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LA SOCIEDAD MALDITA. Capítulo I. Kokotxas. Lakuabizkarra

Una sociedad gastronómica. Una noche en blanco. Un personaje perturbador. La vida de Aitor da un vuelco desde ese mismo día.
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La densa niebla de la mañana no había empezado a disiparse a las orillas del Zadorra, cuando de repente Aitor abrió los ojos. Una ráfaga de aire frío que se había colado por un batiente abierto hacia la calle, le había despertado de su pesado sueño. Se había quedado dormido sentado frente a una de las mesas de la sociedad. Un leve ronquido se escapó de su boca, que amaneció inusualmente seca, como si se hubiese levantado con resaca. Enderezó la cabeza de la improvisada almohada de la que se había provisto cruzando los brazos y después de desperezarse, se incorporó lentamente. Sentía los músculos entumecidos y palpándose las lumbares, pudo constatar los estragos que la ausencia de un cómodo lecho, habían causado en su cuerpo de cincuentón.

Se dirigió con pasos cortos hacia la barra y dejando correr abundantemente el agua del grifo, llenó un vaso grande hasta el borde. Una vez sació su acuciante sed de un solo trago, se apresuró a mirar la hora en el móvil y al instante su rostro mudó en un gesto de sorpresa. No pensaba que hubieran pasado tantas horas desde su llegada a la sociedad gastronómica y en un intento por despejar su mente de la confusión que empezaba a embargarle, se dirigió a la puerta de salida para echar un vistazo afuera.

La cerradura estaba echada con llave, lo que al menos le tranquilizó, dado el creciente aumento de la delincuencia en la capital de Euskadi. Le sorprendió ver la nueva luz del día cuando no contaba con que hubiese amanecido y entonces tuvo la certeza de que había pasado toda la noche allí dormido. “¿Cómo podía ser posible?”, se preguntaba perplejo. Y por unos momentos temió que su mente le hubiera jugado una mala pasada.

Lo último que recordaba era haber ido a la sociedad para llevar las viandas que necesitaba para la comida que ese mismo día celebraría con unos amigos. La reserva estaba hecha desde hacía un par de semanas y, por diversos motivos, ninguno de sus colegas pudo  acompañarle a hacer las compras. Así que fue él solo al mercado e hizo acopio de  cuantos ingredientes precisaría para preparar un menú sin mayores pretensiones: tostadas de foie gras, gulas al ajillo, espárragos con vinagreta y unos filetes de secreto ibérico que no precisarían más que de un vuelta y vuelta en la sartén. De postre, la acostumbrada trenza de hojaldre rellena de frutos secos y del resto —vino, café y copa— proveería la bien abastecida despensa del txoko[1].

Se dirigió nuestro amigo a la cocina para comprobar que la compra estaba allí donde la había dejado, cuando un sobresalto le hizo pegar un brinco. Ninguno de los alimentos que había comprado aparecía por ninguna parte. Nervioso, rebuscó entre sus bolsillos y encontró la tira larga que demostraba la extensa compra del día anterior. Detallada hasta el último gramo, con fecha y hora, especificaba la forma de pago y su correspondiente abono. “¿Me estaré volviendo loco?”, se decía a sí mismo en voz baja, mientras daba vueltas alrededor de los fogones, sin saber qué pensar.

Y entonces reparó en los relucientes peroles que descansaban sobre la encimera de aluminio, perfectamente tapados y dispuestos en orden. Levantó una tapa y descubrió unas exquisitas kokotxas en salsa verde, recién hechas. Gratamente sorprendido, cerró los ojos y se inclinó sobre la cazuela de barro para aspirar con deleite el sabroso aroma que desprendía el gelatinoso manjar. Una sonrisa de satisfacción se dibujó al instante en su cara y sin poder evitarlo, la boca se le hizo agua. Ascendidas al altar de la gastronomía vasca más auténtica, desde su humilde condición de simple despojo de pescado, las carnosas barbillas de merluza reposaban, como si estuviesen aguardando a que Aitor las probase.

Kokotxas. Su solo nombre evocaba al mar, al puerto y a toda la cocina marinera. Se disputaban entre sí, vizcaínos y guipuzcoanos, la primera receta de este antiguo plato de vigilia, hasta el punto de afirmar que solo los vascos cocinaban la parte gular de merluzas y bacalaos. Pero no era cierto. No solo los vascos comían lenguas de pescado separadamente de la pieza, también los franceses y los ingleses, y hasta los noruegos tenían esta costumbre culinaria.

Muy lejos quedaba la costa vasca de las tierras de la Llanada Alavesa, pero contemplar aquella hermosura de kokotxas cocinadas al txakolí, con el punto justo de picante que le aportaba una buena guindilla fresca, hubiera sido capaz de arrancar un emocionado irrintzi[2] al más templado de los comensales de interior.

Siguió Aitor levantado las tapas de cazuela, aún tibias por el calor residual, descubriendo la increíble sinfonía de guisos, salsas y elaboraciones que se desplegaba ante su asombrada mirada. Las sinuosas gildas[3] que habrían de servir de entrante, la sabrosa txistorra[4] envuelta en talo[5] competían con los delicados txipirones[6] rellenos en su tinta o el singular pollo al batzoki de la Marquesa de Parabere. ¿Quién habría preparado tan suculentos platos? Aitor dudaba de si no sería todo una broma, cuando de improviso oyó una voz que salía del baño.

Al momento, se presentó ante sus ojos una extraña criatura con apariencia de duende, quien le saludó con tono displicente. El vitoriano no podía dar crédito a lo que estaba viendo y antes de que pudiera articular palabra para ordenar a aquel hombrecillo que se marchase, éste le mandó callar.

—¿Quién crees que ha cocinado durante toda la noche mientras tú dormías como un ceporro? —le echó en cara el intruso mientras le señalaba con un dedo acusador.

—Nadie te lo ha pedido —acertó a balbucear el hombre muerto de miedo.

—De ahora en adelante, seré yo quien mande en esta sociedad —sentenció con rabia el sujeto de apenas un metro de altura, mientras le miraba fijamente con los ojos encendidos en sangre.

—Ni siquiera eres socio. Los estatutos no lo permiten. ¡Fuera de aquí! —respondió indignado Aitor, a la par que sujetaba con mano temblorosa un cuchillo de cocina.

—¿Con que esas tenemos? —amenazó el sobrenatural ser de piel verdosa.

Una fuerza desconocida empujó hacia atrás al honrado padre de familia, hasta hacerle caer de bruces sobre los fuegos de la cocina, que se encendieron al unísono como por arte de magia y a punto estuvieron de quemarle la barba. Txorimalo se abalanzó sobre él con una agilidad inusitada y mostrándole los afilados dientes de su amarillenta dentadura, le escupió a la cara.

—¿Ves esto? —sujetó un papel lleno de manchurrones de grasa delante de sus narices —. Es tu firma. Acordamos que siempre cocinaría para ti y los tuyos, pero sólo si prometías darme tu cocina.

—¡Pero si no es mía! —repetía el infeliz humano con desesperación —. Hay más socios.

—¿Cuántos? —le preguntó clavándole las uñas en el cuello hasta casi asfixiarle.

—Unos diez o doce, no más —confesó entre lágrimas el desdichado mortal.

—Entonces, tendré que encargarme de ellos —pronunció con voz cavernosa el malvado ente llegado del inframundo.

Aterrorizado, Aitor vio salir al peligroso gnomo de orejas puntiagudas armado de unas enormes tijeras y un sacacorchos en forma de T. De nada sirvieron sus súplicas ni amenazas para disuadir al desalmado ser de su criminal objetivo. Corrió tras él para intentar detenerle, pero fue en vano y antes de que pudiera pedir ayuda, le vio perderse entre la niebla, rumbo hacia el centro de la ciudad. Tenía las direcciones del resto de los socios y había prometido que nada ni nadie podría interponerse en su obsesivo plan.

En los días siguientes, una ola de horribles crímenes asolaría la Green Capital de un modo inexplicable. Sólo un hombre conocía al culpable, pero nadie daba crédito a sus palabras, ni siquiera su propia familia. Pues solo los niños y los tontos creen hoy en la Mitología.

Autora: Feli Armiño


[1] Rincón, local pequeño

[2] Grito agudo, largo y de un salo aliento

[3] Banderillas hechas de aceituna, guindilla y anchoa

[4] Chorizo fino fresco

[5] Torta fina de maíz

[6] Calamares pequeños

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