablan en castellano.

—¿Qué tal lo llevas? —le pregunta Javier después de llevar un buen rato conduciendo en silencio.

La visera del uniforme apenas puede ocultar las profundas ojeras que delatan las últimas noches de insomnio de la joven, incapaz de quitarse de la cabeza la terrible visión de los dedos cercenados, flotando dentro del guiso de porrupatata. Además, está la voz que le habló al oído y que cada vez está más segura que no fue fruto de su imaginación. Un magnífico misterio se esconde detrás del horrible crimen, piensa, cuyo esclarecimiento va más allá de la simple investigación policial.

—Es secreto de sumario. No te obsesiones con el tema. Con el tiempo, aprenderás a no dejar que estas cosas te afecten demasiado —le aconseja el veterano policía autónomo con tono condescendiente.

Pero ambos saben que no es cierto. Porque hay casos y casos. La mayoría son muertes anunciadas, precedidas de amenazas o de malos tratos, con presuntos culpables que se dan a la fuga y pruebas irrefutables que acaban incriminando a su autor. Pero ninguna de esas circunstancias concurren en este homicidio, que trae de cabeza a los investigadores desde el minuto uno. Sin móvil, sin huellas, sin testigos, nada resulta ser lo que parece. Y una a una, todas las pesquisas terminan acabando en un callejón sin salida, que amenaza con dejar el cruento delito a merced de los medios sensacionalistas.

—¿Por qué no nos acercamos de nuevo hasta Zaramaga? ¿Quizá algún vecino tenga algo nuevo que contarnos? —propone Ohiana, sin que Javier pueda negarse, pues también él siente una extraña fascinación por el caso, que apenas le deja pensar en otra cosa.

La puerta sigue precintada y los vecinos, alborotados. En la calle no se habla de otra cosa y el miedo comienza a palparse en el ambiente. Todavía no se publicado la esquela, a la espera de la autopsia y algunos periodistas se afanan en conocer más detalles del sangriento suceso y su desgraciado protagonista. Las respuestas son las habituales: era una persona normal, un vecino respetable, alguien muy querido. Una víctima que clama justicia, en definitiva.

La pareja de ertzainas aprovecha su tiempo de descanso para tomarse el café en un bar próximo al lugar de los hechos. Las miradas de los hombres no pueden evitar fijarse en la atractiva mujer de uniforme, que pregunta dónde está el baño nada más entrar. Javier saca la consumición afuera y comienza a observar a los transeúntes. Al otro lado de la calle, un enorme mural pintado en la fachada de un bloque de viviendas recuerda los violentos sucesos ocurridos muy cerca de allí, en el tristemente conocido como 3 de marzo[2].

—¡Buenos días! —exclama una animosa voz  que se ha detenido frente al agente.

—Y muy buenos días también para usted, señorita —vuelve a decir cuando ve aparecer a Oihana.

Un hombre mayor, con gafas de sol espejadas, les sonríe mientras golpea rítmicamente en el suelo con su bastón. Cuando se destapa los ojos, los agentes le reconocen como el anciano que descubrió el cadáver del hombre sin dedos.

—No tuve tiempo de hablar con ustedes el otro día y después tuve que marcharme. Pero supongo que ya tomarían buena nota de las huellas que había por todas partes. Todavía me pregunto a qué clase de bicho pertenecen.

—Perdón señor, ¿a qué se refiere? —pregunta Oihana intrigada.

—A las huellas, a las pisadas. ¿No las vieron? Estaban por todas partes: en la fachada, en la entrada, dentro de casa. Incluso había unas marcadas en el césped del jardín. Pero no eran de corzo, ni de jabalí. Tenían cinco dedos, todos unidos por una membrana. Y garras.

—¿Qué intenta decirnos? ¿Que fue un animal? —inquiere Javier un tanto confuso.

—Uno muy raro, desde luego, porque nunca había visto nada igual por los alrededores.

 Los dos agentes se miran, apuran sus tazas y antes de despedirse, piden al hombre que tenga la amabilidad de facilitarles sus datos.

—Mi nombre es Basilio, pero todos por aquí me llaman el Riojano —les responde de forma evasiva —. Pero si quieren localizarme, no tienen más que pasarse cualquier tarde por el bar Amapola. Tiene las mejores torrijas de Vitoria —añade, guiñando un ojo a la bella mujer policía.

Vuelven a montar en el coche y prosiguen su ruta.

—¿Qué clase de animal te corta los dedos y después los echa a la cazuela? — piensa Oihana en voz alta.

—Uno con muy malas pulgas —responde su compañero con sorna.

—Mesedez[3], Xavier. Sabemos que en comisaria se están volviendo locos. No tienen nada. Quien quiera que matase a ese hombre, no era humano. Y no me refiero solo al nivel de ensañamiento, que ya sabemos que puede alcanzar extremos aberrantes. Sino a los motivos, a la pulsión que subyace tras los hechos. No es tanto el porqué sino el para qué.

—Qué sé yo —le dice Javier —.Las bandas de los países del Este suelen ser muy violentas y tienen sus propios códigos. A veces el culpable está más cerca de lo que pensamos. Todos los asesinos, salvo excepciones, pertenecen al entorno de la víctima: un familiar, un amigo, un amante. El resto son vendettas, avisos entre bandas. Raras veces se busca matar al otro, sino que más bien se te va la mano al intentar robar a alguien, al querer forzarle sexualmente o cuando solo querías intimidarle.

—Sí, claro. Hay muchos modos de matar. Como la mano invisible del acoso —agrega Oihana a modo de reflexión.

—O el terrorismo —concluye escuetamente Javier.

El viejo ertzaina, a pocos años del precoz retiro que se reserva a los funcionarios de carrera como él, no puede evitar acordase todavía de los años en que ETA era una amenaza.

—¿En qué piensas? —le dice Oihana al verle tan callado en el asiento del copiloto.

Pero antes de que el hombre pueda responder, un aviso por radio les obliga a salir bruscamente de la ruta programada y acudir a toda prisa, con las sirenas encendidas, hacia la zona de Salburua, donde se ha producido un incidente. No se les requiere en un domicilio, ni se trata de un altercado en la calle, sino que la petición de ayuda llega desde un centro educativo, una escuela pública, la del barrio.

Aceleran por la carretera de la antigua circunvalación, dejando atrás Aranbizkarra y sus bloques de viviendas con forma hexagonal. Solo los más mayores se acuerdan de cuando no había allí casas y los terrenos estaban reservados a una industria peligrosa, la que fabricaba explosivos, pirotecnia y cartuchos para las escopetas de los cazadores.

Una maestra de infantil vestida con bata rosa les espera delante de la puerta principal y les conduce rápidamente, casi sin mediar palabra, hasta el interior del edificio. Atraviesan el patio de asfalto y después de recorrer un laberinto de pasillos, llegan hasta la puerta del comedor, donde les espera la directora visiblemente nerviosa.

—Egun on [4]

—Zer gertatu da, nagusi andrea? [5]— pregunta Javier después de responder al saludo de la docente.

—Lehenak zarete iristen [6]— responde ella muy seria —. Ikusi eta epaitu zeuek.[7]

La máxima responsable del centro franquea la entrada a los dos policías y deja que sean ellos mismos quienes descubran la pavorosa escena. Sentado en una silla de pequeñas dimensiones, despatarrado y medio caído, aparece el cuerpo sin vida de un hombre de complexión fuerte que ha sido degollado. Viste uniforme blanco, tiene cubierta la cabeza con una cofia y calza zuecos de seguridad, también de color blanco. Un reguero de sangre fresca se desliza desde su cuello por el inmaculado atuendo de trabajo, hasta caer en gruesos goterones al impoluto suelo de baldosa del comedor escolar.

—Badaki zu nor zen?[8] —pregunta Oihana a la directora, que no se atreve a cruzar la puerta.

—Janaria ekartzen zigun[9] —responde la responsable con voz entrecortada.

Javier se acerca para ver el logotipo que el finado luce impreso a un lado de la pechera y que le identifica como trabajador de una conocida empresa de servicios que prepara menús para colegios. Deduce que el fallecido se encargaba del transporte y por eso el vehículo del reparto está todavía aparcado en las inmediaciones, con el intermitente encendido.

La directora mira angustiada a los dos agentes y les apremia con un gesto de la mano para que entren en la cocina, donde les espera un panorama desconcertante. Nada más cruzar la puerta, la pareja de policías se topa con el carrito de ruedas que traía la comida, el cual está volcado patas arriba, con las ruedas mirando al techo, en lo que no cabe duda ha sido un acto intencionado. Como consecuencia del vuelco, el contenido de las cubetas de aluminio que conservan caliente los alimentos se ha desparramado por el suelo, dando lugar a una asquerosa amalgama de sopa de garbanzos con fideos y empanadillas de atún aplastadas. Las mandarinas que venían de postre han rodado por el piso como bolas de billar. Algunas están reventadas, otras totalmente machacadas, como si alguien las hubiera pisado con rabia desatada.

Oihana y Javier se miran sin saber muy bien qué pensar. Al momento, se pone en contacto con ellos una voz desde comisaría que les informa de que más patrullas están a punto de llegar. También les avisa de que va para allá una ambulancia medicalizada, a lo que ellos responden que desgraciadamente su presencia solo servirá para certificar la muerte de un individuo sin identificar.

—Se llama Roberto y trabajaba en la cocina central —les dice compungida una mujer joven que lleva puesto por encima de la ropa, un mandil tipo escapulario atado a los laterales.

Los agentes hacen salir a la monitora de jantoki[10] de la escena del crimen y van preparándolo todo para cuando lleguen los de homicidios. Cuando el resto del personal de la ikastola[11] se retira y se quedan a solas con el muerto, pueden darse cuenta de un pequeño detalle, que hasta entonces les había pasado desapercibido y que llama poderosamente su atención.

Al igual que el cadáver de Zaramaga, éste del colegio de Salburua, tiene los ojos desorbitados, como si la última cosa que hubiera visto antes de morir le hubiera llenado de espanto. También la boca del difunto Roberto tiene dibujada una mueca de intenso dolor, como si hubiera sentido un sufrimiento muy grande antes de despedirse de este mundo. Pero lo más llamativo es que la tráquea del trabajador de Ausolan no ha sido seccionada con un objeto cortante, sino que aparece arrancada de un mordisco descomunal. Igual que cada uno de los dedos del desdichado Fernando,  que fueron extirpados de cuajo por una mandíbula bestial provista de afilados colmillos.

Los dos agentes siguen observando de cerca el cadáver del infeliz Roberto, el cual poco a poco se va escurriendo de la silla, hasta el punto de que todo hace predecir que terminará desplomado sobre el suelo, antes de que llegue el juez de guardia. Es entonces cuando un leve pitido, hasta ese momento inaudible, les avisa de que la puerta de la cámara frigorífica está abierta. Oihana se acerca para cerrarla y enseguida percibe algo extraño. Una luz resplandeciente, de un cálido matiz dorado, emana del interior de la gran nevera, como si algo sobrenatural estuviera ocurriendo en su interior.

Atraída por el resplandor de un modo casi hipnótico, como si una voz desde el más allá le dijese: “Ven”, la valiente policía se aproxima paso a paso hasta quedar situada frente al frigorífico abierto. La visión del interior no puede por menos que dejarla sorprendida. Como si se tratase de la vitrina de una selecta pastelería, decenas de deliciosos goxua[12] aparecen expuestos en perfecto orden dentro de la cámara. El dulce aroma del azúcar quemado sobre la delicada crema pastelera embarga a la joven de una agradable sensación de confort que le hace recordar su infancia.

  • El truco para que la nata salga bien firme es que esté muy fría antes de montarla. Que sea rica en grasa y que lleve azúcar glas. Aunque es más rápido hacerlo con la batidora eléctrica,  a mano nunca se corta. Solo así se consigue una nata montada lo bastante consistente para sostener el tierno bizcocho empapado en almíbar y la rica crema pastelera cubierta de azúcar tostado —le susurra de nuevo una voz que solo ella puede oír.

Javier se aproxima con cuidado por detrás de Oihana, que permanece petrificada frente a la inquietante producción repostera. El hombre se lleva instintivamente la mano izquierda hacia su arma reglamentaria, como si temiera que algo peligroso pudiera estar acechando agazapado dentro del frío. Su vista se detiene en la balda arriba, donde reposa una única copa de cristal que contiene un líquido rojo parecido a la sangre. El perverso cáliz, que se exhibe como si fuera un trofeo, está coronado de una coqueta garnitura de nata montada, que una mano traviesa ha adornado caprichosamente con diminutos fideos dulces de colores.

Javier señala el vaso de sangre coagulada con su dedo índice y Oihana no puede evitar que se le revuelva el estómago al pensar que es la misma sangre del cuerpo sin vida que se está desangrando a pocos metros de ellos. Gira el rostro y su mirada se encuentra con la de su compañero, que está a su lado, muy cerca de ella. Siente su pecho latir con fuerza. Los trémulos labios aproximarse a su rostro. Y antes de que pueda pronunciar una palabra, él le dice con voz serena mientras le mira fijamente a los ojos: “Goazen hemendik, Oihana”[13].

Los dos agentes abandonan el lugar de los hechos cuando llega la policía forense, que enseguida se pone a recabar pruebas y a tomar declaración a los testigos. El desconcertante contenido del frigorífico ha dejado a todos con la boca abierta. Y nadie sabe de dónde han salido todos esos goxuas, ni quién ha podido prepararlos.

La encimera de la cocina aparece pulcramente ordenada, como si acabasen de limpiarla, y no muestra el menor rastro de la laboriosa elaboración que requiere el consistente postre alavés. Ni un grano de azúcar, ni una gota de leche por el suelo. Las cáscaras de huevo, apartadas en el contenedor de basura orgánica. Las varillas para batir, fregadas, sin restos de nata o crema. Las bolsas  que contienen la harina y la maicena, perfectamente selladas. 

El horno todavía está caliente. Alguien ha enrollado el cable de la batidora eléctrica con cuidado. Y la pala para tostar el azúcar, que nadie había visto antes, aún quema. A buen seguro que si alguien probase alguno de los cremosos goxua que aguardan en la cámara, hubiera jurado que eran obra del mismísimo Sosoaga[14].

Cuando Oihana y Javier están a punto de entrar en su vehículo, oyen a un niño de preescolar llamarles a través de los barrotes. El chavalín juega solo en el patio, a la espera de que sus padres vayan a recogerlo, pues el colegio ha dado aviso de que no habrá ese día servicio de comedor. Mastica con la boca abierta unos palitos de pan que su maestra le ha dado para distraer el hambre, pues sus abuelos todavía tardarán un rato en llegar. Así de complicada es la conciliación.

—¡Polis, eh, polis! — les grita el niño para llamar su atención —¿Ya habéis atrapado al duende?

—¿Qué duende? —le pregunta Oihana mientras se aparta del coche patrulla para acercarse a él. Javier, la observa sentado ya al volante, y no puede evitar fijarse en la hermosa  coleta rubia que discurre a lo largo de la estilizada espalda de su compañera y que le llega casi hasta la cintura.

—El duende de los postres —responde el pequeño escolar, que no tendrá más de cinco años —. Él ha hecho todos los goxuas. Yo he comido uno.

—¿Así que un duende? —repite la joven — ¿Y qué te dicho ese duende? —le pregunta con genuino interés la mujer policía.

—¡Que la comida aquí es una mierda! —exclama el pequeño sin parar de reír.

Un hombre mayor llama al niño desde lejos y éste se marcha veloz sin despedirse. Una andereño[15] entrega al abuelo una batita azul, una mochila de colores y una nota de papel. Javier al ver al señor, sale del auto policial apresuradamente y se dirige rápido hacia donde está, antes de perderle de vista. Oihana le mira sorprendida, se incorpora de la posición de cuclillas desde la que ha conversado con el menor y le pregunta divertida a dónde a va.

—Es Basilio — le responde él acelerando el paso.

—¿Quién? — pregunta ella con cara de extrañeza.

—¡El Riojano. El viejo de Zaramaga. El de las torrijas!

Autora: Feli Armiño


[1] Dialecto del euskera

[2] Los disturbios entre policía y manifestantes se saldaron con cinco muertos y decenas de heridos en 1976

[3] Por favor

[4] Buenos días

[5] ¿Qué ha ocurrido, señora directora?

[6] Son los primeros en llegar

[7] Vean y juzguen ustedes mismos

[8] ¿Sabe quién era?

[9] Nos traía la comida

[10] Comedor escolar

[11] Escuela

[12] Postre vasco

[13] Vámonos de aquí, cariño

[14] Luis López de Sosoaga, quinta generación de la pastelería y confitería vitoriana “Sosoaga”

[15] Señorita, maestra

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